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Rosa Gil en un laboratorio de Barcelona, hacia el año 1964.

 

Cuando Rosa cumplió los catorce años sus padres decidieron enviarla a vivir a Barcelona. Hija de un guardia civil y de una ama de casa, la joven viajó, en un tren destartalado y durante unas catorce horas, desde un pueblo de Teruel hasta la urbe catalana, con un objetivo claro. Un tiempo más tarde, llegó el gran momento y Rosa expresó su deseo: quería estudiar farmacia. Sin embargo, ahí se cerró la primera puerta para Rosa. Los "adultos" decidieron que una formación profesional era suficiente para una "chica de la época". De este modo, Rosa empezó a estudiar en la Escuela Industrial de Barcelona una formación como asistente de laboratorio.

Pero la chica no se rindió, y su empeño no pasó desapercibido para sus profesores. Al cabo de poco, empezó a trabajar también para una empresa local de cosméticos llamada Búfalo. Más tarde, Rosa pasaría a otra empresa, una filial de la norteamericana Ucton. Su tarea consistía en preparar las fórmulas que sus jefes, todos hombres con estudios universitarios en química, se habían encargado de idear para nuevos productos de cosmética. Rosa disfrutaba de su trabajo en el laboratorio. Las cosas le iban bien.

Hasta que un día, el entusiasmo de la joven volvió a llamar la atención de sus supervisores, y empezó a trabajar en la sección de I+D de la empresa. Y fue en ese momento que, de nuevo, se le volvieron a abrir las puertas en la dirección a su anhelo: estudiar en la universidad. La empresa se encargaría de pagar la formación de Rosa mientras ésta siguiera trabajando en la misma. Por desgracia, tampoco esta vez, Rosa podría hacer realidad sus aspiraciones. Otros, de nuevo, elegirían por ella. Y decidieron que ésta, al haberse casado recientemente y tener intenciones de formar una familia, no iba solamente a renunciar a la universidad, sino también a su trabajo. En ese momento, Rosa se convertiría, definitivamente, en la científica que no pudo ser.

En los años que siguieron, Rosa tuvo varios hijos y se dedicó al trabajo en casa, dejando completamente de lado su carrera en los laboratorios. Hasta que un día, Rosa volvió a llamar a las puertas de uno de ellos. Allí, su antiguo jefe le explicó que el mercado laboral había cambiado tanto que, para reciclarse, necesitaría un par de años de formación. Por desgracia, ella ya no disponía de ese tiempo.

De este modo, Rosa volvió al mercado laboral, pero sin calificación reconocida. La historia que sigue me imagino que se parece al de muchas otras mujeres, personas que tuvieron que aparcar sus carreras y trabajar muchísimo, dentro y fuera de casa, para sacar adelante a sus familias.

Ésta es la historia de Rosa, la científica que no pudo ser. Es la historia de mi madre.

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Guillermo Orts-Gil
Guillermo Orts-Gil

El científico sin fórmulas. Barcelonés de nacimiento, berlinés de adopción. Doctor en química física. Investigador en Nanotecnología de la Sociedad Max Planck. Actualmente, Guillermo es coordinador científico internacional y colaborador habitual, entre otros, de Investigación y Ciencia y de El Huffington Post. Su especialidad es el "storytelling" y prepara su primer libro, un recopilatorio de sus mejores historias de ciencia, bajo el título "El científico sin fórmulas".

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Sobre este blog

Las nanopartículas son extremadamente pequeñas y, al mismo tiempo, extraordinariamente fascinantes, por eso las llamo: Big Nano. Desde este blog, intentaré explicar las propiedades y posibles aplicaciones de los materials nanoscópicos, por qué hay que tener paciencia con lo que se conoce como nanotecnología y muchas más cosas. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo!

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