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Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre Albert Einstein. Y se seguirá escribiendo. Buena parte de la culpa probablemente la tenga, una parte de su trabajo que revolvió los cimientos de la ciencia: la «Teoría de la Relatividad». Primera curiosidad: en realidad Einstein insistió en denominarla «Principio de la Relatividad». Fue Max Planck (el mismo que trajo a Einstein a Berlín) quien, en 1906, se refirió a ella como «teoría», término que finalmente incluso el propio Einstein acabaría adoptando.

Gracias a sus teorías (o principios), Einstein contribuyó a cambiar el mundo (células fotovoltaicas, láseres, energía nuclear, viajes espaciales y muchas más cosas se basan en ellas), pero también, muy importante: Einstein cambió el modo en que muchas personas ven a los científicos. Y, no menos importante, también influenció en como muchos científicos vemos a otros científicos. Y éste es precisamente mi objetivo de hoy: explicarles cómo Einstein y su obra, pero sobre todo su persona, cambiaron mi carrera y, a la postre, mi vida.

Einstein: rebelde, perdedor, perseverante

Los comienzos de Einstein no fueron fáciles. Aunque los problemas de desarrollo del Einstein niño se hayan probablemente exagerado, lo cierto es que tardó más que otros chicos en hablar fluidamente. Más tarde, al Einstein joven le acompañaron los problemas financieros causados por el fracaso de los negocios familiares. Pese a todo, al contrario de lo que a veces se ha escrito, Einstein se convirtió en un estudiante brillante (se graduó en 1900 como primero de su clase en el Instituto Politécnico de Zúrich, con una nota de 5,7 sobre 6). Sin embargo, el recién graduado Einstein no lo tuvo fácil para abrirse paso en el mundo académico/profesional. Consiguió, incluso, el récord negativo de ser el único de su sección del Instituto Politécnico que no recibió una sola oferta de trabajo al graduarse. Algunos especulan que no ayudaron algunas actitudes durante sus años de estudios en Zúrich: Einstein se quejó en más de una ocasión de la falta de «libertad educativa» y evitaba ir a algunas clases que le parecían aburridas. Curiosamente, éstos son aspectos de la educación que parece que hoy en día todavía no hemos conseguido superar del todo, y que por aquel entonces pocos se atrevían a criticar.

Sea como fuere, la cuestión es que a Einstein no le resultó fácil conseguir su primer trabajo y, cuando lo hizo, fue para recabar en una oficina de patentes. Lejos de desanimarse, Einstein convirtió esa fase de su vida en una de las más exitosas, ya que en 1905 le llegó su «año milagroso».

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Sin embargo, pese a haber publicado ya uno de los artículos que cambiarían la historia de la física, a Einstein no le resultó tampoco sencillo obtener el título de doctor. Al parecer, los intereses de Einstein y los temas sobre los que trataban sus artículos resultaban demasiado «radicales e innovadores» para la mayoría de los comités científicos de la época.

No obstante, pese a todas las dificultades que he mencionado anteriormente, Einstein consiguió no desanimarse, ser fiel a sí mismo y desarrollar teorías que revolucionarían la ciencia. Y uno podría identificar un ingrediente fundamental que le llevó a conseguirlo: la perseverancia. Pero hubo más, si quieren descubrirlos, sigan leyendo.

 Izquierda: Einstein durante una de sus clases en Viena, 1921 (foto: F. Schmutzer; fuente: Wikipedia). Derecha: Einstein con una marioneta de él mismo en Pasadena, 1931 (fuente flickr.com).

 

Einstein: el pensador divergente y compañero de juegos

Benay Dara-Abrams una niña vecina de Einstein en Princeton a mediados de los años 50 del siglo XX, explica cómo el físico iba de vez en cuando a su casa a jugar con ella. Aunque aquella niña desconocía por completo la fama del científico, aquello fue una experiencia que la marcó de por vida: «El tío Al (así le llamaba la niña) nunca decía que una respuesta era acertada o incorrecta, para él todo eran experimentos». Según Dara-Abrams, jugando con Einstein era capaz de concentrarse muchísimo durante largos períodos de tiempo, y encontrar soluciones creativas, al contrario que cuando intentaba resolver un problema de forma frontal.

