Publicidad Jabberwocky

18/11/2017 4 comentarios
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El poema sin sentido de Lewis Carroll Jabberwocky permite comparar las invenciones terminológicas que los traductores proponen cuando hacen las versiones del poema con las invenciones terminológicas publicitarias que algunas empresas y marcas perpetran para conseguir más ventas. ¿Vivimos en un mundo de Jabberwockies publicitarios?

Ilustración de Tenniel para el Jabberwocky

Twas brillig and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe
All mimsy were the borogoves
Ant the mome raths outgrabe.

Así empieza el celebérrimo —para unos cuantos— poema Jabberwocky, de Lewis Carroll, incluido en la segunda parte de las Alicias, la Through the Looking-Glass. El poema es el más famoso de los poemas nonsense, una rama de la literatura que se cultivó en la época en que Carroll escribía sus obras y luego también, y de los que hay muchos ejemplos de escritores que lo practicaron. El sin-sentido puede deberse a que se inventan palabras, o bien se inventan situaciones absurdas. En español, la generación del 27, como Rafael Alberti, Jorge Guillén o Federico García Lorca tienen ejemplos de poemas con abundantes términos sin sentido.

En el mismo libro, el personaje Humpty Dumpty da algunas pistas de qué son y que significan estos términos inventados: da ideas absolutamente locas sobre etimologías absurdas o palabras-maleta hechas mediante condensación de otras dos palabras. Incluso el ilustrador John Tenniel dibujó algunos de estos toves, borogoves y raths, que de la lectura del poema claramente se detecta que son animales pero que de entrada nos cuesta imaginar.

Los traductores van locos para conseguir una versión del poema en otro idioma, que responda al texto original. Buscan una sintaxis genuina, con nuevas palabras eufónicas inventadas, que respondan al sentido —sentido imaginario— original pero que sean coherentes con el idioma al cual traducen. Por ejemplo, una de las versiones en castellano que más me gusta es de Marià Manent (1944), titulada El Dragobán:

Llegaba ya el hervín. Blendes casquines
huldaban y jarcían en el gardo.
Calígonos estaban los
cibines y venía el verdal cono paso tardo.

Una de las versiones en catalán de Amadeu Viana (1998) se titula Xerramicós y empieza diciendo:

Dens era dens quan la brova fircant
gorsava i esmeia en la drana.
Tot ho imutava la sardatxana
i anardava les grates lo lutant.

En gallego, Teresa Barro y F. Pérez Barreiro proponen Xascatroallo (1985):

Douriscoaba e os lirxos touribáns
Ponzaban e truxían no ladén;
Andaban esfruncidos os firmáns
e os churbos louchos en berradén.

En euskera Manu López Gaseni propone (1990):

Erretzaldea zen, eta tobo likiarintsuek
jiroskopatu eta ginbaletatzen zuten aitzingibelaten;
borogoboak guztiz misebulak ziren
eta errata etikektxiliozentzen zuten.

Si el lector sabe alguno de esos idiomas —al menos, castellano sabe seguro—, detecta rápidamente las palabras sin sentido inventadas por los traductores, como sardatxana o cibines.

Veamos ahora otra traducción, inédita hasta hoy, de la que publico por primera vez el comienzo:

Es el candelo, y los gallardos tovos
en temporil groquean y grojean,
sin romeos acurban los borogovos,
lasradas momesasturias prendan.

Estos versos son el inicio de la traducción del Jabberwocky (Jerigoníada) en mingaña, un argot de oficio ininteligible para el profano, de sintaxis castellana, específico de los esquiladores, cardadores y colchoneros que trabajaban la lana en Castilla y Aragón. Blanca Gotor, que es hija de uno de estos operarios y profesora de instituto en Barcelona, está recuperando este argot y transcribiendo cuentos infantiles, recopilando vocabulario y difundiéndolo siempre que tiene ocasión.

Estoy seguro de que casi ninguno de los lectores conoce este argot, yo tampoco lo conocía, y del que ya existe un diccionario [+]  [+]. Cuando leemos el poema citado, ¿cómo podemos identificar los términos que realmente son del mingaña de los términos inventados por la autora para que suenen y parezcan de mingaña? Yo no lo sé. En catalán sí, porque sé que la sardatxana es un invento. Pero, ¿es en mingaña un invento el candelo? ¿O los tovos? Y lo mismo nos pasaría en cualquiera otro idioma que no conozcamos.

Por cierto, además del mingaña, hay otros argots de oficio como la gacería [+] e incluso podríamos considerar la lingua franca o sabir, que es un habla de marineros mediterráneos ya extinguida, pero que se resucitó hace unos años. Se comentó en mi blog sobre las Alicias porque hay una Alicia traducida a esta habla [+]:

INCISO
Lector, si estás interesado en Alicia, o en el Jabberwocky, te invitamos a la segunda jornada Delícies d'Alícia, de la Universidad de Barcelona, el 23 de noviembre de 2017 a las 16:15, con el tema monográfico Jabberwocky. Allí se presentará completa la versión del Jabberwocky al mingaña, y detalles de su traducción, junto con más de 100 traducciones a más de 40 idiomas, y 50 libros ilustrados. Más información: [+] 
FINAL DEL INCISO.

