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Cuando tenía cuatro años, mi padre me llevaba con él a descubrir y fotografiar pinturas rupestres. Un poco más tarde, a la edad de ocho, mis amigos venían a casa para escuchar las historias de griegos y romanos que Juan Manuel nos regalaba con tanta pasión y paciencia. Justo diez años antes de todo esto, nacía Investigación y Ciencia. Pero, ¿qué tienen que ver, pensarán ustedes, las pinturas rupestres con las historias de romanos y la revista Investigación y Ciencia? Pues, para mí, todas ellas forman parte de la mejor herencia que le podemos ofrecer a las siguientes generaciones. Supongo que ya saben de qué les estoy hablando pero, vayamos por partes.

En un mundo globalizado, donde la economía de libre mercado domina el horizonte, el valor de las acciones fluctúa, las crisis financieras están a la orden del día, y el valor de los individuos y de las noticias se cuantifican según el número de "clicks" que son estos capaces de generar, muchos parecen seguir pensando igual que los protagonistas de una novela de Balzac: la mejor herencia para las generaciones futuras serán las propiedades materiales, el capital financiero y el éxito social. Sin embargo, yo no soy uno de ellos. Entre otras cosas, porque la mayoría de los momentos cruciales para el desarrollo humano, como la aplicación de normas higiénicas o el descubrimiento de la penicilina, poco o nada tienen que ver con el oro, las fincas o una cuenta bancaria, sino más bien con el conocimiento científico, la imaginación y la perseverancia.

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Izquierda: el autor de este artículo fotografiado por su padre, durante una de las excursiones a la búsqueda de pinturas rupestres. Derecha: el hijo de aquel niño, mientras mira el mar. Entre las dos fotos distan unos 32 años.


Por eso, y porque ahora que soy padre y tengo la responsabilidad de decidir qué legado voy a dejar a mis hijos, he llegado a entender que esas excursiones a la búsqueda de pinturas rupestres formaban parte, en realidad, de la mejor herencia que podemos regalar a nuestros hijos, y a la sociedad en general: la emoción por descubrir y contar los descubrimientos, la necesidad y placer de hacerse preguntas, el pensamiento crítico, también el valor y la belleza de entender nuestro entorno.

Puede que todo ello les suene un tanto abstracto, pero no lo es para mí. Hoy ha sido un gran día, un día que recordaré durante mucho tiempo, porque creo que hoy he hallado un buen indicio de que nada está perdido. Tras varios días disfrutando de magníficas vistas y momentos de introspección personal en Grecia, he visto a mi hijo de seis años caminar solo en dirección a la playa, observar las olas y ponerse a pensar.

Gracias a Juan Manuel por transmitirme su pasión por las historias, y a Investigación y Ciencia por formar parte de la mía y por contribuir a esa herencia que, para mí, es la mejor que podemos ofrecer al mundo y a nuestros hijos. Gracias por recordarnos que hay esperanza.

Guillermo Orts-Gil
Guillermo Orts-Gil

El científico sin fórmulas. Barcelonés de nacimiento, berlinés de adopción. Doctor en química física. Investigador en Nanotecnología de la Sociedad Max Planck. Actualmente, Guillermo es coordinador científico internacional y colaborador habitual, entre otros, de Investigación y Ciencia y de El Huffington Post. Su especialidad es el "storytelling" y prepara su primer libro, un recopilatorio de sus mejores historias de ciencia, bajo el título "El científico sin fórmulas".

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Sobre este blog

Las nanopartículas son extremadamente pequeñas y, al mismo tiempo, extraordinariamente fascinantes, por eso las llamo: Big Nano. Desde este blog, intentaré explicar las propiedades y posibles aplicaciones de los materials nanoscópicos, por qué hay que tener paciencia con lo que se conoce como nanotecnología y muchas más cosas. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo!

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