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Einstein: el cerebro robado que no dejaba de hacerse preguntas

Como les contaba en otro artículo, después de morir, un médico extrajo el cerebro de Einstein y lo conservó para sí mismo, sin contárselo a nadie. Años más tarde, varios científicos tuvieron la posibilidad de estudiar el cerebro de Einstein, en busca de las posibles peculiaridades que explicaran el origen de su genio. Sin embargo, al ser preguntado sobre el secreto de su éxito, a Einstein le gustaba explicar que radicaba en lo siguiente: la capacidad de seguir haciéndose preguntas como un niño, siendo ya un adulto. Sea como fuere, ésta sea probablemente una de las bases del progreso del conocimiento científico: el seguir haciéndose preguntas, poner todo en duda, replantearse las cosas. Y rectificar, si hace falta. Y lo más interesante, es la capacidad de seguir haciéndonos preguntas lo que nos permite tener pensamiento crítico, en mi opinión, una de las más importantes cosas que podemos y deberíamos transmitir a las nuevas generaciones, independientemente de si vayan a ser científicos o no.

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Einstein el inspirador

El camino que uno debe recorrer hasta convertirse en científico profesional, pasa normalmente por el estudio, durante bastantes años, de matemáticas y materias «duras» como la física, la química y la biología. Es indudable que éstas son importantes, pero ¿es esto suficiente, incluso necesario? Tengo la sensación de que, a casi todos aquellos que hemos optado por la ciencia, no se nos mostró otro camino que éste. Sin embargo, hay científicos (como Marie Curie, E. O. Wilson o el propio Einstein) que se mostraron ya hace muchos años críticos con la manera en que educamos a nuestros niños y jóvenes. También a nuestros científicos. El ejemplo de Einstein podría ser una muestra de las actitudes y habilidades que no deberían faltar en la educación: perseverancia, imaginación, pensamiento divergente, pensamiento crítico. También la ética porque como Einstein dijo: sin ética, la humanidad está perdida.

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Pero, por si fuera poco, Einstein no fue solamente un gran científico y motivador compañero de juegos. Einstein consiguió, en buena medida, romper con el estereotipo del científico serio y no muy sociable. Einstein tenía incluso humor para reírse un poco de sí mismo. Cuando uno visita la casa de Einstein cerca de Berlín, puede leer lo siguiente: «Cuando uno pasa dos horas sentado al lado de una chica dulce, parece un minuto. Sin embargo, un minuto sentado encima de un horno candente, parecen dos horas. Esto es relatividad».

 

El resultado de todo lo expuesto: El científico sin fórmulas

Si ustedes han conseguido leer hasta aquí, se habrán dado probablemente cuenta de que manera Einstein, su obra y sus valores, han podido cambiar mi forma de ver la ciencia y, a la postre, mi vida. Y lo han hecho hasta el punto de que la figura de Einstein ocupará los primeros capítulos de mi primer libro: El científico sin fórmulas.

Por todo lo mencionado anteriormente, este año celebramos el centenario de la teoría de la relatividad de Einstein, pero también su papel como embajador de la ciencia, del pensamiento, de la imaginación, en definitiva, de la cultura. Porque, como reza un artículo de aquella niña compañera de juegos de Einstein en Princeton: «Lo que aprendí de Einstein fue la importancia de la cultura».

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Notas: la ilustración es obra de Ignasi Cusí. Si ustedes quieren saber más sobre la teoría de la relatividad, les recomiendo que, al terminar con este post, encarguen el especial de Investigación y Ciencia al respecto, o que lean los posts de especialistas en el tema, como el Profesor Juan García-Bellido Capdevila.


Otros artículos del autor sobre Einstein:

- Los calcetines de Einstein. El Huffington Post
- La magia de Messi, el cerebro de Einstein y el factor divergente. El Huffington Post


Libros de otros autores sobre Einstein

- Einstein: His Life and Universe (Englisch) Taschenbuch – 13. Mai 2008
von Walter Isaacson
- The Ultimative Quotable Einstein. Collected & Edited by Alice Caalaprice. Princeton University Press, 2011.

Guillermo Orts-Gil
Guillermo Orts-Gil

El científico sin fórmulas. Barcelonés de nacimiento, berlinés de adopción. Doctor en química física. Investigador en Nanotecnología de la Sociedad Max Planck. Actualmente, Guillermo es coordinador científico internacional y colaborador habitual, entre otros, de Investigación y Ciencia y de El Huffington Post. Su especialidad es el "storytelling" y prepara su primer libro, un recopilatorio de sus mejores historias de ciencia, bajo el título "El científico sin fórmulas".

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Las nanopartículas son extremadamente pequeñas y, al mismo tiempo, extraordinariamente fascinantes, por eso las llamo: Big Nano. Desde este blog, intentaré explicar las propiedades y posibles aplicaciones de los materials nanoscópicos, por qué hay que tener paciencia con lo que se conoce como nanotecnología y muchas más cosas. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo!

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