Grupos funcionales, la importancia de la historia natural para su definición

31/12/2014 0 comentarios
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Los grupos funcionales constituyen una herramienta útil a la hora de simular la dinámica de los ecosistemas. Sin embargo, su identificación sólo es posible si se dispone de una sólida base naturalística, pues la taxonomía y la morfologia pueden no ser guías adecuadas.

Blanquizal

 

La teoría ecológica clásica asumía que cada una de las especies de un ecosistema ocupaba un nicho ecológico propicio, diferente al de cualquier otra, gracias a la acción del mecanismo conocido como exclusión competitiva. Por lo tanto, para comprender el funcionamiento del ecosistema era necesario conocer el nicho de cada especie. Con el tiempo, se ha descubierto un panorama más complejo, con un solapamiento ecológico muy superior al previsto por la teoría ecológica clásica. El reconocimiento de la redundancia ecológica llevó a la definición, hace ya un tiempo, del concepto de grupo funcional, entendido como un conjunto de especies con un papel ecológico similar.

La búsqueda e identificación de grupos funcionales se ha popularizado notablemente de la mano de la modelización ecológica y del triunfo de los enfoques centrados en la conservación de los servicios ecosistémicos. Aparentemente, ya no resulta necesario conocer con detalle cada una de las especies presentes en un ecosistema, ni su biología, para intentar predecir las respuesta de la productividad, los flujos de nutrientes o la estabilidad de los ecosistemas ante diferentes situaciones, incluidos sistemas de gestión alternativos. Basta simular el comportamiento de los diferentes grupos funcionales y de un puñado de especies clave para obtener la respuesta. Nada que objetar desde una perspectiva filosófica, pues la ciencia aspira a comprender el mundo mediante la identificaciones de mecanismos y procesos generales, más allá de los detalles particulares de cada caso. Además, cierta pérdida de información resulta imprescindible para poder abordada de forma analítica sistemas complejos. Ahora bien, debemos andarnos con cuidado a la hora de definir los grupos funcionales.

Aparentemente, los herbívoros constituyen un grupo funcional obvio, fácil de reconocer e identificar. Sin embargo, incluyen especies tan dispares en tamaño y forma de alimentación como los pulgones y los elefantes en tierra y los copépodos y los dugongos en el mar. Parece necesario, pues, algo más de precisión si aspiramos a definir grupos de herbívoros con un significado real, más allá de dibujar una simple pirámide de biomasa, al estilo clásico de Elton. La taxonomía y la similitud morfológica suelen emplearse para identificar los grupos funcionales y así en el infralitoral rocosos del Mediterráneo oriental podríamos dividir a los herbívoros aparentemente en variosgrupos: erizos de mar, tortugas marinas, teleósteos herbívoros, moluscos suspensívoros, moluscos ramoneadores y pequeños crustáceos. Ahora bien, por lógica que dicha división pueda parecer, resulta errónea.

Para empezar, los dos erizos de mar difieren notablemente en su dieta, siendo Paracentrotus lividus herbívoro y Arbacia lixula omnívoro. Además, la salema (Sarpa salpa) puede consumir cualquier tipo de macrófito, mientras los peces conejo (Siganus luridus y Siganus rivulatus) y la vieja colorada (Sparisoma cretense) sólo se alimentan de macroalgas. Finalmente, la tortuga verde (Chelonia mydas) tiene una dieta mixta basada en la fanerógama conocida como seba (Cymodocea nodosa) y en zooplancton gelatinoso, sin análogo entre las otras especies del Mediterráneo oriental. Todo esto lo sabemos gracias a tediosos estudios de dieta basados en el análisis de contenidos estomacales y el uso de marcadores intrínsecos como los isótopos estables y no se deriva inmediatamente ni de la taxonomía ni de la anatomía.

Pero las diferencias van más allá. Las dos especies de pez conejo son migrantes lessepsianos procedentes del mar Rojo. Llegaron al Mediterráneo oriental hace varias décadas, pero sólo recientemente se ha documentado su impacto sobre los bosques de algas infralitorales. Allí donde los peces conejo abundan, dichas comunidades son reemplazadas por fondos de roca recubiertos de algas incrustantes, los llamados blanquizales. El resultado es una notable simplificación de la estructura tridimensional del ecosistema  y una reducción de su valor como hábitat para el asentamiento de juveniles de otras especies de peces. Curiosamente,  ni la salema ni la vieja colorada son capaces de crear blanquizales. En cambio, las proliferaciones de erizos de mar sí pueden hacerlo. ¿Por qué? Los peces conejo consume tanto las macroalgas adultas como el tapiz vegetal que recubre la roca, en el cual se encuentran  los juveniles de las macroalgas. En cambio, la salema se dedica a mordisquear las puntas de plantas adultas. En cuanto a los erizos, sus dientes calcáreos roen cualquier planta, grande o pequeña, que crezca sobre la roca y no posea defensas químicas o físicas (carbonato de calcio).

La conclusión de todo lo anterior es simple, e inesperada. Desde el punto de vista funcional, los peces conejo tienen un papel muy similar al de los erizos, pues su ramoneo es capaz de transformar los bosques de algas, con una compleja estructura tridimensional, en blanquizales, mucho más simples. ¿Significa esto que debamos crear un grupo funcional de erizos y peces conejo para el análisis de los ecosistemas infralitorales del Mediterráneo oriental? Seguramente no, porque los erizos y peces conejos difieren en sus vulnerabilidad ante los depredadores y en consecuencia, cabe esperar que sus poblaciones respondan de forma diferente a los cambios en la abundancia de sargos (Diplodus spp.) y de peces ictiófagos respectivamente. Además, es posible que también difieran en sus requerimientos  durante la fase de vida larvaria.

¿Con qué nos quedamos entonces? Pues con muy poco, porque a partir de lo que sabemos está claro que los peces conejo, la tortuga verde, la salema y cada una de las dos especies de erizos resulta suficientemente diferente como para no agruparla, de forma general, con el resto. En cuanto a la vieja colorada, no tenemos detalles sobre su comportamiento en el Mediterráneo, aunque especies emparentadas de otros mares sí pueden ejercer una fuerte presión sobre las macroalgas. Y es posible que, miradas con detalle, incluso las dos especies de pez conejo se comporten de forma distinta.

¿Significa todo esto que los grupos funcionales no existen o que su identificación resulta inútil? En absoluto. La redundancia ecológica es un hecho y recurrir a los grupos funcionales resulta útil y necesario en muchos contextos. Ahora bien, la identificación de los grupos funcionales debe estar basada en un buen conocimiento de la historia natural de cada uno de sus componentes. No podemos crear grupos funcionales basándonos en la ignorancia y agrupar, por ejemplo, todos los peces herbívoros en un grupo,  todos los peces mesopelágicos en otro y todos los cangrejos en un tercero, simplemente porque carecemos del tiempo y los conocimientos necesarios para dotarlos de sentido ecológico. Vivimos momentos de mengua de recursos financieros, con una competencia despiadada por los recursos y una  urgencia asfixiante por publicar artículos, cuanto más globales mejor. Los trabajos de historia natural requieren un enorme esfuerzo de campo y de la laboratorios y a menudo sólo interesan a quienes trabajan con ese organismo en concreto. Pero siguen siendo esenciales, porque sólo gracias a ello podemos ir más allá y comprender la dinámica de los ecosistemas.

 

Bibliografía

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