Jaime Gil de Biedma recitando "No volveré a ser joven"

El poeta Jaime Gil de Biedma tituló su primer libro Según sentencia del tiempo (1954), y lo encabezó con esta referencia al filósofo presócratico griego Anaximandro:

  •  "Donde tuvo su origen, allí es preciso que retorne en su caída, de acuerdo con las determinaciones del destino. Las cosas deben pagar unas a otras castigo y pena según sentencia del tiempo".

(Así lo leo en la antología Las personas del verbo, Editorial DeBolsillo).

Sin embargo, el físico Carlo Rovelli titula su libro reciente El orden del tiempo (Editorial Anagrama), y la referencia al griego es la siguiente:

  • "Las cosas se transforman una en otra según necesidad y se hacen mutuamente justicia según el orden del tiempo".

Curiosamente, otro gran poeta como el arquitecto, catedrático y Premio Cervantes Joan Margarit también llamó a uno de sus libros El orden del tiempo en los años 80, sin hacer referencia a Anaximandro (al menos yo no veo esa referencia en la compilación Todos los poemas Editorial Austral, 2015). 

Ignoro cuál es la mejor traducción del griego (κατά τήν τον χρόνου τάξιν) o incluso si alguna sutileza se pierde en la traducción del original italiano de Rovelli, pero parece tener más sentido la traducción de Gil de Biedma (en realidad, no sabemos si él mismo hizo la traducción o usó algún texto de filosofía en español. Más áun, Anaximandro no dejó nada escrito que haya llegado hasta nosotros y conocemos su pensamiento a través de otros autores. Sin embargo, la cita mencionada pertenece al único pequeño fragmento que sí conservamos, gracias a una mención, que se cree literal, de Simplicio en sus comentarios sobre la Física de Aristóteles). No sería "el orden", sino "la orden", "las órdenes" del tiempo, su sentencia inapelable. Muchos siglos después, Albert Einstein mostraría que la gravedad no es más que eso: la ley escrita por la curvatura del espacio-tiempo. Y así también seguimos, siempre hacia adelante, en el sentido en el que aumenta la entropía, siguiendo la flecha del tiempo.

Rovelli ha escrito un libro extraordinario, en el que vamos desde las odas de Horacio hasta la magdalena de Proust, pasando por Rilke, San Agustín, Hugo von Hoffmannsthal y Paul McCartney, entre muchos otros. Solo en alguna ocasión le podríamos pedir un poco más de la precisión que solo pueden dar los números, para que el lector no se lleve impresiones equivocadas. Por ejemplo, que el tiempo corra a distinto ritmo entre tus pies y tu cabeza es tan técnicamente cierto como irrelevante desde el punto de vista práctico. El efecto se puede calcular con la fórmula que el propio Rovelli da en las notas del final del libro: es igual a la aceleración de la gravedad por tu altura dividido por la velocidad de la luz al cuadrado. Incluso si eres tan alto como el muy llorado Kobe Bryant, o más aún, como Edy Tavares, la diferencia de tiempos por cada segundo que pasa sería de aproximadamente 0,0000000000000002 s, lo cual, a lo largo de una vida de 80 años se traduce en algo así como 0,0000007 s. Relojes muy precisos pueden detectar estos efectos en el laboratorio, pero no tienen ninguna consecuencia en nuestras vidas, por lo que difícilmente van a provocar una revolución en nuestra manera de pensar. Sin embargo, como hemos explicado otras veces, la extraordinaria precisión con que nos ubica el teléfono móvil (a pesar de que, a veces, me sigue situando en la calle de al lado cuando quiero pedir un taxi) es debida a que el sistema de posicionamiento global (GPS) tiene en cuenta estos efectos de relatividad general, que sí son apreciables para el caso de las ondas que viajan desde el teléfono en la superficie de la Tierra hasta un satélite en órbita. De manera que el efecto de la dilatación temporal debido a la relatividad sí tiene un impacto en nuestras vidas. 

También, en ocasiones, conviene subrayar (aunque es cierto que el autor lo menciona en algún momento) que la teoría en la que Rovelli es experto, la gravedad cuántica de lazos, no tiene demostración experimental, por lo que cualquier conclusión que se extraiga de ella respecto a la naturaleza del tiempo es, en cierto modo, especulativa. A pesar de estos pequeños detalles, pasarán un muy buen rato leyendo a Rovelli, y puede que hasta lleguen a olvidar, por un instante, que siguen a las órdenes del tiempo y que "envejecer, morir, es el único argumento de la obra".

Carlos Sabín
Carlos Sabín

Físico teórico. Investigador "Junior Leader" en el Instituto de Física Fundamental del CSIC. Autor de "Verdades y mentiras de la física cuántica".

Página web personal

Sobre este blog

Cuantizando todo, hasta el último fotón. Tecnologías cuánticas y mucho más.

Ver todos los artículos