El formato de un congreso científico, independientemente de la disciplina científica sobre la que verse y el lugar del mundo en que se celebre, tiende a ser bastante homogéneo: investigadores que exponen su trabajo, durante una media hora, ante un público experto en su mismo tema. Falling Walls es otra cosa, es un evento que se celebra para conmemorar la caída del muro de Berlín. Y es precisamente de esto sobre lo que trata Falling Walls: de derribar muros. Muros que existen, aunque, en ocasiones, nos resulten invisibles: pobreza, desigualdad, enfermedades, marginación, intolerancia, polución o abuso de los recursos naturales.

Las actividades del evento se dividen en dos jornadas: el día 8 de noviembre tenemos las sesiones Lab (para jóvenes innovadores) y las sesiones Venture (para start-up o compañías emergentes). Al día siguiente, el 9 de noviembre (fecha del Mauerfall) tiene lugar la conferencia sobre ciencia y sociedad, con ponentes de fama mundial.

                     Highlights de Falling Walls, fuente: Falling Walls en Vimeo.

Pero este artículo no es una crónica del evento Falling Walls, de eso se encargarán los periodistas (espero), aunque yo también hice mi pequeña aportación en tiempo real a través de Twitter (inevitable al escuchar cosas tan impactantes como las palabras de la profesora Nina Kraus explicando que 'La pobreza se puede detectar en las pautas cerebrales de nuestro cerebro y la música puede ayudar a revertir los daños').

A mí me gustaría hablarles hoy de otra cosa, de algo muy concreto que sucedió en las sesiones Lab (en donde 100 jóvenes investigadores de todas partes del mundo tratan de convencer a público y jurado de que sus ideas pueden cambiar el mundo). Porque fue precisamente durante las sesiones Lab, que conocí a las "aspirantes españolas" a innovadoras jóvenes del año: Amparo Ruiz-Carretero (Université Strasbourg), Ana Cadete-Pires (portuguesa, pero que trabaja en la Universidad de Santiago de Compostela) y Cristina Tobías (Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo).

De izquierda a derecha: Cristina Tobías, Amparo Ruiz-Carretero y Ana Cadete-Pires, las participantes venidas desde España para participar en el concurso Young Innovator Award. 

Tal vez a algunos de ustedes les sorprenda la afiliación de Cristina Tobías. Esta chica de 17 años, quien todavía no ha pisado la universidad, presentó valientemente ante un público muy exigente e internacional, sus ideas sobre cómo utilizar la nanotecnología para desintoxicar a personas que han consumido drogas o medicamentos durante años. A Cristina le preguntaron tras su charla: ¿pero cómo sabe usted que eso va a funcionar? A lo que ella respondió más o menos lo siguiente: "pues no sé si funcionará, pero habrá que probarlo, yo todavía voy al colegio". Y esto es lo que me parece más remarcable: nadie sabe si las ideas de Cristina (o variaciones de las mismas) podrían funcionar pero, pese a todo, ha habido numerosas personas, tanto en España como fuera de ella, que se han dado cuenta de algo primordial: Cristina, al igual que el resto de los candidatos a los premios que se otorgaban ese día, tiene talento, valor y consciencia social de la ciencia.

¿Pero es esto suficiente para innovar? Se preguntarán algunos de ustedes. Permítanme recordarles una historia: hace algún tiempo ya, conocí a otro chico de 17 años llamado Jack, quien tenía una idea para diagnosticar un tipo concreto de cáncer utilizando nanotubos de carbono. Tras la negativa de un centenar de profesores, un laboratorio de EE.UU. le abrió las puertas a Jack para que probara su idea, la cual acabó resultando acertada.

Por todo ello, de entre todas las cosas positivas que me llevo de Falling Walls, remarcaría la constatación de algo primordial: debemos apoyar al talento, independientemente del sexo, edad y condición. Porque creo que serán las personas como Jack, Cristina, Amparo o Ana, personas con talento, valores e iniciativa, las que pueden ayudar a cambiar el mundo y hacer de él un lugar mejor. Ayudemos al talento a derribar los muros.


Nota: mis más sinceros agradecimientos a la Asociación Española de Comunicación Científica (AECC) por hacer posible mi asistencia a este acto.

Guillermo Orts-Gil
Guillermo Orts-Gil

El científico sin fórmulas. Barcelonés de nacimiento, berlinés de adopción. Doctor en química física. Investigador en Nanotecnología de la Sociedad Max Planck. Actualmente, Guillermo es coordinador científico internacional y colaborador habitual, entre otros, de Investigación y Ciencia y de El Huffington Post. Su especialidad es el "storytelling" y prepara su primer libro, un recopilatorio de sus mejores historias de ciencia, bajo el título "El científico sin fórmulas".

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Sobre este blog

Las nanopartículas son extremadamente pequeñas y, al mismo tiempo, extraordinariamente fascinantes, por eso las llamo: Big Nano. Desde este blog, intentaré explicar las propiedades y posibles aplicaciones de los materials nanoscópicos, por qué hay que tener paciencia con lo que se conoce como nanotecnología y muchas más cosas. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo!

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