Peter Finch interpretando a Howard Beale en Network (Sidney Lumet, 1976)

En esta época, los argumentos basados en las emociones tienen aparentemente más peso que las actitudes racionales. Hace unos años se puso de moda estar "indignado", a partir de la publicación de un panfleto que tuvo éxito. Desde entonces, la indignación se convirtió en un argumento en sí mismo, y se le dotó de una autoridad tal que anulaba cualquier discusión o matiz: si alguien estaba indignado, es que sin duda tenía razón y había que hacer caso a sus demandas. La cosa funcionaba más o menos como en la película de Sidney Lumet Network (1976), en la que el presentador del telediario Howard Beale perdía la cabeza tras ser despedido, y daba en creer que su misión cósmica era ahora dedicarse a arengar a las masas "I am as mad as hell and I am not going to take this anymore" ("estoy muy cabreado y ya no voy a aguantar más"). Las razones de su enfado y las soluciones que proponía eran lo de menos: sus discursos airados, vociferados a gritos y que solían concluir con un desmayo final, le convirtieron rápidamente en un ídolo de masas. Y eso que todavía no había redes sociales. 

Últimamente, lo de indignarse ya ha pasado de moda y parece insuficiente. Si se asoman, con el debido distanciamiento, a Twitter, podrán comprobar el éxito de gente que dice estar "enfurecida", "cabreada", "enfurruñada" etc. hasta el punto de que ésa es la manera en que quiere definirse y nombrar su cuenta ("profesor enfurecido", cosas así). ¿Qué será lo siguiente? Casi seguro que no será, digamos, "linotipista racional" o "ebanista ilustrado".

Otras veces hemos hablado aquí de cómo ese desprecio de la razón se traduce en un claro desprestigio de la imagen del científico en la cultura popular. Pero lo mismo sucede con la figura del detective privado. No el de Hammett y Chandler, sino el holmesiano, el señor de inteligencia superior que lo fía todo a su sometimiento al método, a la lógica, a la obsesión con descubrir la verdad (para lo cual, claro, hay que creer en que existe tal cosa y en que, por tanto, el hecho de que haya habido un asesinato y haya un muerto, ocurrió realmente y no fue un mero "relato"). Este tipo de personaje ya no le interesa a nadie, como no sea para subrayar lo muchísimo que sufre y lo rarísimo que es por insistir en conductas demasiado (siempre demasiado) racionalistas. O para darle un giro completamente irónico, como en la reciente (y estupenda) Knives out ("Puñales por la espalda"). Los detectives modernos son como el Adamsberg de Fred Vargas, que resuelve los casos mediante intuiciones, corazonadas, golpes de suerte... en lugar de resolver el crimen, más bien pareciera que se tropieza con la solución.

Vean si no las adaptaciones modernas del inmortal Hércules Poirot, de Agatha Christie. Por ejemplo, en El misterio de la guía de ferrocarriles (The ABC murders, miniserie de la BBC que adapta la novela de Christie), el hombre que se enfrentaba a todo con "orden, método y células grises", admirado y respetado por todos (salvo los asesinos) por su talento y perspicacia, el individuo jovial, honesto y brillante es sustituido por un tipo que deambula perplejo, sufriente, sujeto a todo tipo de burlas y humillaciones. El formidable mostacho daliniano cuya negritud maravilla a Hastings (el uso del tinte es para él un rasgo más de la genialidad de Poirot) se convierte en una absurda perilla tan mal pintarrajeada de negro que destiñe (de Hastings ni siquiera hay noticia, lo cual nos priva de ver su rostro admirado ante los comentarios desconcertantemente agudos del detective, ya que, como Poirot va solo, no hay comentarios). El juego intelectual de la solución del crimen interesa menos que los presuntos abismos psicológicos en los que habría que perderse para seguir la tortuosa mente del criminal. La clásica escena en la que Poirot reúne a todo el mundo y los asombra con una solución que nadie había previsto, naturalmente se omite. Poirot está atormentado por un secreto de su pasado, cómo no, del que Christie no se molestó en hablarnos en ninguna novela, pero que vamos a descubrir aquí, por supuesto, al final: ¿saben?, resulta que en Bélgica era cura y no lo sabía nadie. ¿Qué cosas, no? A estas alturas, en realidad, nos da igual, porque hace tiempo que el estupefacto espectador ha comprendido que ese señor que vaga por la pantalla y que no salva ni John Malkovich, no es nuestro Poirot, sino un impostor posmoderno, posverdadero.

John Malkovich haciéndose pasar por Poirot.

¿Qué quieren que les diga? Seguramente es cuestión de gustos, pero en estos tiempos tan sobrecargados de argumentos emocionales, yo echo de menos un poco más de "método, orden y células grises". Me sobran Howard Beales y me faltan Poirots.

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Carlos Sabín
Carlos Sabín

Físico teórico. Investigador "Junior Leader" en el Instituto de Física Fundamental del CSIC. Autor de "Verdades y mentiras de la física cuántica".

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