Uri Geller actuando para David Bohm en Birbeck College.

"(Al releer este último párrafo veo que es más bien un producto de la astucia dialéctica que de la objetividad y la razón. Lo que he escrito es contrario a la realidad objetiva. ¡Ah, la inteligencia humana! Nuestra inteligencia, bien mirado, conspira siempre a favor de lo que nos gusta y nos domina. Es una maquinita más o menos complicada que nos surte de argumentos, toda clase de argumentos, a favor de nuestras más insignificantes bobadas. Quisiera saber si esta forma del entendimiento sirve para algo más.)"

(de "El cuaderno gris" de Josep Pla. Traducción de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.)

 

Creo que los físicos tenemos fama de ser inteligentes, pero seguramente esto no tiene mucho más fundamento que aquello que decía Woody Allen sobre los dos grandes mitos respecto a él: "que soy un artista porque mis películas pierden dinero y que soy un intelectual porque llevo gafas". Así, probablemente los físicos pasamos por inteligentes gracias a nuestras gafas y a los bolígrafos que asoman por los bolsillos de camisas de rayas y manga corta, con los que garabateamos el lagrangiano del modelo estándar en los manteles de las bodas. Sin embargo, entre nosotros hay muchos que dicen y creen estupideces, y que se apuntan con fervor a la última patochada política de moda. De hecho, muchos no han tenido tiempo ni interés en leer cosas fuera de su campo, por lo que su formación en historia, filosofía, literatura (áreas que, con frecuencia, desprecian implícta o explícitamente) es pavorosamente insignificante, a pesar de lo cual todo el mundo les sigue diciendo lo muy inteligentes que son. Se da entonces el cóctel perfecto para crear lo que Fernando Savater llama un "semiculto": aquel que es pedante como los sabios, pero ignorante como los tontos. 

Todo esto, sin embargo, es completamente irrelevante. Si la ciencia tiene algún valor no está en la supuesta inteligencia de una élite de sumos sacerdotes en conexión con no sé qué arcanos del universo. No, el auténtico valor de la ciencia es la sumisión al método científico. El método científico es nuestra única esperanza de que la inteligencia, en lugar de estar al servicio de lo que nos gusta o nos domina, como en la cita de Pla, se pone a trabajar en la búsqueda de la verdad.

Veamos un ejemplo. Seguro que han oído hablar de Uri Geller, un tipo que hacía como que doblaba cucharas sin tocarlas y se hizo muy famoso en los años 70. Hasta aquí todo bien. El problema es que Geller no se conformó con una honrada carrera como mago o ilusionista, sino que intentó convencernos de que doblaba las cucharas con sus "poderes mentales". No fue el único, pero sí fue seguramente el más popular. Consiguió engañar a mucha gente. Entre ellos a John Hasted y David Bohm, catedráticos de física en Birbeck College, Universidad de Londres,  quienes junto con sus colaboradores Edward Bastin y Brendan O´Regan, escribieron un extraño texto que apareció en la sección de noticias de Nature (Nature 254, 470 (1975)). En él se nos informa de los "experimentos" que habían llevado a cabo con Geller y unos niños, de los cuales habían concluido que "la plasticidad del metal se produjo de manera paranormal y que parte de un cristal encapsulado de carburo de vanadio aparentemente desapareció. Está claro tanto para nosotros como para los revisores utilizados por Nature que este relato no equivale a un informe riguroso y libre de lagunas sobre un tema históricamente plagado de lagunas. No obstante, creemos que tenemos en marcha un trabajo significativo, y la experiencia que hemos adquirido puede ser valiosa para otros físicos interesados, como nosotros, en las interacciones entre la mente y los sistemas físicos." (Traducción mía). Leer sus explicaciones produce hoy sonrojo. Entre otras cosas se nos dice que:

