En el número de enero de 2012 de Investigación y Ciencia se hacía referencia a dos diminutos representantes del grupo de los tiranosaurios que replanteaban muchas cuestiones sobre su origen (A). Es curioso observar el grado de conocimiento y detalle que tenemos sobre los tiranosauroideos. Ahora todo parece evidente, pero hay un largo trabajo detrás. El artículo de revisión que Stephen L. Brusatte y colaboradores publicaron en Science en 2010 (1) nos enseñó todo lo que se sabía hasta hace un par de años sobre esta superfamilia. Por ejemplo, que surgió en el Jurásico medio, pero sus representantes fueron constantemente pequeños hasta finales del Cretácico; que los grandes tiranosaurios no podían correr muy rápidamente pero sí que podían ejercer grandes fuerzas en su mordisco; que contaban con capacidades sensoriales muy agudas; o también, que normalmente incrementaban su tamaño con tasas de crecimiento aceleradas a partir de una cierta edad. Gracias a esto, por ejemplo, se calcula que el esqueleto de “Jane” (un juvenil de T. rex de unos 700 Kg aproximadamente) pertenece a un ejemplar de unos 11 años de edad.

 

En la fotografía, el bloggero tomándose una cerveza con la réplica de “Jane” en el Carnegie Museum of Natural History de Pittsburgh durante el 70th Annual Meeting of the Society of Vertebrate Paleontology (Foto: Josep Aurell)

 

Los tiranosáuridos son embajadores mundiales del clado dinosauriano gracias a su representante más mediático, el archiconocido Tyrannosaurus rex. A este dinosaurio terópodo no le hace falta presentación: es objeto de admiración y respeto desde hace mucho, algo acrecentado desde que Steven Spielberg llevó a la gran pantalla la adaptación de la obra literaria “El Mundo Perdido” de Michael Crichton. En esta película (y en alguna de sus secuelas) representó el papel de un despiadado cazador. Pero desde incluso antes del estreno de Jurassic Park, la prensa paleontológica se debate entre mantener el estatus de implacable depredador activo o rebajar al T. rex al nivel de mero carroñero oportunista, cual buitre leonado. Este debate se remonta a varias décadas atrás, y ha sido analizado desde muy distintos puntos de vista. Recientemente están apareciendo muchos trabajos de síntesis que ayudan a comprender qué puede ser considerado como evidencia de carroñeo y qué de depredación.

 

No soy especialista en paleobiología de dinosaurios, pero me resulta fascinante (y a veces inspirador) analizar los métodos que utilizan mis colegas de profesión para inferir los hábitos alimenticios de nuestra extinta estrella mediática. Algunos trabajos son más bien especulativos, con escasa evidencia física, pero otros son dignos de admiración por el ingenio o lo novedoso de su ejecución. Ejemplo del primer tipo (bajo mi punto de vista) es el artículo de Farlow (2), que se decantó por la imagen del T. rex carroñero basándose en la altura de este dinosaurio. Se argumentó que en un lugar con vegetación baja, ser “alto” le permitiría una mejor visualización a mayor distancia de las carcasas esparcidas que a otros posibles competidores de menor envergadura. Este trabajo cojea ya de base, al asumir una postura “canguroide” para T. rex que la biomecánica actual descarta como habitual para este dinosaurio. En otra línea y con métodos más elaborados, Erickson y colaboradores (3) estimaron que la fuerza del mordisco de T. rex oscilaba entre 6410 y 13400 N. Este dato le otorgaba la capacidad para infligir daño mortal a sus presas en un hipotético forcejeo, dando fuerza a la visión de un depredador activo. Independientes a estos dos, estudios tafonómicos de fósiles de dinosaurios contemporáneos a T. rex, tales como Triceratops o Edmontosaurus,  han evidenciado marcas de sus dientes sobre los huesos de estos fitófagos. Longrich y colaboradores (4) hallaron, incluso, marcas en  huesos de varios esqueletos de T. rex que no podían corresponder a otra cosa que a los dientes de un gran terópodo carnívoro. Tratándose de finales del Maastrichtiense (hace algo más de 65 millones de años) de Norteamérica, sólo podían pertenecer a otro individuo de su misma especie. Esto, consecuentemente, evidenciaba un cierto grado de canibalismo en Tyrannosaurus. Un repaso mucho más exhaustivo de esta cuestión fue debidamente expuesta por Holtz (6) en el año 2008.
 

