Los terremotos se originan a consecuencia de una liberación brusca de energía potencial elástica acumulada en una placa de la corteza terrestre, que se convierte en energía cinética. La descompresión brusca de esta placa hace que se desplace respecto a la contigua, generando un conjunto de ondas que se propagan en todas las direcciones del espacio por medio sólido. Cuando el hipocentro (el lugar real donde se produce esta descompresión) está cerca de un fondo oceánico (es decir, cuando el epicentro se sitúa en el fondo del mar), y genera repetidas convulsiones de importante componente vertical, existe el riesgo de que en el océano se generen movimientos de grandes masas de agua. En superficie, estas ondulaciones se expanden radialmente desde el origen a gran velocidad (de varios cientos de kilómetros por hora) sin que apenas se aprecie una elevación de la superficie. Pero cuando la propagación de esta onda llega a las zonas poco profundas de la plataforma costera, su velocidad disminuye y la cresta de la ola puede elevarse hasta varios metros. En zonas costeras llanas, esta súbita elevación del nivel del mar puede inundar varios kilómetros cuadrados tierra adentro, arrasando con todo lo que encuentra a su paso. Este fenómeno es tan destructivo que incluso queda grabado en el registro geológico. Los depósitos  sedimentarios que genera son caóticos, con bloques de gran tamaño, sin selección de grano, y combinando fósiles de organismos de diferentes ambientes, tanto marinos como continentales. Estos depósitos han sido identificados en muchas secciones sedimentarias de todo el planeta y se conocen en la jerga geológica con el nombre de “tsunamitas”. Algunas tsunamitas encontradas en el continente americano han sido datadas en unos 65 millones de años, y se interpretan como el producto del impacto meteorítico en la península del Yucatán (México) que supuestamente acabó con el reinado de los dinosaurios no avianos.

Lamentablemente, tenemos muy presente el fenómeno tsunami por culpa de lo acontecido en Japón estos últimos días. Japón sabe que vive en constante peligro de terremotos y tsunamis, ya que corresponde a una zona de subducción de placa tectónica oceánica, que además es espectacularmente activa. Sus construcciones, sus centrales nucleares y su población estaban preparadas para eso. Pero hasta cuando todo está controlado, Murphy aplica sus leyes y el accidente puede suceder. Un país como Japón consume electricidad en grandes cantidades, y gran parte de toda esa electricidad se genera en centrales nucleares. El país no tiene otra manera de abastecer toda esa necesidad, ya que carece de otros recursos naturales que puedan satisfacer estos consumos tan elevados.

¿Qué ha cambiado en estos últimos días? Ha cambiado que ahora el debate sobre la seguridad de las centrales nucleares arranca en todo el mundo. En Alemania, Angela Merkel ha dicho que "Japón ha marcado un hito en la historia tecnológica" y que la liberación de radiactividad tras el terremoto "ha demostrado que la interpretación hasta ahora de las fuerzas de la naturaleza sobre las estructuras de las plantas no es lo suficientemente fiable" ¡Menos mal! Parece que comenzamos a entender que no todo está bajo el control de los humanos. Nadie discute que las centrales nucleares de todo el mundo son de una complejidad extrema, con excelentes recursos  y punteras en el sector tecnológico. El problema viene con la mentalidad a corto plazo que rige la cabeza de muchos políticos. Más allá de la catástrofe que supone un accidente de esta magnitud, lo indignante es que todas estas cuestiones energéticas se aborden desde el punto de vista de la obsolencia programada. La esperanza de vida media de una central nuclear ronda los 40 años. En cambio, los residuos que genera mantienen sus perjudiciales efectos sobre la vida durante millones de años. Generalmente se recomienda el almacenamiento de estos residuos en minas de sal abandonadas por varios motivos geológicos.

Igual que en el tema de la Biodiversidad (que comenté hace unos meses en este Blog) resulta preocupante la falta de mentalidad geológica. En todas estas decisiones impera la cultura del parche, y parece que “más vale curar que prevenir”. Pase lo que pase con las fugas radioactivas que en este preciso momento tienen atemorizada a la población japonesa (y parte del extranjero), el problema radica en cómo controlar los residuos generados en tan corto plazo y a un ritmo tan alto. No hablo de Japón: hablo de todo el Mundo. Todo aquello que no sea “regenerable o degenerable” a escala de la vida humana debe utilizarse sólo en casos extremos. De no ser así, estamos tomando decisiones que afectan severamente a personas que todavía no han nacido. Y no sólo a nuestros hijos, sino a miles de generaciones que deberán vivir inmersos en los residuos que genera nuestro banal despilfarro de recursos. Si la especie humana sigue existiendo dentro de unos cientos de años, no les quedará otra que culpar de casi todos sus problemas a sus antepasados de los siglos XX y XXI (nosotros), por haber tomado decisiones de las cuales nosotros salimos beneficiados mientras ellos sufren las consecuencias.

Como paleontólogo criado en la mentalidad geológica que piensa en la vida en millones de años (tanto en pasado como en futuro), no puedo declarar ser otra cosa que “antinuclear”, “decrecionista”, y pese a todo, “filántropo no-donante”. Así, aunque admiro la figura de James Lovelock, debo admitir que soy contrario a sus argumentos pro-nucleares incluidos en su libro “La Venganza de la Tierra”. Me parecen mucho más certeras las previsiones que realiza Alan Weisman en su libro “El Mundo sin Nosotros” acerca de la herencia que le dejaríamos al planeta tras nuestra hipotética repentina extinción (reconmendable echarle un vistazo al capítulo sobre el futuro de las centrales nucleares). Y si quieren más dramatismo, les recomiendo leer o escuchar a Mariano Marzo (Catedrático de Estratigrafía y profesor de recursos energéticos en la Universidad de Barcelona) hablando sobre las previsiones de la llegada del cénit de la producción mundial de petróleo. Ahí queda eso.

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

Sobre este blog

"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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