"Una de las primeras cosas que se revela cuando uno observa, es que los fenómenos psicoquinéticos no pueden producirse en general a menos que todos los que participan estén en un estado relajado. Un estado de tensión, miedo, hostilidad, por parte de cualquiera de los presentes, generalmente se extiende a todo el grupo. Todo el proceso es más fácil cuando todos los presentes quieren activamente que las cosas funcionen bien. Además, las cosas parecen facilitarse enormemente cuando el diseño experimental resulta atractivo desde el punto de vista estético o imaginativo para la persona con aparentes poderes psicoquinéticos. También hemos descubierto que, en general, es difícil producir un conjunto predeterminado de fenómenos. Aunque esto se puede hacer a veces, lo que sucede a menudo es sorprendente e inesperado. Hemos observado que el intento de concentrarse fuertemente para obtener el resultado deseado (doblar una pieza de metal, por ejemplo) tiende a interferir con el estado mental relajado necesario para producir tales fenómenos. [...] Entonces, ¿cómo vamos a evitar la posibilidad de ser engañados? Debería ser posible diseñar experimentos que estén más allá de cualquier posibilidad razonable de engaño, y que, en general, puedan ser reconocidos como tales por magos profesionales. En las primeras etapas de nuestro trabajo, de hecho, le presentamos al Sr. Geller varios de estos arreglos, pero resultaron ser estéticamente poco atractivos para él. De nuestros primeros fracasos, aprendimos que el Sr. Geller trabajaba mejor cuando se le presentaban muchos objetos posibles, todos juntos sobre una superficie metálica; al menos uno de estos objetos podría atraerle lo suficiente como para estimular sus energías."

Es decir, todo el mundo debe estar distraído, nadie debe intentar controlar las condiciones del asunto, sino dejar que sea Geller el que las controle, para que suceda algo, cualquier cosa, que además debemos aceptar inmediatamente, sea lo prometido o no. ¿Lo ven, verdad? La sofisticada maquinita de la inteligencia trabajando a plena potencia a favor de lo que gustaba y dominaba a este grupo de físicos: las ganas de presenciar algo fuera de lo común. Los científicos son tan fáciles de engañar como cualquier otra persona, si se olvidan de razonar de acuerdo a las reglas del método científico.

No fue el caso de Richard Feynman. En el mítico "Surely you are joking, Mr. Feynman!" (en español, "¿Está usted de broma, Sr Feynman?", Alianza Editorial (1987)), aparecía una breve referencia, como parte de las aventuras de Feynman en la búsqueda de cosas, digamos, más allá de la física: 

"También me interesé por la percepción extrasensorial y los fenómenos paranormales, donde la última moda era Uri Geller, un hombre que se supone que puede doblar unas llaves frotándolas con el dedo. Así que fui a su habitación de hotel, por invitación suya, para ver una demostración tanto de lectura mental como de doblar llaves. No hizo ninguna lectura mental que tuviera éxito; nadie puede leer mi mente, supongo. Y mi hijo sostovo una llave y Geller la frotó, y no pasó nada. Luego nos dijo que funcionaría mejor bajo el agua, por lo que ya pueden imaginarnos a todos de pie en el baño con el agua abierta y la llave debajo, y él frotando la llave con el dedo. No pasó nada. Así que no pude investigar ese fenómeno."

Supongo que todos los feynmanianos efectivamente nos imaginábamos esa escena y nos quedábamos con ganas de saber más. No fue hasta la muerte de Feynman que se publicó una historia más completa del encuentro con Geller, en una revista de California. (Hay que recordar que Feynman no escribía estas historias, sino que se las contaba a su colega Ralph Leighton y éste las escribía. Así que de alguna manera Feynman es un personaje de Leighton, como Sócrates lo es de Platón.) El texto, hasta donde yo sé, solo ha aparecido en pequeñas revistas, y no es muy conocido. Existe una traducción al español de José María Bello, publicada por la revista "El escéptico" en 1999. Feynman da una lección que creo que es valiosa para todos.