Hace cosa de un año David Hone y Mahito Watabee (7) publicaron en la revista Acta Palaeontologica Polonica un estudio evidenciando un comportamiento de carroñeo selectivo de Tarbosaurus. Tarbosaurus es el primo-hermano asiático de Tyrannosaurus, también incluido en la familia y de tamaño similar. Quiero describir por encima el método utilizado porque me parece un bonito ejemplo de paleontología descriptiva detallada y analizada críticamente. Insisto en que no soy especialista en el tema, y por eso desconozco la precisión de las observaciones o lo exhaustivo del análisis. En cualquier caso, me parece en general un trabajo bien estructurado, el razonamiento del cual podemos seguir (a grandes rasgos) los profanos en la materia. Aquí el método deductivo demuestra que “los fósiles hablan”, pero hace falta entender su idioma.

 

El estudio en cuestión se centra en los huesos fósiles de un cadáver de Saurolophus, un género de hadrosaurio contemporáneo a Tarbosaurus. Al parecer, el esqueleto de este individuo se halló prácticamente completo y en conexión anatómica en el Desierto del Gobi. El análisis pormenorizado indica, no obstante, que sólo el húmero de este Saurolophus muestra marcas de dientes. Se diferencian tres tipos de marcas distintas. El primero son las “punciones”, simples incisiones hechas con los afilados dientes que perforan la superficie del hueso, pero donde no se aprecia movimiento. Si la incisión es lo suficientemente profunda, se puede llegar a provocar la fractura del hueso. En segundo lugar están los “mordiscos con arrastre”, producto de dientes en movimiento que profundizan en la superficie ósea, dejando canales paralelos. Finalmente están los “arañazos”, que indicarían una fuerza mínima ejercida por la superficie dental, ya que los dientes no llegan a clavarse del todo. Mordiscos con arrastre y arañazos forman parte de un espectro continuo que indica cambios en la fuerza de los dientes.

 

El estudio detalla además que la repartición de estas marcas no es uniforme ni aleatoria en todo el húmero, sino que sigue unos patrones. El extremo proximal (articulación con cintura escapular) muestra evidencias de descamación. Esto probablemente significa que existió una acción continuada de los dientes (similar al roer) en esta zona. En este extremo la superficie no está completa, y lo que se preserva tiene surcos del arrastre de los dientes. Yo personalmente recreo a nivel mental esta acción como lo que hace un perro con el extremo de un hueso cuando lo tiene sujeto con sus extremidades delanteras (teniendo en cuenta, eso sí, que estos enormes tiranosaurios contaban con extremidades delanteras reducidas, casi atrofiadas, con las que no podían sujetar nada). Por otro lado, la cresta deltopectoral del húmero (zona de anclaje muscular), muestra largos arañazos y mordiscos con arrastre. Se organizan por conjuntos, algunos de ellos dispuestos perpendicularmente a otros (es decir, diferentes momentos de arrastre; diferentes intentos del depredador de morder el hueso). Finalmente, el extremo distal del hueso (lugar de articulación con el “antebrazo”), presenta evidencias de punciones y profundas marcas de mordisco con arrastre parecidas a las del extremo proximal y un par de series dentales profundas que indican una acción de fuerte mordisco.

 

Este fósil, bien analizado, permite responder tres preguntas básicas: 1- ¿Quién es el causante de las marcas dentales?; 2- ¿Qué acción indica el conjunto de marcas halladas en este húmero?; 3- ¿Qué se puede intuir a nivel general sobre el comportamiento del causante de estas marcas?

 

Comencemos por el causante. Existen diferentes razones para identificar a Tarbosaurus como el responsable de estas marcas. En primer lugar, cabe especificar que el mismo nivel fosilífero donde se encontró el esqueleto de Saurolophus se halló un esqueleto de Tarbosaurus. Lejos de evidenciar una interacción entre ambos individuos, esto indica que ambas especies fueron contemporáneas. El otro posible candidato, aparte de Tarbosaurus, es Alioramus, otro tiranosáurido de menor tamaño que coleteaba por esos lares en el período de deposición. Sin embargo, su conjunto dental era incapaz de infligir tales daños a los huesos de Saurolophus en vista de la estructura muscular inferida para su aparato mordedor. De hecho, las marcas de dientes se corresponden casi a la perfección con la forma de los de Tyrannosaurus (recordemos, pariente muy cercano de Tarbosaurus), indicando que el responsable fue un tiranosáurido de gran tamaño. Por lo tanto, Tarbosaurus es indiscutiblemente el mejor candidato.

