El pasado 10 de Abril de 2014 entró en vigor una directiva de la Unión Europea, por la que se prohíbe la comercialización de aparatos que contengan mercurio. Se trata del punto final de un proceso gradual de abandono de este metal, pues hace ya años, décadas en algunos casos, que no es posible adquirirlos en los comercios habituales. Es el caso, por ejemplo, de los termómetros, o de las baterías de mercurio, que desde hace ya tiempo han sido sustituidos por dispositivos equivalentes, basados en otras tecnologías.

El aspecto más visible de la prohibición se refiere a los termómetros, puesto que ya no pueden adquirirse los tradicionales dispositivos de mercurio, que tantas y tantas generaciones han utilizado para medir la fiebre. ¿Quién no recuerda, no hace tantos años, "mirar" la fiebre con el termómetro? La particular operativa requería sacudir primero el termómetro, colocarlo después en la axila, esperar un tiempo prudencial, para luego hacer la lectura buscando el ángulo óptimo, girando el cilindro según su eje, hasta distinguir el nivel de la columna de mercurio. Todo un ritual.

Los termómetros de ambiente también solían ser de mercurio. Podían romperse con facilidad, ya fuera por caída accidental, o por traviesa manipulación de los chiquillos de la casa. En este último caso, la travesura tenía su premio, la posibilidad de perseguir y jugar durante largo tiempo con las bolitas de mercurio. Su capacidad para ser divididas en gotas menores, empujarlas siguiendo las uniones entre las baldosas del suelo, juntarlas y formar gotas mayores, se revelaba entonces como el acontecimiento del día e, incluso, de varios días.

Los vapores que emergen de las gotas de mercurio son muy tóxicos, sobretodo a temperaturas altas y en ambientes poco ventilados. ¿Qué peligro puede conllevar, la manipulación de estas inocentes gotitas? El sentido común nos dicta que, evidentemente, no deben ingerirse. Entonces, ¿por qué prohibir?. A primera vista, por tanto, la medida de la Unión Europea podría parecer un poco exagerada. Cierto que hemos oído hablar de los elevados niveles de mercurio en el agua, y también en el pescado. Pero de este tema ya se cuidan adecuadamente las autoridades sanitarias. En cambio, prohibir la venta de cualquier dispositivo parece que sea llevar el tema muy al límite. En este contexto, fui entrevistado, la víspera de la entrada en vigor de la normativa, por la cadena 8tv, dentro del programa diario "8 al día" (aquí teneis el enlace a la entrevista, en catalán). El conductor y director del programa, Josep Cuní, me planteaba precisamente esta cuestión, es decir, la pertinencia o no de la prohibición.

Debo reconocer que la observación del periodista y su equipo me sorprendió, de entrada. Mi sorpresa se debía a que, bajo mi punto de vista, su exhaustivo sistema de información ya les tenía que haber proporcionado las claves que permitían justificar la medida. Evidentemente, esa información había sido diligentemente recopilada. Lo que ocurría, por supuesto, es que un servidor no estaba entendiendo el magnífico ejercicio de periodismo en el que estaba participando. Éste simplemente buscaba respuestas, en Román paladino, sobre lo que el ciudadano de a pie se estaba preguntando. Por tanto, el tema se tenía que exponer, sin hacer ninguna suposición acerca de lo que se debe o no se debe saber. Ya sin las prisas del directo, es un buen momento para proporcionar aquí una argumentación más completa.

El mercurio es una de las substancias químicas con una historia más rica, en cierto modo apasionante. Curiosamente, la substancia no posee propiedades que permitan un uso tecnológico de tipo estructural, al ser líquido a temperatura ambiente, el único metal con esa propiedad. En cambio, ha sido objeto de gran y volátil especulación sobre sus propiedades, a lo largo de la historia, y componente básico de preparados de gran uso por parte de los galenos, a través de los siglos. Veamos unos cuantos ejemplos, del papel que el mercurio ha desempeñado históricamente.