"Yo sabía ya que los magos son muy listos, y que es fácil que nos embauquen, por lo que le dije [a un individuo que le ofrecía conocer a Geller]: Oiga, quiero entrevistarme con Uri Geller, pero le diré algo que me diferencia de los otros: soy lo suficientemente espabilado como para saber que puedo ser un pardillo"  He leído un montón de historias acerca de la percepción extrasensorial, y sé que la posición de partida más débil es la de pensar que eres más listo que el otro, y que no puede engañarte. Por el hecho de que un buen mago haga algo que no debería ser posible, no debes llegar a la conclusión precipitada de que se trata de un fenómeno real: es necesario ser bastante más inflexible. Y te encontrarás con que el 99,9% o el 100% de las veces no hay nada extraño, no hay nada misterioso, sino tan sólo algo más ordinario, ¡un truco! Pero es divertido descubrir el truco, y la única forma de hacerlo es estar completamente convencido de que es un truco, y no estar dispuesto a pensar que puede no serlo, porque de lo contrario patinas con demasiada facilidad. [...] supongo que los individuos como Bohm no se percataron de que podían ser burlados con tanta facilidad como se me podía embaucar a mí."

"Unas semanas más tarde suena el teléfono, y es Uri Geller: está en Hollywood, y puedo ir a verlo a su hotel. Le pregunté si podía ir acompañado por mi amigo Al Hibbs, que estaba interesado en hacer unos programas de televisión (y que es mucho más rápido que yo en descubrir trucos) y mi hijo Carl. Geller asintió. Le gustó en particular que fuese con mi hijo, porque por lo visto es especialmente bueno delante de los niños. Carl dijo: "¡Estupendo! Voy a inventar algunas pruebas para que las haga". Y preparó unas cuantas. [...] Fuimos a la habitación de Geller, y nos encontramos con un hombre muy nervioso, que caminaba sin cesar arriba y abajo mientras contestaba al teléfono que sonaba continuamente. Carl le dio una caja con sus sencillas pruebas, pero Geller la puso a un lado sin mirarla siquiera.

Entre telefonazo y telefonazo, nos explicó que sus poderes unas veces funcionaban y otras no, y que él no sabía de dónde venían. Nos relató varias teorías que la gente había sugerido: debido a tal y cual, debe ser esto y lo de más allá; por tumba y dale, debe ser algo extraterrestre. Yo estaba allí, sentado, dejando pasar ese batiburrillo.

Geller nos entregó entonces un pequeño bloc de papel y un lápiz, y nos pidió que trazáramos un dibujo: se suponía que iba a adivinar lo que dibujásemos. Fue fácil ver cómo pretendió hacerlo, pues el extremo del lápiz se mueve al dibujar, y además actuó como suelen hacer los adivinos, sugiriendo que podía tratarse de esto y aquello mientras escudriñaba nuestras caras en busca de una señal de excitación que le indicase que iba por el buen camino.[...] Pero con nosotros no funcionó, porque todo el tiempo pusimos cara de póquer. La lectura mental de Geller se saldó con un completo fracaso. Entonces cogió una llave, pero dijo que no le venían los poderes. [...] No ocurrió nada. Me quedé un tanto desilusionado: no había sido capaz de hacer ni un solo truco, no era el mago superstar que me esperaba."

Así que, si acaso, lo único que debería importarnos sobre nuestra inteligencia es usarla para ser conscientes de que somos unos pobres diablos que podemos ser engañados por cualquiera. Feynman, su hijo Carl y el físico Albert Hibbs lo sabían, y por eso no se dejaron llevar por la parafernalia en la que Geller envolvía sus trucos. No fue su inteligencia lo que les salvó, sino la fidelidad a los métodos y enseñanzas de la ciencia. 

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Carlos Sabín
Carlos Sabín

Físico teórico. Investigador "Ramón y Cajal" en el Departamento de Física Teórica de la UAM. Autor de "Verdades y mentiras de la física cuántica".

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