Hace poco surgió un debate entre mis colegas: ¿Cómo podemos explicar la utilidad de la paleontología al gran público? Las respuestas fueron de lo más variopintas, de lo cual se desprendió que ni siquiera nosotros mismos éramos capaces de discriminar por qué lo que estábamos haciendo era útil. Todos coincidimos en que hacemos lo que nos gusta, algo que nos apasiona, y en que en ningún caso las administraciones correspondientes deberían prescindir de nuestro servicio. Lo que no acabamos de concretar es la justificación para que sigan haciéndolo. Bien, planteemos un nuevo punto de vista para entender la necesidad de estudiar fósiles.

 

Dado el conocimiento que tenemos actualmente sobre el funcionamiento del planeta, la existencia de fósiles nos parece de lo más normal y justificada. Sin embargo, podríamos imaginar un planeta estático en el que no se formasen nuevas rocas y no hubiese movimientos tectónicos de ningún tipo. En este planeta imaginario, los contrastes térmicos serían prácticamente inapreciables y las rocas apenas sufrirían sus efectos, habiendo quedado así perpetuamente congeladas en el mismo instante de su formación; la fuerza de viento y agua, insuficiente para arrastrar las pocas partículas no arraigadas a la superficie; el relieve, poco pronunciado a nivel global. Esto sería, geológicamente hablando, un mundo ‘descafeinado’ carente de su esencia más fundamental, que es el dinamismo.

 

Puedo imaginar igualmente un mundo poblado por seres volátiles, prácticamente etéreos, compuestos en su mayoría por una combinación fluida de materiales gaseosos y líquidos de fácil reciclaje e intercambio entre sus iguales. Estos seres estarían únicamente envueltos por una finísima película de algún compuesto orgánico que les diferenciase del medio externo. Pensándolo bien, en un mundo tan estático las formas de vida podrían permitirse el lujo de moverse menos, ya que todos los rincones del planeta proporcionarían las mismas fuentes de energía. Podría ser que tampoco necesitasen esqueletos mineralizados, ni de soporte ni de protección.

 

Ya ven que echándole imaginación, rápidamente podríamos diseñar un mundo paralelo en el que las leyes naturales no funcionasen como lo hacen en la Tierra. Pero con la imposición de cada una de estas nuevas condiciones con las que hipotetizamos, reducimos hasta prácticamente ‘cero’ la probabilidad de preservación atemporal de cualquier forma de vida. En este planeta imaginario, no hay fósiles. La vida sucede a la misma velocidad con la que se desvanece su rastro, de la misma forma que las máquinas que limpian las playas alisan la arena a su paso borrando la huella de sus ruedas. Si la conciencia humana hubiera despertado en este hipotético lugar, su alma se desesperaría al no poder encontrar el rastro del camino que le indicase cómo había llegado hasta allí.

 

Afortunadamente vivimos en la Tierra, un lugar maravilloso en el que los fósiles no eran necesariamente imprescindibles aunque, pese a ello, existen. Todo un milagro, créanme, incluso a ojos de los que convivimos a diario rodeados de ellos. Es raro; si algo sabemos los que nos dedicamos al estudio de la naturaleza, es que ésta no suele hacer ‘gastos innecesarios’; lo que no es útil, simplemente no existe. Siendo que para el funcionamiento de la naturaleza el fósil es prescindible, no veo otra opción para dotarlo de utilidad que el complementarlo con la existencia de un ser capaz de interpretarlo y dotarlo de un significado ‘no-místico’. En otras palabras, podríamos decir que la existencia de la paleontología hace que dos cosas adquieran utilidad: los fósiles y la inteligencia humana. Esta es, bajo mi punto de vista, la utilidad de la paleontología.

 

A partir de ahora intentaré irles explicando periódicamente qué nuevas y revolucionarias ideas se derivan de la cooperación entre estos dos extraños fenómenos terrestres: la fosilización y la cognición interpretativa. Hasta pronto.

 

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

Sobre este blog

"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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