El uso más antiguo del mercurio, que ha podido cuantificarse con cierta precisión, nos remonta a 30.000 años atrás, en el neolítico. Un derivado suyo, el cinabrio, podría muy bien ser la primera substancia química usada por el hombre, al constituir el pigmento rojo utilizado en las pinturas rupestres. Bastante más tarde, en los albores de nuestra era, el primer emperador chino, Qin Shi Huang, mandó construir en su honor un monumento fúnebre, en el que representó los cien ríos más importantes de China mediante un sistema de corrientes de mercurio. Este monumento se encuentra anexo al formidable yacimiento identificado internacionalmente como "Los guerreros de Xiang".

Unos siglos después, al final del primer milenio, Abderramán III, Califa de Córdoba, instaló una pequeña piscina de mercurio, en los jardines interiores del suntuoso palacio que edificó en Medina Azahara, con el objetivo de impresionar a los visitantes. Estos ejemplos nos ilustran cómo el mercurio aparecía entonces ligado a los ritos religiosos, así como a la ornamentación.

En la Edad Media, los alquimistas consideraban al mercurio la sustancia origen del resto de los metales conocidos, al poseer la quintaesencia de las propiedades, la fluidez. Su conocida capacidad para disolver el oro justificaba esa visión. Esa capacidad no permitió obtener la codiciada Piedra Filosofal, con la que transformar cualquier metal en oro, pero si permitió desarrollar un modo separar el oro de los minerales. No es extraño entonces que cada tonelada de oro extraída del continente americano, y traída a Europa por los españoles, hubiese requerido que una tonelada y media de mercurio realizara el viaje inverso.

Por otro lado, el oxígeno fue descubierto por Joseph Priestley, en 1774, calentando óxido de mercurio y recogiendo el gas desprendido. Virtualmente, todos los laboratorios de los siglos XVIII y XIX basaron sus experimentos, de un modo u otro, en el uso del mercurio, ya fuera como materia prima o como parte de los instrumentos de medición más importantes.

Algunas sales de mercurio, preparadas en forma de ungüentos, fueron utilizadas como desinfectantes desde la Edad Media, y en particular para tratar la terrible e innombrable sífilis, azote a la par de nobles y plebeyos. Paracelso, el padre de la Iatroquímica, la Química Médica, estableció, a principios del siglo XVI su célebre frase "la dosis crea el veneno", precisamente observando la importancia de la dosis al administrar sales de mercurio. Por otro lado, el pionero en el estudio de las enfermedades profesionales, el cirujano italiano Bernardino Ramazzini, describió, en 1700, el efecto de los productos químicos sobre los trabajadores que los utilizaban, incluyendo la toxicidad del mercurio, tanto en las minas como en las factorías donde se utilizaba.

Modernamente, el mercurio ha encontrado uso, además de los ejemplos ya expuestos, como antiséptico, blanqueante de piel y cabello, fumigante, diurético o explosivo, y como parte de empastes dentales, barómetros, manómetros y esfigmomanómetros (los aparatos tradicionales para medir la presión sanguínea), lámparas eléctricas, interruptores, baterías, pinturas o la felpa. Este último caso es interesante, puesto que la piel de liebres o conejos se trataba con nitrato de mercurio, hasta obtener un tacto tan suave, que se utilizaba para fabricar los sombreros de todas las generaciones. El único inconveniente es que, con el tiempo, los trabajadores sufrían temblores, mareos, vómitos, irascibilidad, e incluso accesos paranoides, los síntomas típicos de la intoxicación por mercurio, y que durante el siglo XIX se identificó como la locura del sombrerero.

El conjunto de las aplicaciones surge tanto del mercurio elemental, líquido metálico, como de los diferentes compuestos que el mercurio puede formar. Las formas más presentes en la naturaleza son el sulfuro de mercurio, compuesto de fórmula química HgS y constituyente del mineral cinabrio, y el calomelanos, el cloruro de mercurio de fórmula Hg2Cl2. En total, se conocen actualmente unos 115 compuestos diferentes del mercurio.

Pues bien, todos son tóxicos.

