«He cogido toda la sacarina que tenía en casa y la he tirado», decía la señora en un programa de radio que hablaba del tema. ¿Histeria?

Varios investigadores del Weizmann Institute of Science, de Israel, han publicado en Nature (17-9-14) una investigación donde presentan experimentos con ratas y con humanos, para investigar si tres edulcorantes generaban algún problema metabólico. Son tres edulcorantes perfectamente conocidos: la sacarina (E-954), autorizada en Europa desde hace muchos años, el aspartame (E-951), autorizado desde hace treinta años, y la sucralosa (E-955), más reciente, autorizada desde el 2000.

En farmacias y tiendas de alimentación se venden edulcorantes en diferentes formatos: gotas, granulados y pastillas. En el hipermercado que tengo cerca de mi casa he visto una veintena o más, de diferentes marcas. En los bares y restaurantes dan sobrecitos, y a todo le llaman sacarina, excepto los conocedores del tema, vegetarianos y ecologistas, que la distinguen de la estevia [+]. La mayor parte de los edulcorantes que he visto eran mezclas de ciclamato de sodio y sacarina sódica como productos básicos. Tiene la misma composición incluso el producto Edulcosor de la empresa Soria natural, que hace publicidad digamos «verde» y tiene una amplísima gama de productos de herboristería, nutrición especial y, pronto, homeopatía. No creo que los pinos de los Picos de Urbión produzcan ciclamatos ni sacarina...

Sólo en un formato se indicaba la composición cuantitativa: el producto en pastillas Special Line, exclusivo de El Corte Inglés. Era un frasco de 39 g, con 650 pastillas que tenían un 6,7 % de sacarina, además de ciclamato en mayor proporción. Con cada pastilla, pues, se ingieren 4,02 mg de sacarina. Esta cantidad es muy pequeña, y daría poco gusto dulce: la sacarina tiene un poder edulcorante 300 veces superior al del azúcar, o sea que una sola pastilla equivaldría a un sobrecito de 1,2 g de azúcar, y harían falta cinco o seis pastillas para un café, en promedio. Pero en cada pastilla de la marca citada hay también una cantidad muy superior de ciclamato, lo que hace que con una o dos pastillas haya suficiente. En los EE.UU. hay sobrecitos específicos de cada tipo de edulcorante, y una marca (Sweet'n Low) envasa 36 mg de sacarina por sobre, equivalentes a algo más de 10 g de azúcar, como las bolsitas de las de hace unos años.

La ingesta diaria admisible (IDA) de la sacarina es de 5 mg por cada kg de masa corporal. Una persona de 70 kg podría ingerir, por tanto, a lo largo de todos los días de su vida y sin efecto apreciable, 350 mg de sacarina, equivalentes a 87 pastillas edulcorantes de las citadas. Pueden obtenerse también cantidades de sacarina de otras fuentes, pero ni la Coca-Cola light ni la Zero contienen sacarina.

¿Cambiarán los valores de la IDA después del trabajo que ha publicado Nature?

El 2013 unos investigadores franceses habían hallado una cierta correlación estadística entre consumo de edulcorantes artificiales y prevalencia de desórdenes metabólicos, pero sin encontrar una relación causal. En el Instituto Weizmann llevaron a cabo varios experimentos con ratones, y estudiaron unos 400 humanos no diabéticos que ya tomaban edulcorantes sintéticos, y el resultado fue que había cierta relación con la presencia de trastornos metabólicos. Pero los mismos investigadores sabían que este era un procedimiento experimental sospechoso de tener defectos metodológicos. Por ejemplo, yo mismo soy diabético de tipo 2, e ingiero chicles y yogures con edulcorantes sintéticos. ¿Soy diabético porque ingiero estos edulcorantes, o ingiero edulcorantes porque soy diabético?

Para salir del dilema de qué fue primero, si el huevo o la gallina —como dicen los mismos investigadores—, hicieron seguir a siete voluntarios que no solían tomar edulcorantes sintéticos una dieta con alimentos edulcorados con la dosis máxima admisible, o sea, con 87 pastillas o equivalente en granulado o líquido, durante una semana. A tres voluntarios no se les detectaron cambios metabólicos, pero a los otros cuatro sí, en forma de una cierta intolerancia a la glucosa. Su microbiota intestinal evolucionó hacia una composición bacteriana que se sabe compatible con problemas metabólicos, como obesidad o diabetes de tipo II, lo mismo que se había ya detectado en los ratones.

Y aquí estamos. Por ahora, se ha detectado una posible relación del consumo de edulcorantes a dosis altas con cambios en la microbiota y con la intolerancia a la glucosa, pero ninguna relación probada entre edulcorantes y obesidad, ni entre edulcorantes y diabetes, sólo conjeturas. Desde la Agencia de Seguridad Alimentaria Europea (EFSA) se ha dicho que es demasiado pronto para sacar conclusiones generales de una muestra de siete personas, y que se tiene que seguir trabajando, naturalmente.

Pero la señora de la radio, por si acaso, ya ha tirado toda la sacarina a la basura. Y quizás inútilmente, porque quizá ya es obesa y diabética... Podríamos denominar a este síndrome como histeria sacarina, habitual cuando se consumen informaciones alimentarias no lo bastante cocinadas y mal digeridas. El nombre de histeria sacarina es por analogía con diabetes sacarina, como se llamó al principio el síndrome que ahora se conoce como diabetes mellitus o simplemente diabetes. Aquí sacarina es un adjetivo que significa dulce, porque la orina del diabético no controlado es dulce ya que contiene cantidades notables de glucosa.

Para que la señora sin sacarina pueda endulzar sus cortados, van aprobándose nuevos edulcorantes. En mayo de 2014 la EFSA ha aceptado el advantame, edulcorante sintético de la empresa japonesa Ajinomoto, con el número E-969. Este aditivo edulcorante ya había sido aprobado el 2013 por la FDA americana, y antes en Japón. Es 37.000 veces más dulce que la sacarosa.

Suerte tenemos de los químicos, que inventan centenares de moléculas cada día, algunas de las cuales pueden ser útiles...

Abstract de Nature

Claudi Mans Teixidó
Claudi Mans Teixidó

Catedrático emérito de Ingeniería Química por la Universidad de Barcelona. Autor de los libros de divulgación científica: La truita cremada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya, catalán) y Tortilla quemada (2005, Ed. Col·legi de Químics de Catalunya). Els secrets de les etiquetes (2007, Ed. Mina, catalán) y Los secretos de las etiquetas (2007, Ed. Ariel). La vaca esfèrica (2008, Rubes editorial, catalán). Sferificaciones y macarrones (2010, Ed. Ariel), La química de cada dia (2016, Publicacions de la Universitat de Barcelona, catalán) y La Química en la cocina: una inmersión rápida (2018, Tibidabo Ediciones).

Director científico del Comité Español de la Detergencia, Tensioactivos y Afines (CED). Vocal de la junta de la Associació Catalana de Ciències de l'Alimentació (ACCA) y del Colegio-Agrupación de Químicos de Catalunya.

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La naturaleza del ser humano es su artificialidad: la voluntad de adaptar el medio a sus necesidades. De ahí la tecnología y las ciencias aplicadas. Hablaremos de eso, especialmente de nuestra vida cotidiana. Y también de arte científico, de lenguaje científico-cotidiano... Nos lo pasaremos bien.

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