38 años de Investigación y Ciencia

06/10/2016 3 comentarios
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Investigación y Ciencia cumple 40 años este octubre. Para mí, sin embargo, son 38; 38 años de relación directa, interrumpida durante un tiempo y recobrado después. Lo cuento en esta entrada. Es personal y no tiene matemáticas pero me apetece. Y como el blog es mío, hago lo que me da la gana... con el permiso de los jefes, ¡claro!

20.jpgInvestigación y Ciencia comenzó su andadura en 1976, pero yo la recuerdo desde 1978. Concretamente, el primer número que compré, o mejor dicho, que me compró mi padre, fue el número 20, que apareció en mayo y cuya portada recojo en la foto de la izquierda. Yo tenía 13 años, y desde pequeñito todos los domingos iba con mi padre a una librería, en la que al principio me compraba tebeos ("viejuno" por comic) y luego ya otras cosas, como revistas de aviones, por ejemplo. Un día me tropecé con esta portada con el extraordinario cuadro de Brueghel el viejo de la Torre de Babel. Se la pedí a mi padre y, sin pensarlo mucho, me la compró. No sabía lo que había hecho. 

Desde aquel día, todos los meses compraba la revista. En aquella época me atraían sobre todo los artículos de física de partículas. Obviamente, estoy seguro de que no entendía muchas cosas, pero los artículos estaban tan bien escritos que algo sí debía ir pillando. Así, en seguida hablaba de quarks y leptones, de hadrones, de bosones, y de compañeros supersimétricos. Eran las épocas en las que estaba terminando de gestarse el archifamoso modelo estándar, y la excitación era enorme. Así que lo que había hecho mi padre era... convertirme en físico. Estuve leyendo sobre todas estas cosas hasta que me fui de casa a estudiar física, soñando con investigar sobre partículas. O sobre astrofísica, que también me engatusaban los artículos sobre el Universo. Afortunadamente, elegí bien: creo que la carrera de física era la que tenía que haber hecho, primero porque me hizo darme cuenta de que lo de las partículas era, con perdón, una milonga que básicamente estaba perdiendo el norte yendo hacia las supercuerdas y demás, y lo segundo porque me abrió los ojos a muchas más cosas en las que no había reparado en la revista. Aun así, es justo reconocer que acabé haciendo mi tesis doctoral sobre solitones (de los que hablaba este artículo de 1979 del que no tengo el menor recuerdo), que tienen cierta relación con las partículas. 

Pero es cierto: se me habían pasado cosas como un artículo de 1979 del premio Nobel Kenneth Wilson explicando la renormalización para estudiar transiciones de fase. Si por aquella época había gran actividad en el campo de las partículas, la física estadística, la ciencia que trata de explicar la termodinámica partiendo de que la materia está compuesta por muchas partículas (átomos, moléculas) estaba dando pasos de gigante, en concreto en el entendimiento de las mencionadas transiciones de fase. La física estadística había nacido con el siglo XX, con Boltzmann y Gibbs, y calladamente había ido elaborando los fundamentos de la termodinámica con gran éxito, pero era una gran desconocida para el público y también para mi yo adolescente. Mirando los archivos de la revista, entre las decenas de artículos sobre partículas y sobre fundamentos de mecánica cuántica (que también me interesaban mucho y que no son ninguna milonga), he podido encontrar tres de este campo: el ya citado de Wilson, uno de Lurié y Wagensberg sobre termodinámica de la evolución, y otro sobre termodinámica y ecología de Ramón Margalef.

Es curioso cómo funciona el cerebro. Recordando esta época, pienso en que también me gustaban mucho los artículos de biología molecular, pero soy incapaz de citar ninguno. Sin embargo, recuerdo perfectamente un artículo titulado "El sistema de apareamiento de lek del gallo de las artemisas", publicado en el tercer número que compré. E incluso recuerdo un poco cómo era el sistema: el gallo de las artemisas macho (en la foto de abajo, tomada del artículo) tiene un territorio, y se aparea con las hembras que pasan por él, mientras que ha de pelear con los otros por la zona fronteriza. Lo otro que recuerdo es que no estaban claro los motivos por los que un sistema así podía haber evolucionado. Claro, esto era 1979, y seguro que hoy se sabe mucho más sobre el tema, así que tendré que retomarlo. 

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La otra cosa que recuerdo con verdadero cariño era la sección de Juegos Matemáticos, que por entonces todavía era de Martin Gardner. Recuerdo artículos sobre los fractales, o sobre el juego de la vida, cosas que luego han tenido mucho que ver con mi actividad investigadora. Con Gardner aprendí que las matemáticas eran la manera de entender bien problemas complicados, y sobre todo que no eran el rollo que uno estudiaba en el BUP. Creo que Gardner es de lo que más me ha influido de mi época temprana de Investigación y Ciencia

Época temprana... porque luego perdí el contacto. Estaba en la Universidad, estudiaba física y parecía que Investigación y Ciencia era para ignorantes, no para mí. La soberbia del ignorante, supongo, pero uno es como es. El caso es que sólo hace unos años volví a entrar en contacto con la revista cuando escribí un artículo sobre redes sociales y cooperación, lo que por cierto me llena de orgullo. Aunque pensándolo bien había vuelto a encontrarme con Investigación y Ciencia cuando mi buen amigo Juanma Parrondo pasó a ocuparse de la sección de Juegos Matemáticos. En más de una ocasión discutimos sobre los temas que pensaba tratar, y volví a recuperar aquella sensación de aprender de mis 13 años. Sensación que continúa por cierto con otro buen amigo, Bartolo Luque, que hoy también escribe en esa sección. Y de ahí, a este blog, que ya tiene casi dos años, y en el que escribo mucho menos de lo que me gustaría, y a tener la revista en casa, siempre al alcance de mi hijo adolescente, que no deja de mirarse alguna cosa de cada número. No sé si le influirá en algo; me temo que mi posición de padre me hace pensar lo de todo el mundo, "los adolescentes son unos descerebrados"; el reciente artículo sobre el efecto de los videojuegos no ha contribuido a ayudarme en ese sentido. Pero bueno, lo mismo debía pensar mi padre cuando me oía con el rollo de las partículas, "este chaval es idiota". En todo caso, 38 años después, por todo, y para bien o para mal, gracias, Investigación y Ciencia. Que sea por muchos más.