El 'pitufo sabelotodo' alecciona, sin demasiado tacto ni consideración, sobre el índice h a un joven científico, el cual acaba transformándose en algo que no era. Fuente de la imagen 'Brainy vs. Brain' es flickr.com bajo licencia creative commons 2.0.

 

«Ama aquello que haces, y si no, dedícate a otra cosa»

No estoy seguro de si esta frase me pertenece, o simplemente me viene ahora a la cabeza, tiendo a pensar que más bien lo segundo. En cualquier caso, no trataré de convencerles a ustedes, sean científicos o no, de que deberían amar más sus trabajos. Hoy mi enfoque es otro y mi mensaje, el siguiente: tal vez la reciprocidad ayudaría y deberían intentar 'que su trabajo les ame más a ustedes'. Permítanme explicarme mejor, contándoles una historia sobre la importancia del factor (h)umano (distinto al índice h) en la ciencia.

Cartas a un joven científico

En su famosos libro Cartas a un joven científico, el célebre Edward O. Wilson, habla sobre su experienca como investigador y docente, y da consejos a aquellos que se plantean empezar, o están inmersos ya, en la carrera científica. En uno de mis pasajes favoritos, en realidad dedica varias páginas al tema, Wilson expone la idea de que los científicos no necesitan saber tantas matemáticas como los planes curriculares les obligaron a estudiar. Según Wilson, al fin y al cabo, muchos de los científicos más exitosos son 'semi-analfabetos', en lo que a matemáticas se refiere. Wilson sostiene que mucho talento se pierde para la ciencia, al cerrar las puertas a aquellas personas apasionadas, creativas y muy capaces, pero no 'extraodinariamente talentosas' para las matemáticas.

En otra parte de su libro, Wilson expone también, que el científico debe de trabajar un número determinado de horas, un mínimo de 60 a la semana, si no recuerdo mal. O sea que, según Wilson, para dedicarse a la ciencia, uno debe de invertir unas diez horas al día, 6 días a la semana.

Les expongo el ejemplo del libro de Wilson para ilustrar algo que me parece remarcable: personas exitosas que dan consejos sobre cómo los demás deberían desarrollar sus carrera.

Y todo esto viene a cuento, porque recientemente un compañero escribía en twitter: 'La vida del científico es solitaria, no queda tiempo para el amor'. Pero, ¿es esto cierto?, ¿deberíamos renunciar a tantas cosas por nuestras carreras como científicos? No voy a responderles, porque creo que esto dependerá de cada persona. Simplemente, permítanme contarles una historia.

Edward O. Wilson, biólogo, profesor y autor. Wilson ha escrito, entre otros, el libro 'Cartas a un joven científico'. Fuente: flickr.com; licencia creative commons 2.0.

Profesores, cartas y amor

En 2012, después de varios años trabajando para el Instituto Federal de Materiales Alemán, decidí que me convenía un cambio de aires. Mi motivación era la de empezar con proyectos nuevos y dar nuevos pasos en mi carrera. Todo ello, a poder ser, sin abandonar Alemania, lugar donde vivo y trabajo desde hace más de diez años. Decidí que, de acuerdo a los caminos profesionales en Alemania, tenía ante mí básicamente dos opciones: hacerme profesor o jefe de grupo. Y me puse manos a la obra, contemplando ambas opciones. Unos meses más tarde, empecé a trabajar para la Sociedad Max Planck, coordinando un grupo de investigación y gestionando un laboratorio. Pero, ¿por qué les explico esto? Porque hoy he recibido una carta muy especial, poniéndome al día respecto al proceso de selección de una plaza a la que me presenté... ¡hace más de dos años!

 

Muchísimas horas de preparación. La documentación típica para presentarse a una plaza de científico titular incluye: curriculum vitae, carta de presentación, lista de publicaciones, copia de los títulos oficiales, programa de investigación para los próximos años, cartas de recomendación, copia digital de todos los documentos, copia de publicaciones relevantes. La respuesta a una aplicación del autor llegó 2 años más tarde.

 

En estos dos años, he tenido la fortuna de trabajar para una de las sociedades más prestigiosas de Alemania y acabo de conseguir, a partir de septiembre, un nuevo trabajo que me llena de ilusión (cuidar de los científicos, pero esto se los contaré otro día). Adónde quiero ir a parar: supongo que cuando unos años atrás, me presenté a esa plaza de profesor, fue por la posibilidad que me brindaba de cultivar mi amor por la ciencia, esa curiosidad que me acompaña desde pequeño, por aprender y entender el mundo. Sin embargo, llámenme exagerado si quieren, la respuesta algo tardana y escueta de la universidad, no me transmitía demasiada consideración profesional. Aunque esta anécdota pueda parecerles una nimiedad, la considero un buen ejemplo de lo que trato de transmitirles, algo que he aprendido recientemente. Como dice la antropóloga de biología Helen Fisher, «Lo contrario del amor es la indiferencia».

Así pues, no puedo decirles si Wilson u otros tienen razón cuando dan consejos sobre cómo enfocar la carrera científica, pero sí creo que los científicos son también personas, que de una forma u otra deben conservar un espacio para dar (compartiendo, por ejemplo, su conocimiento), pero también para recibir, para sentirse queridos y valorados. Ése sea, tal vez, un factor importante a la hora de desarrollar todo el potencial de los investigadores. Trato de decirles, en definitiva, que el factor (h)umano también importa en la carrera científica. Porque como ya he comentado alguna vez: ¿Cómo vamos a hacer buena ciencia si no cuidamos a los científicos?

Por cierto, yo era de esos que no tenía un 'talento remarcable' para las matemáticas. Ahora he compuesto mi propia fórmula.

Una última cosa, tras el parón veraniego, este blog Big Nano va a venir con muchas novedades: una entrevista a un astrofísico sobre agujeros negros y supernovas, un artículo explicando a qué huele la lluvia y muchísimas cosas más.

¡Felices vacaciones y un saludo desde Berlín!

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Guillermo Orts-Gil
Guillermo Orts-Gil

El científico sin fórmulas. Barcelonés de nacimiento, berlinés de adopción. Doctor en química física. Investigador en Nanotecnología de la Sociedad Max Planck. Actualmente, Guillermo es coordinador científico internacional y colaborador habitual, entre otros, de Investigación y Ciencia y de El Huffington Post. Su especialidad es el "storytelling" y prepara su primer libro, un recopilatorio de sus mejores historias de ciencia, bajo el título "El científico sin fórmulas".

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Las nanopartículas son extremadamente pequeñas y, al mismo tiempo, extraordinariamente fascinantes, por eso las llamo: Big Nano. Desde este blog, intentaré explicar las propiedades y posibles aplicaciones de los materials nanoscópicos, por qué hay que tener paciencia con lo que se conoce como nanotecnología y muchas más cosas. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo!

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