Seguramente es muy difícil decir siempre cosas prudentes, discretas y atinadas, respetuosas con el mejor conocimiento científico disponible. A lo mejor todos sentimos alguna vez la necesidad de liberarnos soltando una patochada del tamaño de un piano de cola, una paparrucha con la solidez de una catedral gótica. La física cuántica parece ser una vía de escape muy útil en esos casos, de manera que hasta los cerebros más serios pueden soltar lastre saliendo por la tangente sin quedar del todo mal. Entre los muchos ejemplos que podríamos poner, recientemente he leído a Leonardo Boff decir que gracias a la física cuántica "se puede entender mejor al ser humano como nudo de relaciones, y al Dios cristiano, la Trinidad, que es siempre relaciones substanciales entre tres divinas personas", mientras que el gran guionista Charlie Kaufman al parecer disfruta mucho con la física cuántica, ya que "me hace sentir emocionalmente cuerdo al hacerme ver la enormidad del mundo, que es mucho más complicado de lo que puedo entender. No todo va sobre mí, y eso, de algún modo curioso, me saca de mi zona de confort". ¿Alguien se imagina estos desahogos intelectuales referidos a otras áreas de la ciencia, digamos la biología molecular, la química sintética, la inteligencia artificial o el álgebra lineal? No, este tipo de reflexiones al parecer solo las dispara la física cuántica... O más bien lo que esas personas creen que es la física cuántica.

Efectivamente, durante décadas se ha venido divulgando la física cuántica de una manera que ha puesto énfasis en aspectos supuestamente "extraños" y "misteriosos", en lugar de sus características científicas o sus aplicaciones tecnológicas. El ejemplo paradigmático es el célebre gato de Schrödinger, que aparece cada dos por tres en todas partes, desde columnas de prensa hasta series de televisión. Ya hace tiempo que Stephen Hawking amenazaba con sacar la pistola cada vez que alguien mencionara a tan conspicuo felino, años antes de la moda actual de decir "la política de Schrödinger", "la crisis de Schrödinger" y así hasta el infinito, cada vez que en un asunto pueden ocurrir dos cosas distintas. A este paso, vamos a incorporar a nuestra pesada maleta de leyendas urbanas, junto con las huelgas a la japonesa o lo del 10 % del cerebro, la vaga idea de que la física cuántica es muy rara e interesante, porque dice que los gatos están vivos y muertos a la vez. Sin embargo, la física cuántica no dice nada de eso, por la sencilla razón de que la física cuántica no tiene absolutamente nada que decir sobre gatos.

En 1935, el físico austríaco Erwin Schrödinger escribió un artículo en alemán en la revista Die Naturwissenschaften. El artículo fue traducido al inglés décadas después para la revista de la Sociedad Americana de Filosofía y se puede encontrar, por ejemplo, en un libro de los físicos Wheeler y Zurek llamado "Quantum theory and measurement" en el que se recopilan artículos históricos de física cuántica.
No se trata de un artículo científico técnico, sino más bien de un trabajo vagamente filosófico donde se discuten sin apenas matemáticas algunos aspectos de la entonces emergente y hoy completamente consolidada física cuántica, como el hecho de que las propiedades de los objetos cuánticos no están descritas por números con valores completamente definidos, sino por funciones que pueden tomar distintos valores de acuerdo a unas determinadas probabilidades (un "modelo borroso" de la realidad microscópica). Llegados a un cierto punto, Schrödinger nos quiere advertir de lo absurdo que podría resultar extender estas ideas a nuestra física de todos los días, que no es la física cuántica. Es aquí donde hace su aparición el minino. Traducido por mí al español, quedaría así:

"Incluso se pueden preparar casos bastante ridículos. Se encierra a un gato en una cámara de acero, junto con el siguiente dispositivo (que debe asegurarse contra la interferencia directa del gato): en un contador Geiger hay una pequeña cantidad de sustancia radiactiva, tan pequeña, que tal vez en el transcurso de una hora uno de los átomos se desintegra, pero también, con igual probabilidad, quizás ninguno; si sucede, el tubo del contador se descarga y mediante un relé suelta un martillo que hace añicos un pequeño frasco de ácido cianhídrico. Si uno ha dejado todo este sistema solo durante una hora, diría que el gato aún vive si mientras tanto ningún átomo se ha descompuesto. La función psi de todo el sistema expresaría esto teniendo en ella al gato vivo y muerto (perdón por la expresión) mezclado o desparramado en partes iguales.

Es típico de estos casos que una indeterminación originalmente restringida al dominio atómico se transforme en indeterminación macroscópica, que luego puede resolverse mediante observación directa. Esto nos impide aceptar ingenuamente como válido un "modelo borroso" para representar la realidad."

Esto es todo. Se habrán fijado en el adjetivo "ridículos". Schrödinger no nos está hablando de un experimento que se pueda hacer, sino de un experimento que no se puede hacer. Y no, no es por la presión de los animalistas o de los comités de bioética, sino porque no hay tal cosa como "la función psi de todo el sistema" cuando hablamos de un gato. Las propiedades de los gatos están siempre bien definidas por números, como el resto de los sistemas macroscópicos de la física clásica que estudiamos en el instituto. La física cuántica solo aparece de forma natural en sistemas microscópicos (unos cuantos fotones, electrones o átomos). Extenderlo más allá (como, por ejemplo, en un ordenador cuántico, donde las cosas miden milímetros) requiere de condiciones sofisticadas y muy extremas en el laboratorio, como temperaturas de -273 ºC. En esas condiciones ya no habría gato que valiera, así que nos podemos ahorrar el martillo, el contador Geiger y hasta el cianuro. Pero aún podemos ir más allá: recientemente, Scott Aaronson y Yosi Atia (del Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Tejas en Austin) junto con el físico teórico Leonard Susskind (Universidad Stanford y Google) han publicado un artículo en el arXiv en el que demuestran que si uno fuera capaz de preparar esa función de la que habla Schrödinger en la que el gato vivo y muerto están mezclados en partes iguales, inmediatamente sería capaz de transformar las dos partes de la mezcla entre sí: es decir, sería capaz de convertir un gato muerto en un gato vivo. En palabras de los propios autores, es imposible que haya gatos de Schrödinger "en cualquier mundo en el que la muerte es permanente". Como ellos mismos aseguran, esta es una observación que hacía tiempo que era parte del folclore de la física cuántica, pero que nadie se había molestado en demostrar matemáticamente. Hasta ahora.

Por qué un ejemplo imposible, que su autor calificó de ridículo y que nos habla de todo aquello que la física cuántica no es ni puede ser, es usado comúnmente para explicarla y divulgarla, es para mí un misterio mucho mayor que la propia física cuántica. ¿Y qué más puedo decir? Miau.

NOTA: ningún animal ha sido herido durante la realización de este documento.

Kate Winslet y Jim Carrey en <em>Eternal sunshine of the Spotless Mind, </em>la inolvidable película escrita por Charlie Kaufman. 

Carlos Sabín
Carlos Sabín

Físico teórico. Investigador "Junior Leader" en el Instituto de Física Fundamental del CSIC. Autor de "Verdades y mentiras de la física cuántica".

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