El pasado mes de Noviembre la revista Zoo Weekly publicó las fotos de Eve, una modelo de 2,05 metros de altura, y que ya es conocida con el mote de ‘Babezilla’. Para destacar sus extraordinarias dimensiones, Eve posó junto a una colega de profesión australiana de talla ‘estándar’. Como otros muchos, al ver estas imágenes mi imaginación comenzó a volar pensando en lo que quedaba oculto en estos dos cuerpos: su esqueleto. Y es que si ambas fosilizasen parcialmente, las abejas paleontólogas del futuro lo tendrían complicado: ¿Una misma especie de homínido o dos distintas?
 
Aunque parezca mentira viendo la foto, ambas pertenecen a una misma especie (la única perteneciente al género Homo que sobrevive actualmente, la nuestra). Esto sería demostrable empíricamente buscando a un individuo de sexo masculino que por el bien de la ciencia se prestase al apareamiento con las dos, obteniendo descendencia fértil en ambos casos. La diferencia de tamaño de estas dos chicas se debe, simple y llanamente, a la diversidad intraespecífica.

A los paleontológos, igual que a otros muchos científicos naturalistas, nos encantan las medidas. Medir huesos, dientes o cualquier otro resto esquelético es (o puede ser) un trabajo tedioso, pero tiene la ventaja de que proporciona unos datos objetivos y contrastables. En principio, las medidas son suficientes para diferenciar los huesos de especies parecidas. Supongamos que en un yacimiento paleontológico encontramos un conjunto de tibias de individuos adultos que se pueden diferenciar en dos grupos, según tamaño. Normalmente, “dos tamaños, dos especies”; así de simple. Otras veces, la distribución bimodal de un parámetro puede ser interpretado de otra forma. Para explicar que dos conjuntos de fósiles se parezcan morfológicamente pero difieran en tamaño, existen varias explicaciones.

En primer lugar, puede que se trate realmente de dos especies parecidas de diferente talla. En este caso suelen ser especies cercanamente emparentadas a nivel evolutivo donde una pequeña diferencia de tamaño puede haberles permitido ocupar nichos ecológicos separados: diferente dieta, diferente velocidad en carrera, diferente refugio, etc. Así la misma zona da cobijo y permite mantener a ambas formas sin solaparse.

En otros casos, lo que sucede es que existe un elevado grado de dimorfismo sexual, en el que lo que vemos son las diferencias de medidas entre los restos esqueléticos de machos y hembras de una misma especie. Cuando en una especie los machos y las hembras difieren en tamaño, lo más probable es que existan razones de comportamiento (etológicas) que hayan favorecido evolutivamente esta distinción.

La diferencia de tamaño bimodal en algunos grupos biológicos, como el de algunos foraminíferos bentónicos, es algo más compleja. Estos organismos unicelulares con esqueletos de carbonato cálcico, alternan generaciones haploides con reproducción sexual (“gamontes”, de menor tamaño) con otras diploides (“esquizontes”, más grandes) que se reproducen asexualmente. A priori, la bimodalidad de los restos fósiles que generan localmente la acumulación de ambas formas, induciría a pensar que nos hallamos ante dos especies distintas de organismos unicelulares. Pero no: son diferentes generaciones alternadas de un mismo colectivo específico. En estas fotos se puede apreciar tal diferencia en ejemplares del género Nummulites.


Si los restos fósiles de cualquier organismo provienen de dos yacimientos distintos, puede que la explicación se encuentre en diferencias temporales y/o espaciales. Algunas especies de animales pueden variar su tamaño en función de la temperatura ambiental media. Los animales que generan su propio calor corporal y lo mantienen a temperatura constante (gran parte de los mamíferos) tienen tendencia a ser de mayor tamaño en climas fríos. Así, los representantes de una misma especie que vivan en regiones polares pueden (y suelen) ser algo mayores que los individuos que ocupen latitudes menores. Este fenómeno es conocido como “Regla de Bergmann”, y se explica porque, proporcionalmente, a mayor tamaño menor superficie corporal expuesta al medio externo; es decir, mayor inercia térmica y más resistencia a enfriarse. La distribución latitudinal del actual ciervo de cola blanca (Odocoileus virginianus) en el continente americano permite apreciar este curioso efecto. En la imagen, el contorno frontal de la cabeza de un ejemplar de Michigan (arriba) y otro de la misma especie de Nicaragua (abajo).



De la misma forma, si a lo largo del tiempo geológico la temperatura media de una zona sufre variaciones por cambios climáticos moderados, puede que la misma especie residente cambie su tamaño en la dirección que favorezca (aumentando o reduciendo sus dimensiones). En el registro fósil existen algunos ejemplos de especies menguantes y crecientes que han sido interpretados como variaciones de tamaño inducidas por cambio climático.

Y aunque podríamos escudriñar en otras muchas posibles explicaciones a diferencias en el tamaño de especies y formas parecidas, existe un último caso en el que sorprenden estos cambios. Se trata de las diferencias de tamaño en especies que quedan atrapadas en islas. El fenómeno de la evolución insular es apasionante, y es objeto de investigación y controversia desde hace varias décadas. En general, las especies insulares muestran dos tendencias: las especies grandes evolucionan hacia formas pequeñas, y las pequeñas hacia grandes. El caso del extinto bóvido balear Myotragus que estudian mis compañeros del Departamento de Paleobiología es un claro ejemplo de ello (En la fotografía se ve la diferencia de tamaño entre esta especie (en blanco) y un rebeco (en gris), su pariente actual continental).



Además del cambio en el tamaño, existen otros cambios evolutivos asociados a la insularidad que modifican sorprendentemente la biología de estas especies. Pero en este tema ya profundizaremos otro día, porque merece un capítulo aparte.

Para finalizar, tan sólo diré que en el estudio de una asociación fósil debe intervenir la lógica y una cierta intuición a la hora de explicar las diferencias en tamaño de uno o varios individuos. Porque si nos limitamos a introducir los datos en un programa estadístico, lo único que obtendremos será que en nuestro yacimiento existió una única especie de tamaño intermedio a la cual no se adapta ninguna de nuestras medidas, unas por exceso y otras por defecto. Y aunque esto sería válido para el primer ejemplo expuesto (el de las dos ‘homínidas’ posando en bikini), no sería extrapolable a todos los ejemplos de la naturaleza fósil. Como dice el título de mi blog, "los fósiles hablan", pero hay que saber entenderlos correctamente. Así que: ¡Gracias Babezilla! tus fotos me han hecho recapacitar sobre la importancia que tiene el tamaño en paleontología.

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

Sobre este blog

"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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