¿Quien no ha oído decir sobre alguien “Le da igual ocho que ochenta”? Esta expresión hace referencia a aquellos que no se molestan en discernir entre diferentes órdenes de magnitud, bien sea porque tal aproximación no afecta significativamente el resultado de sus cuentas, bien sea como inevitable resultado de un trastorno de acalculia severa.

Este es, a grandes rasgos, un problema con el que topamos a menudo los paleontólogos. A veces le comentamos a alguien que hemos estado trabajando en un yacimiento con restos humanos de casi dos millones de años, y esta persona nos contesta que deberíamos visitar su pueblo porque allí también han hallado “huesos de humanos de esos que nos gustan, con monedas y murallas…”. Obviamente, tal persona está confundiendo un yacimiento puramente arqueológico con aquel en el que nosotros trabajamos, otro de tipo paleoantropológico.

Pero más allá de la confusión semántica o disciplinar, lo que realmente inquieta es la falta de percepción de profundidad temporal. Los geólogos y los paleontólogos modificamos imperceptiblemente durante nuestra formación académica la concepción del tiempo (en el aspecto newtoniano del término). Nosotros lo medimos todo en millones de años. Tanto es así, que nuestra propia existencia como individuos nos parece desesperada y ridículamente anecdótica. Yo ya no me puedo desvincular de mi mentalidad geológica, y por lo tanto no lo puedo asegurar con total certeza, pero me da la impresión de que el resto de la población concibe el tiempo de manera inversa, tomando como referencia la escala humana. Por eso a la mayoría, “le da igual ocho que ochenta” cuando hablamos de las edades de los fósiles. Tanto es un millón de años como 100 millones: todo es, simplemente, “mucho”. Pese a que los Picapiedra o Raquel Welch intentaran vendernos lo contrario, los homínidos de hace un millón de años jamás conocieron a los dinosaurios del Cretácico.

Después de haber leído detenidamente el número de este mes de Investigación y Ciencia sobre “El Fin”, entiendo que este problema se traduce en otro aun más grave. En el interesante artículo de este mes de Noviembre de 2010 sobre las existencias disponibles de recursos (ver artículo relacionado) se desvela que la mayoría de ellos quedarán agotados en un plazo de tiempo del orden de magnitud de una vida humana. Es decir, que si no somos nosotros directamente los que vemos cómo se agota tal recurso, serán nuestros hijos o nuestros nietos. A mucha gente, hablarle de lo que pasará dentro de 20 años le trae sin cuidado, algo relativamente normal cuando uno no sabe lo que hará el próximo fin de semana o siquiera si tendrá trabajo el mes que viene. Veinte años pueden parecer mucho. Para nuestros políticos esto representa cinco legislaturas, un intervalo muy superior a la fecha de caducidad de cualquier promesa electoral. Saquen ustedes mismos sus propias conclusiones.

A mí, atrapado en mi peculiar cárcel mental que sólo me deja pensar en millones de años, no me preocupan mucho las existencias de recursos geológicos disponibles. Cuando se agoten los hidrocarburos y las menas metálicas explotables, nos tocará cambiar de recursos energéticos hacia las energías directamente derivadas del astro rey (esta vez, “sí o sí”) y reexcavar nuestros basureros en busca de la chatarra que antaño nos pareció desechable y reciclarla, iniciando así una “segunda edad de los metales”. Nuestro decrecimiento del bienestar general será tan inevitable y acusado, que a nivel social nos parecerá que volvemos a las cavernas.

Me incomoda muchísimo más la cuestión biológica. Este año 2010 se celebra el Año de la Biodiversidad. Aplicando el tema de la percepción del tiempo a esta cuestión, me planteo cuántas personas realmente se dan cuenta de la cantidad de millones de años que han sido necesarios hasta llegar a la diversidad biológica de la que disfrutaron los primeros representantes de nuestra especie. ¿Han consultado alguna vez el listado de la IUCN sobre las especies amenazadas de extinción en nuestro planeta? Háganlo: los datos son, simplemente, escalofriantes. Desde la década de los 90 (cuando comienzan los datos tomados de manera regular) cada año desparecen cientos de especies; miles que antes eran vulnerables pasan a estar seriamente amenazadas, y otras que parecían estables se vuelven vulnerables. ¡Y esto está contabilizado en los últimos 20 años! La humanidad, en su concepto más amplio, no ha conocido un hecho parecido en sus casi 3 millones de años de existencia. La reducción de biodiversidad tan sumamente drástica que acontece es tan sólo comparable a alguna de las cinco extinciones masivas que han tenido lugar en los últimos 500 millones de años. Según los datos de este artículo de Investigación y Ciencia, ya hemos superado la tasa de pérdida de especies del límite entre el Cretácico y el Terciario, aquella que acabó con los dinosaurios. Deberemos revisar con mayor detalles los datos paleontológicos para ver qué dicen exactamente, pero muy probablemente no hagan más que confirmar el hecho de que nuestra actividad como humanos está siendo más devastadora en términos de biodiversidad que un impacto meteorítico.

Lo que dice el registro fósil es que la extinción de fondo es un proceso natural tan lento que pasaría totalmente desapercibido a varias decenas de generaciones humanas. La tasa de pérdida de especies se estima en un 0,1% por milenio. Los procesos generadores de biodiversidad transcurren en un lapso temporal del mismo orden de magnitud. Es decir, que cuando se extinguen ciertas especies o variedades, aun transcurre un lapso de tiempo (entre cientos y varios millones de años) hasta que un nuevo organismo ocupa el nicho ecológico dejado por la población desaparecida, si es que éste nicho sigue existiendo.

La gente no es consciente de que lo que estamos viviendo no tiene precedentes, y que por lo tanto sus consecuencias son difícilmente predecibles, pero indiscutiblemente nada agradables para los humanos. Sólo otorgándole la dimensión temporal correcta se puede apreciar la verdadera magnitud de la tragedia que se avecina. No quiero ser uno de esos predicadores que anuncian la llegada del apocalipsis; tan sólo deseo que la gente no confunda un hexágono con un prisma hexagonal. Sepan todos aquellos que no le dan la importancia que se merece a este asunto, que no es lo mismo 8 que 8000: esta es la diferencia que existe entre un planeta “sano” y otro “decadente”.

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Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

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"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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