 

¿Qué acción indica el conjunto de marcas? Bien, el esqueleto de Saurolophus se encuentra casi totalmente articulado, sólo faltando algunas partes de la columna vertebral y las extremidades anteriores, las posteriores desplazadas y la cola doblada. El húmero izquierdo que contiene las marcas está bastante cerca de la posición anatómica que le correspondería. Todo apunta a que no hubo mucho transporte antes de que quedara enterrado el esqueleto, y a que hubo una acción de carroñeo posterior. No hay evidencia de caza, puesto que no se ven las heridas características que dejarían una acción de depredación pura y la consiguiente resistencia por parte de la presa. Además, si así fuera uno esperaría que el depredador hubiese infligido daños en primer lugar en las extremidades traseras (y no las delanteras), que como bien demuestran los jamones de nuestros cerdos, cuentan con una mayor proporción de carne. Este es el patrón observado entre los grandes carnívoros africanos actuales. Se deduce entonces que el animal debió morir por otra causa, y quedó parcialmente enterrado con un brazo expuesto al exterior. Las marcas dejadas por los dientes indican que fue el carroñero quien separó el húmero de su lugar original. Cabe especificar que únicamente en algunas partes del húmero, las zonas de punción más profundas corresponderían a mordiscos conjugando las partes superior e inferior del aparato masticatorio. En la mayor parte de las marcas de arrastre, el espaciado de éstas indica que Tarbosaurus utilizó los dientes superiores del premaxilar (que vendrían a estar en la posición equivalente de la de nuestros incisivos superiores) para “roer” la carnaza adherida al húmero. Sólo ocasionalmente pudo haber llegado a tener parte de este hueso sustento por la boca.

 

Gracias a todo esto llegamos al tercer punto, perfilando una habilidad desconocida.  ¿Qué se puede intuir a nivel general sobre el comportamiento del causante de estas marcas? Pues esto es evidencia de la capacidad de los tiranosaurios para descarnar despojos, algo que va en contra de la idea previa de un animal que sólo era capaz de engullir grandes masas de carne y hueso indiscriminadamente para luego excretar los fragmentos óseos no digeridos.

 

¿Hacia dónde me dirijo finalmente con todo esto? Pues quiero decir que este estudio llevado a cabo por David W.E. Hone y Mahito Watabe, aunque ciertamente simplificado en este comentario, ha requerido de un profundo estudio descriptivo y un largo análisis posterior para llegar a conocer simplemente un pequeño detalle sobre la habilidad de un organismo extinto. Un matiz más, entre tantos datos como vamos conociendo sobre los tiranosaurios, que denota de nuevo la semejanza que existe entre paleontólogos e investigadores policiales que examinan la escena de un crimen para reconstruir lo sucedido.

 

Investigación y Ciencia

 

(A) “Tiranosaurios Diminutos”. Investigación y Ciencia, enero de 2012, pp. 14-16.

 

Referencias

 

(1) Brusatte, S.L., Norell, M.A., Carr, T.D., Erickson, G.M., Hutchinson, J.R., Balanoff, A.M., Bever, G.S., Choiniere, J.N., Makovicky, P.J. & Xu, X. 2010. Tyrannosaur Paleobiology: New Research on Ancient Exemplar Organisms. Nature, 329: 1481-1485.

(2) Farlow, J.O. 1994. Speculations about the carrion-locating ability of Tyrannosaurs. Historical Biology, 7: 159-165.

(3) Erickson, G.M., Van Kirk, S.D., Su, J., Levenston, M.E., Caler, W.E. 1996. Bite-force estimation for Tyrannosaurus rex from tooth-marked bones. Nature, 382: 706–708. doi:10.1038/382706a0.

(4) Longrich, N. R., Horner, J. R., Erickson, G. M. & Currie, P. J. 2010. Cannibalism in Tyrannosaurus rex.PLoS One, 5(10): e13419. doi:10.1371/journal.pone.0013419

(5) Erickson, G.M. & Olson, K.H. 1996: Bite marks attributable to Tyrannosaurus rex: preliminary description and implications. Journal of Vertebrate Paleontology 16: 175-178.

(6) Holtz, T.R. Jr. 2008. A critical reappraisal of the obligate scavenging hypothesis for Tyrannosaurus rex and other tyrant dinosaurs. In: P. Larson and K. Carpenter (eds.), Tyrannosaurus rex the Tyrant King, 371–396. Indiana University Press, Bloomington.

(7) Hone, D.W.E.  & Watabe, M. 2010. New information on scavenging and selective feeding behaviour of tyrannosaurids. Acta Palaeontologica Polonica 55(4): 627-634.

 

 

Marc Furió Bruno
Marc Furió Bruno

Investigador del Institut Català de Paleontologia (Universitat Autònoma de Barcelona)

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"El pasado es el mejor profeta del futuro". Lord Byron.

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