Antártida fácil

26/02/2016 0 comentarios
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Tras leer "Atrapados en el hielo" y "La conquista de los tres polos", uno llega a la Antártida imbuido de espíritu aventurero, dispuesto a ganarse el título de explorador antártico. Bastan unas semanas de campaña para que se imponga la realidad y el ego se deshinche. Todo es mucho más sencillo de lo que parece.

   Fildes

    Poste de señalización frente a la base rusa Bellingshausen y crucero turístico en bahía Fildes (Isla del Rey Jorge, Shetland del Sur). [Foto: Luis Cardona]

     Llevo desde el 3 de febrero a bordo del buque de investigación oceanográfica Hespérides y en este tiempo hemos muestreando varias localidades en las Shetland del Sur y a lo largo de la península Antártica, hasta la latitud 67⁰ 34' S. Un barco cómodo, toda el agua caliente y la comida que se quiera, ropa limpia y planchada una vez por semana, un mar más plácido que bravo, una temperatura más que razonable y los mismos riegos personales que en cualquier otra campaña oceanográfica: subir y bajar a la neumática por una escala de cuerda, grúas y chigres en cubierta, superficies resbaladizas, escaleras empinadas...

     Sí, el agua está fría (0,5-2 ⁰C), el tiempo puede cambiar en unos pocos minutos, la niebla y el hielo complican en ocasiones la navegación y el viento obliga con frecuencia a aplazar las operaciones. Además, los fondos están mal cartografiados y los icebergs dejan caer piedras en cualquier parte, por culpa de las cuales nos hemos pasado horas y horas reparando la red de arrastre. También nos hemos cansado de cargar en la neumática, una y otra vez, la tienda de campaña, los sacos de dormir, el fogón y la comida para dos días que hay que llevar cada vez que desembarcas en el intermareal, por si luego no te pudieran venir a buscar.

     Todo es aquí más complejo de lo habitual, pero la tecnología y la logística permiten superar las dificultades con una facilidad pasmosa, al menos durante el verano antártico y en la península Antártica. Quizá sea distinto en el mar de Weddell o en McMurdo. No puedo opinar. Aquí los submarinistas salen sonrientes de sus inmersiones gracias a sus trajes secos, el goretex y la ropa térmica hacen llevadero el trabajo en cubierta, el radar permite a los oficiales del puente estar tranquilos al navegar de noche entre icebergs, todos podemos llamar por teléfono a casa con frecuencia y el personal de cocina logra que, tres semanas después de abandonar Punta Arenas, aún haya ensalada y fruta fresca en el almuerzo y la cena.

     La experiencia y la profesionalidad del personal hacen el resto. A bordo hay gente con muchas campañas antárticas y muchos años embarcada, tanto entre la dotación como entre los técnicos. Son ellos, los miembros de la Unidad de Tecnología Marina del CSIC y de la dotación de la Armada a bordo del Hespérides, quienes logran que casi todo funcione correctamente. Nosotros damos sentido a la misión, decimos a dónde hay que ir y qué hacer una vez allí, pero son ellos quienes nos llevan.

     Por si fuera poco, la península Antártica está más humanizada de lo que parece. Hay bases científicas por todas partes. En especial argentinas y chilenas, enredadas en una competición de reclamaciones territoriales alentadas por sendos nacionalismos difíciles de comprender. La mayoría de las bases son estacionales, pero otras permanecen abiertas todo el año, como la británica de Rothera, ya en el círculo polar antártico. En Esperanza hay incluso escuela, pues los militares llevan a sus familias por períodos de 12 a 18 meses. Bahía Fildes, en Isla Rey Jorge, roza el despropósito, con bases uruguayas, rusas, chilenas y chinas una al lado de la otra, e incluso dos iglesias, una católica y otra ortodoxa rusa.

     En la isla existen, además de otras bases, un aeropuerto y un hotel. Los turistas deseosos de evitar la travesía por el estrecho de Drake pagan varios miles de euros por un vuelo de ida y vuelta desde Punta Arenas, para embarcar en Rey Jorge en un crucero antártico. Algunos ni si quiera eso. Simplemente, pasan la noche en el hotel y regresan al día siguiente, para jactarse luego ante su familia y amigos de haber pasado una noche en la Antártida. Al menos, los turistas que bajan hasta Petermann pueden ver ballenas jorobadas, focas cangrejeras, pingüinos papúa, glaciares imponentes y grandes icebergs. Pero pasar una noche en Rey Jorge y luego alardear de aventurero antártico roza el absurdo.

     Tampoco nosotros lo somos. A pesar de la imagen creada por la literatura y el cine, nuestro trabajo no consiste en desafiar a los elementos ni intentar el más difícil todavía. Consiste en diseñar buenos experimentos capaces de aportar algo al avance de la biología marina. Y para ello necesitamos una certeza razonable de poder llegar a los lugares de muestreo y trabajar en unas condiciones aceptables. Así que cuanto más lejos queden los imprevistos y las heroicidades, mejor. Porque si nuestros experimentos estuvieran mal diseñados o no pudieran ejecutarse, esto no sería más que un largo y espectacular crucero a cargo de los impuestos de nuestros conciudadanos. Cuando analice las muestras recolectadas sabré si el viaje estaba justificado. Y si vuelvo a la Antártida como investigador, no será por el paisaje, soberbio, ni por la fauna, espectacular, sino porque todavía queden preguntas cuyas respuestas valga la pena buscar.

Bibliografía

Alexander, C. 2004. Atrapados en el hielo. Geoplaneta.

Sebastían, A. 2000. La conquista de los tres polos. Ediciones Temas de Hoy.