Aún siendo tóxicos, el grado de toxicidad depende de la forma química en la que se encuentra el mercurio. Cuando este elemento se usa como líquido metálico, no es tan perjudicial, puesto que se absorbe con dificultad en el interior de nuestro organismo. En cambio, en forma de vapor la situación es harina de otro costal. El mercurio líquido tiene una cierta tendencia a evaporarse, a razón de 800 miligramos por metro cuadrado de superficie de líquido y por hora. Este ritmo de evaporación se incrementa notablemente, si la temperatura aumenta. En todo caso, los ambientes poco ventilados pueden llegar a acumular, con facilidad, 9 miligramos de mercurio por metro cúbico de volumen. Esta cifra es 90 veces superior a la cantidad máxima recomendada, de 0.1 miligramos por metro cúbico. Finalmente, las formas más tóxicas del mercurio corresponden al cloruro de mercurio de fórmula HgCl2, así como al compuesto que se deriva del anterior, que resulta de substituir uno de los átomos de cloro por la molécula de metilo, CH3.

De los diferentes aspectos, modos y manifestaciones de la toxicidad del mercurio, analizaré aquí sólo una de ellas, la que se debe al mercurio en forma de vapor, por razones de espacio. El mercurio gaseoso está constituido por átomos individuales del metal, y en esa forma se difunde fácilmente a través de nuestro organismo. Dentro de la célula, el mercurio se enlaza, con enorme prestancia, al azufre presente en la cisteína, uno de los aminoácidos constituyentes de las proteínas. Una vez enlazado, la proteína pierde su funcionalidad, pero este no es todo el problema. El complejo mercurio–cisteína se comporta, químicamente, como otro aminoácido, la metionina. Por este motivo, el complejo no es reconocido como substancia intrusa y traspasa todo tipo de barreras. Entre ellas, la barrera que protege la placenta, y también la barrera hemato–encefálica, que protege el cerebro de la acción de las toxinas. Por este motivo, tanto los embriones como el cerebro son dianas del mercurio, una vez en nuestro interior. No es de extrañar así que la sintomatología asociada a la intoxicación por mercurio esté tan relacionada con aspectos neurológicos.

En resumen, pues, el mercurio es una substancia tóxica, a partir de un vapor invisible, en cantidades que rápidamente pueden superar los valores seguros. El veneno actúa principalmente en el cerebro, y es difícil de eliminar, al no ser identificado por nuestro sistema defensivo como compuesto extraño. En este sentido, se han documentado un buen número de casos, en los que los síntomas aparecieron más de cinco meses después de producirse la inhalación de mercurio. Las razones de este retardo no son demasiado conocidas, todavía. Como tampoco se sabe, a ciencia cierta, cómo es que, aun siendo tóxicos todos los compuestos de mercurio, los empastes dentales no parecen ser perjudiciales.

Aun tendiendo presentes los aspectos controvertidos, el conjunto de las evidencias indican, no obstante, que las medidas de seguridad alrededor del mercurio deben sobreponderarse. Es cierto que un accidente doméstico causado por el mercurio es harto improbable. Pero, por muy baja que sea la probabilidad, no estamos hablando de eventos fortuitos sobre los que no se puede ejercer control. La probabilidad de accidentes por mercurio es cero, si no hay mercurio cerca, y ello se puede conseguir actuando coordinadamente. Espero, entonces, que los peligros potenciales de la substancia ayuden a entender la adopción de medidas contundentes, como las que propugna la directiva de la Unión Europea.

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Xavier Giménez Font
Xavier Giménez Font

Profesor titular del Departamento de Ciencia de Materiales y Química Física, y miembro del Instituto de Quimica Teórica y Computacional, Universidad de Barcelona. Docente en química ambiental y química física de materiales, e investigador en simulación computacional de reacciones químicas con aplicación a I+D, y en innovación docente.  Divulgador científico, autor del libro El aire que respiramos (UB Edicions, 2018). 

Sobre este blog

La química de nuestro entorno desde una perspectiva global, que incluye su relación con las demás ramas de la ciencia, la tecnología, e incluso las disciplinas humanísticas. También se harán pequeñas incursiones en el mundo de la educación universitaria. Siempre al alcance de todos. Verás que la química es compleja, su mundo también, pero no tanto como pudiera parecer...

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