Como se ha destacado en más de una ocasión en este Blog, inferir comportamientos o requerimientos biológicos en especies extintas, no es una tarea fácil. El caso más paradigmático es el de los dinosaurios no avianos, ya que existe una notable demanda social por conocer aspectos de su vida que en muchos casos difícilmente puede ser satisfecha. A partir de los restos óseos de la mayor parte de las especies de dinosaurios conocidas es relativamente fácil deducir su tamaño, dieta y desplazamiento. Pero inferir comportamientos u otros aspectos menos evidentes, requiere de estudios bastante más detallados.

Recientemente se han publicado dos artículos que merecen ser destacados por la evidencia directa que aportan sobre la biología de los dinosaurios. El primero de ellos (1) se publicó el pasado mes de Abril en la revista Nature, y dio a conocer los restos embrionarios de una especie de sauropodomorfo hallados en sedimentos del Jurásico de China. Gracias a los restos recuperados y a su minucioso estudio, han podido documentarse algunas de las etapas ontogénicas previas a la eclosión del huevo. Por ejemplo, el estudio histológico detallado advierte desigualdades en la osificación de algunas partes esqueléticas, hecho que puede relacionarse con la movilidad de los embriones dentro del huevo. Dicho así, no parece que la conclusión sea revolucionaria, y podríamos calificarla de 'esperable'. Sin embargo, el hallazgo es mucho más espectacular de lo que aparenta, ya que documentar algo así no es nada fácil. Hasta que no se han encontrado estas pruebas, la suposición de que esto debía ser obligatoriamente así era susceptible de ser errónea.

Por otro lado, la revista PNAS publica otro notable descubrimiento paleontológico (2), esta vez centrado en dos vértebras caudales pertenecientes a un hadrosaurio de finales del Cretácico. Los restos fósiles incluyen una 'cicatrización' y consecuente fusión de los dos centros vertebrales, englobando al agente traumático que provocó esta patología: un diente de terópodo que los especialistas atribuyen inequívocamente a Tyrannosaurus rex. Esto constituye, por lo tanto, una evidencia directa sobre el comportamiento de este famoso y controvertido dinosaurio. En el debate que se ocupa por dilucidar sus preferencias por la caza activa o el carroñeo (ver posts previos en este Blog), esta nueva publicación decanta la balanza hacia la primera opción, aunque, dicho sea de paso, sin descartar la segunda. Igualmente, la posición del diente en la estructura de la presa permite realizar nuevas conjeturas sobre la técnica de caza. Dado que el diente se aloja en la zona posterior de un hadrosaurio, la cretácica escena de cacería se presume similar a la de algunos félidos actuales de la sabana africana que se abalanzan sobre los cuartos traseros de sus presas.

Más allá de la importancia que puedan tener las estrictas interpretaciones de sendos artículos, lo positivo es que el mundo de los dinosaurios deja cada vez queda menos espacio a la especulación, quedando ésta reemplazada por evidencias científicas directas. Hágase notar también que ambos trabajos versan sobre fósiles excepciones por su rareza, obtenidos tras muchos años de excavación y que combinan observaciones directas con técnicas de estudio muy avanzadas. Sin duda, una combinación perfecta que, aderezada con unos buenos recursos logísticos y de financiación, son una inevitable garantía de éxito.

 

Referencias

(1) Reisz et al. 2013. Embryology of Early Jurassic dinosaur from China with evidence of preserved organic remains. Nature 496, April 2013, 210-214.

(2) De Palma et al. 2013. Physical evidence of predatory behavior in Turannosaurus rex. PNAS (www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1216534110)

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

Sobre este blog

"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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