Los semicultos

23/11/2017 42 comentarios
Menear

Sobre educación y alfabetización científica.

El gran Fernando Savater habla a menudo de los semicultos. Según su definición, serían aquellos que son "pedantes como los sabios, pero ignorantes como los tontos". Pienso que la semicultura puede ser una preocupante característica de nuestro tiempo. Fíjense en el siguiente gráfico sobre alfabetización científica, extraído de la "VIII encuesta de percepción social de la ciencia", realizada por la Fundación Española de Ciencia y Tecnología entre octube y diciembre de 2016, con más de 6000 entrevistas. 

 Gráfico extraído de la VII encuesta de percepción social de la ciencia, realizada por la FECYT

En el gráfico vemos que la idea ingenua de que la gente con más formación educativa va a dar respuestas más correctas, no es cierta en todos los casos. Así, por ejemplo, hay un porcentaje mayor de personas que creen en los fenómenos paranormales entre gente con estudios secundarios completos y entre universitarios, respecto a aquellos que tienen como mucho estudios de enseñanza primaria incompletos. En este caso, los porcentajes son relativamente pequeños en todos los casos. En cambio, el patrón se repite en terapias pseudocientíficas como la acupuntura y la homeopatía: el porcentaje de universitarios que cree en ellas no sólo es escandalosamente alto, sino que es muy superior al porcentaje de gente con menos estudios que comete el mismo error. Estos son los estragos de la semicultura.

Toda esa gente tiene un cierto grado de educación, suficiente para manejarse con soltura por Internet y encontrar todo tipo de blogs, referencias e incluso artículos con apariencia de artículos científicos serios. Puede que esa formación les haya dotado incluso de un cierto aire de rebeldía, de oposición a lo convencional y lo establecido (fomentado durante décadas por la publicidad: "usted es especial, único, genuino, vaya contra todo y todos, compre X" y sacralizado finalmente por las redes sociales, esa ceremonia de entrega de Oscar permanente donde se nos ha convencido de que nuestras opiniones son importantes). Ese aire es incluso saludable en dosis adecuadas (no necesariamente homeopáticas). Sin embargo, parece que esa formación no es suficiente para entender que no todo lo que se encuentra en Internet es igualmente fiable, y que no hay nada interesante en la rebeldía de abrazar a ignorantes, desaprensivos o ambos, al grito de "la Tierra es plana" o "te curarás con la mente". O para entender que un artículo (o cien) aislado en una revista científica (o pseudocientífica) no demuestra nada: no todas las revistas tienen el mismo prestigio (el cual se basa entre otras cosas en la dureza y calidad de su filtro editorial, sobre todo la revisión por pares) y no todos los artículos tienen la misma calidad (muchos de ellos contienen resultados controvertidos, irreproducibles o directamente equivocados, y son superados o corregidos por otros). Por ello, en muchas ocasiones se hacen revisiones y metaestudios, que sirven para separar "el grano de la paja". 

Naturalmente, los temas científicos modernos tienen una complejidad creciente y están en constante evolución, así que es muy difícil hacerse una idea cabal de todos ellos simplemente "por nuestros propios medios" (especialmente si tenemos en cuenta que hoy en día casi todas nuestras "investigaciones" personales empiezan y acaban en Google, cuyos filtros y algoritmos seleccionan perversamente la información que creen que coincide con "nuestros gustos e intereses", reforzando nuestra tendencia al sesgo de confirmación). Por ello, conviene acudir al consenso científico, y aceptar lo que nos dicen sobre él los mejores expertos de la academia. Por supuesto, siempre será posible encontrar algún académico que defienda que la relatividad y la física cuántica están equivocadas, que no existe el calentamiento global o que el agua tiene memoria y cura las enfermedades. Pero fíjense que me he referido a los mejores y al consenso. Por supuesto, el consenso científico puede equivocarse en ocasiones, y, sin duda, evolucionará y se actualizará. Más aún, los argumentos científicos de aquellos que disientan del consenso deben ser escuchados y considerados adecuadamente. Pero admitir el consenso científico es la manera más probable de estar cerca de la verdad (¿conocen ustedes otra mejor?) y discutir el consenso científico requiere de mucho más que leer blogs y ver vídeos de You Tube.

Lo sepan o no los semicultos, la inmensa mayoría de los científicos, académicos e investigadores no son individuos al servicio de quién sabe qué intereses oscuros, sino buscadores infatigables de la verdad en su tema de investigación. Son ellos los que conocen qué ideas y teorías han sido probadas experimentalmente y cuáles no lo han sido todavía o han sido ya descartadas por los experimentos. Admitir que esto les confiere autoridad para hablar de ciertos temas requiere de una cierta dosis de humildad: aceptar que, al contrario de lo que me dicen los anuncios y las redes sociales, nosotros (nuestros prejucios y opiniones sesgadas) no somos tan importantes como creemos. Cuesta, pero es necesario para no perderse en la oscuridad de la semicultura.