Reseña de libros (IV): El marciano, de Andy Weir

22/11/2016 3 comentarios
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Las peripecias de un astronauta abandonado en Marte, narradas en una obra de calidad literaria, científica y humana.

Mark Watney por fuerza debe hacer uso de todo su ingenio. El protagonista de la novela de Andy Weir es un náufrago en Marte: la tripulación de una misión espacial lo ha dado por muerto al abandonar precipitadamente el planeta, y ahora se las tiene que arreglar para sobrevivir él solo. Matt Damon le da vida en una película de Ridley Scott (de cuya página Web están sacadas las fotografías que siguen).

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Sé que varios profesores han recomendado la novela a sus alumnos. Es ciencia ficción al estilo de Isaac Asimov (creíble, sin esperpentos ni truculencias). Además, aunque la película es muy buena, en este caso creo que viene a cuento el chiste de los dos ratones que están royendo una cinta de celuloide, y uno le dice al otro: "¿Qué quieres que te diga? A mí me gustó más el libro".

La obra es en gran parte el diario de Mark Watney, escrito con el estilo de una novela de aventuras. Sobrevivir en Marte no es sencillo, pero Mark (ingeniero y biólogo) es un hombre de recursos. Por si alguien se encuentra alguna vez en la misma tesitura, describe cómo obtener agua de la hidracina (el combustible de los cohetes), y otras muchas cosas útiles al ermitaño espacial. Estas parrafadas técnicas, sorprendentemente precisas, no rompen el relato de la acción, vibrante y amena.

Además, he de reconocer que Mark tiene una sólida formación. Probablemente sea asiduo lector de "Taller y Laboratorio" (¿cómo si no iban a ocurrírsele tantas cosas?). Le tengo que reprochar, sin embargo, que no se acordara del magnífico artículo de Shawn Carlson "Cuando levanta la niebla" (IyC, 9/1997), en el que explica cómo construir de manera muy sencilla un dispositivo con el que medir la transparencia de la atmósfera y así poder evaluar la situación de las tormentas de arena. Claro que en el apuro del momento cualquier cosa sirve, y el método que emplea es ocurrente y le saca del atolladero. Por otro lado, el accidente que da lugar a la apresurada marcha de la misión no pudo suceder tal como lo cuenta: al ser tan tenue la atmósfera marciana, una tormenta no podría acarrear consecuencias tan desastrosas. Pero esto es más bien culpa de Andy Weir, como él mismo ha reconocido. Leer "Nadar en la melaza" (IyC, 6/2014) le hubiera ayudado a calibrar la importancia de la viscosidad y la densidad de los fluidos, aparte de la velocidad, en este contexto.

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La epopeya de Mark entra dentro de los grandes relatos de naufragios. Robinson Crusoe se preocupa especialmente de la mecánica de la producción: cómo construir un corral para las cabras, la confección del vestido y la fabricación del mobiliario. Se permite pocas alegrías, la verdad. Chuck Noland (el protagonista de Náufrago, la película de Robert Zemecki) ofrece un relato psicológico de su soledad. Un largo paréntesis temporal nos traslada desde los primeros días en la isla desierta hasta un momento en el que Chuck ya se las arregla sin problemas para procurarse el sustento... pero está hundido anímicamente (¡habla con Wilson, una pelota de vóleibol!). Mark Watney es de una clase aparte. El no pierde de vista que es astronauta, y por tanto, vivirá como tal. Sigue trabajando en los experimentos, mantiene la base en orden y cumple sus obligaciones profesionales. Es una persona con una sólida ética del deber que haría las delicias de Kant, supongo yo.

Pero sobre todo, me parece una obra humorística. De un humor sano y esperanzado que ocupa un protagonismo central. Porque casi sin darse cuenta, Mark descubre que el cumplimiento abnegado del deber trae como regalo inesperado la felicidad. Eso hace de El Marciano un libro vivaz y divertido, a la vez que aborda varios temas de gran interés humano (la ciencia, la ética del deber, la solidaridad, la fortaleza) entrelazados armónicamente.