Es habitual encontrar Jabberwockies en la vida cotidiana. Leemos la publicidad de un cosmético donde nos dice que tiene células madre vegetales, que lleva coenzima Q10, o que tiene ácido hialurónico, o urea, o colágeno, retinol, pyrithyone o liposomas. Ciertos preparados contra la gripe contienen oscillococcinum. Existe la dieta alcalina, que es la buena, y la dieta ácida, la mala. En la publicidad de yogures hemos visto y vemos que contienen Saciactiv, Calciforte o fitosteroles; los detergentes son o eran densoactivos, y contienen oxígeno activo. E incluso el Renault Clío venía, según los publicitarios, con Zirithyone.

Todo ello es un lenguaje Jabberwocky, técnico o científico, incomprensible para la mayoría de los lectores. Una persona no química o no farmacéutica no puede saber si estos términos existen, si corresponden a sustancias reales, y si sirven para nada. Efectivamente, muchas de estas sustancias existen, pero otras, las que he puesto en cursiva, son inventos.

¿Cómo puede una persona no versada en el lenguaje técnico conocer si le dan gato por liebre en la publicidad? No puede. La publicidad se basa en la confianza que el consumidor tiene en la marca o en quien vende el producto. Si un farmacéutico te sugiere que compres oscillococcinum, te está vendiendo un preparado homeopático que no tiene más que lactosa en forma de bolitas, pero no hay ni rastro de la sustancia que dice que hay, y que además no ha existido nunca, porque el oscillococcinum sería un microorganismo que un inexperto médico francés, Roy, creyó ver el 1925 en la sangre de ciertos pacientes, pero del que no se ha demostrado nunca su existencia. Este es un ejemplo de engaño. Pero tú te lo crees porque pones tu confianza en el farmacéutico, que crees que no te engañará... pero muchas veces es el mismo farmacéutico el engañado por ciertas empresas llamémosles farmacéuticas.

El uso de terminología inventada pero con algún fundamento es otra forma de tergiversación. El término densoactivo fue inventado para vender detergentes líquidos y es una palabra-maleta fruto de la condensación de «denso» (en realidad quieren decir «viscoso» o «espeso») y «activo», es decir, que tiene materia activa detergente. Es un término no científico. También son inventos con base real el Saciactiv o el Calciforte de los yogures, que son mezclas de ingredientes que muchos yogures contienen. Si se personalizan con un nombre estas mezclas, se les da un estatus de producto casi farmacéutico y por lo tanto, el consumidor asocia a las propiedades nutricionales del yogur las propiedades terapéuticas. Los yogures tendrían el mismo efecto sin estos términos inventados, pero así se logran diferenciar de los de la competencia atribuyéndoles más nivel científico.Densia con Calciforte

El resto de los términos citados —excepto el zirithyone de los Clío, pura broma del fabricante y que no pretendía camelar— corresponden a sustancias realmente existentes, y la mayor parte tienen efectos probados, al menos en determinadas condiciones de uso. Las marcas los destacan en su publicidad para hacer aparente su compromiso con la investigación al servicio del consumidor, y para aumentar su prestigio frente a las marcas blancas, que las copian con unos meses de demora.

En cambio las empresas de la alimentación cada vez más apuestan por la estrategia de la transparencia, procurando evitar en sus ingredientes terminología "sospechosa de química". En lugar de indicar los aditivos que contienen en forma de la grafía E-322, por ejemplo, ponen "lecitina", que es lo mismo y suena menos químico. Procuran eliminar la presencia de aditivos colorantes, para lo que se ha inventado la gama de alimentos colorantes, que son también aditivos pero fuera de la clasificación E, y que tienen por objetivo dar color a los alimentos, con sustancias que derivan de extractos vegetales: el color rojizo de los yogures de fresa puede conseguirse, por ejemplo, con extracto de remolacha.

Los fabricantes de cosméticos y detergentes, por su parte, basan su estrategia publicitaria en la ciencia, con spots televisivos donde salen expertos de bata blanca, con terminología científica.

Quien usa también la terminología Jabberwocky son los seguidores y practicantes de terapias alternativas. No tienen bastante con usar terminología china, japonesa, coreana o hindú (yin-yang, ayurveda, ki) sino que fagocitan terminología científica estándar y la pretenden convertir en terapias, como es el caso de la medicina cuántica, la cromoterapia o la medicina ortomolecular.

La regulación del etiquetado de los alimentos, cosméticos y detergentes ha ayudado y ayudará más a la información veraz del consumidor. La regulación de las terapias alternativas será imposible, porque las ansias del ser humano de sanarse y no sufrir estarán siempre presentes, y siempre habrá quien las explote impunemente en beneficio propio. En principio un nivel superior de educación global tendría que evitar caer en las trampas de los Jabberwockies cotidianos, pero soy bastante escéptico...

Un lector genuinamente escéptico debería apresurarse a buscar si realmente el mingaña existe...

Oscilococcinum.jpg