La paleontología y la mitología tienen algo muy importante en común: ambas disciplinas relatan hechos sobre criaturas que ningún humano actual ha llegado a ver jamás. Afortunadamente, creo que los paleontólogos gozamos de “un poco más” de credibilidad en lo que relatamos, dado que existen pruebas físicas y nuestras conclusiones se someten a los estrictos controles de revisores externos cada vez que se publican los resultados de un estudio. No obstante, existen personas a las que les parece increíble que llegase a existir un dinosaurio carnívoro con joroba como el recientemente descubierto Concavenator corcovatus (alias “Pepito”). Y sin embargo, hace unos días mi amiga Patricia me hizo llegar un correo electrónico con una presentación adjunta en la que se “desclasificaban” las fotografías de una supuesta excavación donde estaban apareciendo los restos esqueléticos de humanoides gigantes (vean aquí algunas de las fotografías), y nadie se escandaliza por semejante engaño.



Obviamente, estos gigantes no existieron jamás más allá del Photoshop que los creó, pero me suscitó una pregunta: ¿tan tenue es la línea que separa la paleontología de la mitología, como para que este correo electrónico funcione como cadena de mensajes mientras algunos no aceptan todavía los fósiles como prueba evidente de la evolución y la extinción de las especies? Da la impresión de que no hemos cambiado tanto desde que los griegos alimentaban la creencia de que ciertas islas del Mediterráneo se hallaban ocupadas por gigantes de un solo ojo llamados “cíclopes”. Algunos dicen que el desencadenante de esta creencia arraiga en el hallazgo en la isla de Creta de cráneos fósiles de proboscídeos, con quienes los griegos no estaban familiarizados. Ciertamente, el orificio de la proboscis (trompa) de cualquier cráneo de elefante podría interpretarse como la fusión de las dos órbitas oculares.


Si se le añade el tamaño (aunque reducido por fenómenos evolutivos en condiciones insulares), pocos discreparían con la interpretación de que éstos pertenecieron a gigantes de un solo ojo. En este caso, la mitología actuaba igual que la paleontología, intentando dar la explicación más plausible al afloramiento de restos esqueléticos desconocidos entre las faunas autóctonas actuales. Tenía razón Edisto Torres, cuando comentaba en mi anterior artículo que “la Paleontologia tiene el valioso valor de estimular la mente para encontrar sentido a detalles sutiles que a primera vista parecen casuales”. No sé si en este caso la interpretación podría haberse considerado como “paleontológica” en si misma, pero lo que sí que es innegable es que los fósiles estimularon la mente hasta generar la visión de seres gigantes que no existían.

El origen de otras muchas criaturas mitológicas y creencias también parece ser el producto de la incorrecta interpretación de estructuras resistentes de origen animal, estuvieran o no fosilizadas. Al parecer, las alargadas protuberancias de los narvales fueron objeto comercial por parte de algunos vikingos y comerciantes nórdicos, que los vendían a literalmente a precio de oro  haciéndolos pasar por cuernos de unicornio. Los ammonites de la localidad de Whitby (Inglaterra) atestiguaban el milagro de Santa Hilda, quien al parecer acabó con una plaga de serpientes transformándolas en piedra. Y si finalmente nos desplazamos hasta los textos bíblicos, perdemos la cuenta de la gran cantidad de gente que ha apuntado a la presencia de moluscos y fósiles marinos en zonas elevadas como la prueba inequívoca del Diluvio Universal.

El ser humano necesita de explicaciones coherentes con la realidad que le ha tocado vivir. Lo importante en el caso del científico es poder mantener la mente abierta para que no sea “nuestra realidad” la que condicione las observaciones.  En otras palabras: se relata en los cuadernos de viaje de Cristobal Colón de 1493 que en Río del Oro había visto tres sirenas saliendo del agua, aunque eran mucho menos hermosas de lo que se había relatado; y no me extraña, porque a mí tampoco me resultan sexualmente atractivos los manatíes.

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

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"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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