Vivimos en un mundo donde los números dominan nuestras vidas. Las estadísticas (y las cifras en general) acreditan lo que intuitivamente ya conocíamos o moldean lo ambiguo hasta darle una nueva imagen más nítida. Las ciencias naturales no escapan a este fenómeno. Hace tiempo que me di cuenta, pero lo acabé de confirmar el pasado mes de noviembre, cuando asistí al último congreso de la Society of Vertebrate Paleontology que se celebró en Las Vegas. Entre los cientos de trabajos presentados, principalmente por parte de investigadores estadounidenses, los puramente descriptivos eran una minoría. No parece que exista un buen estudio científico sin complicados números que lo avalen. Prácticamente no hubo póster o presentación que no contuviese un cladograma, un análisis multivariante o un rocambolesco tratamiento estadístico que no demostrase que el fósil presentado “revolucionaba” el mundo de la paleontología y la historia de la vida. Sinceramente, me pareció que en algunos casos se pecaba de un exceso de sensacionalismo y hasta de falta de humildad. Sin embargo, creo que fue una buena radiografía del estado de la paleontología “globalizada”. Existen muchos casos de paleontólogos que realizan sus estudios sin llegar a tocar ni un solo fósil porque prefieren trabajar con bases de datos ¿Por qué sucede esto? Creo que existen dos razones principales que se complementan y se retroalimentan: la moda y la necesidad.

La moda, porque hoy en día no se estila dedicar tiempo a estudiar, describir y comparar fósiles. Esto hace décadas que “pasó de moda” sólo por el hecho de que los naturalistas del siglo XVIII ya lo hacían. La descripción morfológica parece obsoleta. Y además, argumentan algunos, no es objetiva. Esto es verdad hasta cierto punto: cuando uno describe un fósil, la observación sufre de una cierta subjetividad. Que tal rasgo, o tal otro, sea “grande”, “mediano” o “pequeño”, dependerá del criterio del observador. Pero no es nada que no pueda subsanarse con unas simples (y bien definidas) medidas. Creo que las ciencias naturales de tipo descriptivo (zoología, botánica, micología, paleontología) sufren de un cierto complejo de inferioridad respecto a otras ramas de la ciencia que persiguen la “modelización matemática perfecta” de la naturaleza, como puedan ser la física o la química. La ecología o la petrología endógena, dentro de la biología y la geología respectivamente, también “modelizan” bastante bien. Describir con palabras lo que vemos parece que no es científico y sí lo es, en cambio, un modelo numérico al que ajustar un hallazgo (o del cual desvincularse). Y sin embargo, los seres vivos son entidades altamente complejas, muchas veces difíciles de simplificar y modelizar.

La necesidad, porque desde que la ciencia dejó de ser el hobby de algunas personas de clases sociales acomodadas, la competitividad por conseguir una cierta estabilidad laboral en el campo de la investigación se intensificó. La estabilidad se consigue a base de esfuerzo, dedicación y “productividad”. Actualmente es mejor científico aquel que “más y mejor produce”. El sistema actual de evaluación de la productividad se rige mayormente por unos valores otorgados a la publicación de resultados. Cada investigador tiene unos puntos en función de cuántas y cuáles son sus publicaciones (“producto” de sus labores científicas). Las publicaciones tienen una puntuación dependiendo del “prestigio” de la revista donde se publica. Las revistas aumentan o disminuyen su “prestigio”, en función de la cantidad de veces que son citadas por otras revistas, algo que depende en gran parte del prestigio ya adquirido de quien publica en ellas o el tipo de publicación en la que están especializadas. Ya ven que aquí podemos entrar fácilmente en un círculo vicioso, la tendencia del cual podría ser seguro (también) modelizada mediante una ecuación diferencial por los aficionados a las matemáticas. Como los investigadores pretenden publicar siempre en revistas que tengan una alta puntuación, los estudios que se favorecen son aquellos que tienen implicaciones a “gran escala”. Por lo tanto, en paleontología es más rentable para un investigador completar una base de datos y tratarla estadísticamente  que describir un fósil, ya que se puede hacer en menos tiempo, se llega a resultados más amplios y se publica en revistas de más alto impacto.

Por una u otra razón, el resultado final es una “pirámide investigadora invertida”, donde los productores de datos primarios (paleontología descriptiva a pequeña escala o “clásica”) son pocos y dominan aquellos otros que manufacturan estos datos (paleontología teórica o que “modeliza a gran escala”). ¿Y esto es bueno o es malo? Para mí, malo. Aunque ambos tipos de investigación son estrictamente necesarios y se complementan, siempre debe dominar el trabajo descriptivo clásico. Si esto se hace correctamente y en cuantía suficiente, se establecen unos robustos cimientos sobre los cuales levantar grandes teorías. Alargando el símil, cabe hacer notar que las grandes construcciones que han resistido el paso del tiempo siempre se han llevado a cabo con materiales sólidos y de buena calidad. Y han llevado tiempo, y el esfuerzo previo de muchas personas. Ahora las edificaciones pueden verse antiguas, pero su resistencia sigue despertando la admiración de quienes las contemplan. ¿Alguien espera ver en pie dentro de 20 años todos los edificios levantados durante el ‘boom inmobiliario’ en nuestro país?

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

Sobre este blog

"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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