La ruta del cachiyuyo

16/11/2015 1 comentario
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Existe una notable continuidad biológica entre las costas del Pacífico y las del Océano Austral, desde Japón hasta Nueva Zelanda. Las zonas de afloramientos del Pacífico oriental han desempeñado un papel esencial en la dispersión de muchas especies y pudieron haber facilitado, incluso, la colonización humana de América. 

Restos de algas del género <em>Macrocystis</em> varadas en las costas del sur de Australia [Foto: Luis Cardona]. 

Las costas de las regiones frías de casi todo el mundo se caracterizan por la presencia de tres grupos de especies aparentemente no relacionadas entre sí: lobos marinos, macroalgas gigantes del género Macrocystis, y sardinas del género Sardinops. Estas últimas faltan en ciertos lugares, como la Patagonia argentina, Nueva Zelanda y las islas subantárticas. Tampoco existen algas del género Macrocystis, llamadas cachiyuyos, en el norte de Japón y Siberia. Pero desde la isla de Hokkaido hasta Nueva Zelanda existe una continuidad biogeográfica que pasa por Alaska, el oeste de Canadá y de los Estados Unidos, la Baja California y el mar de Cortés, Perú y Chile, Nambia y Sudáfrica, el sur de Australia y Tamania y se extiende hasta islas subantárticas como Malvinas, Crozet o Kerguelen. ¿Cómo es posible que lugares tan alejados geográficamente compartan estas especies y en cambio ninguna de ellas exista en las costas del Atlántico norte?

El motivo es histórico y geográfico. Tanto los antepasados de los lobos marinos como los del cachiyuyo y de las sardinas del género Sardinops evolucionaron en el Pacífico norte. De allí se extendieron hacia el hemisferio sur a lo largo de las frías y productivas zonas de afloramiento del margen occidental del continente americano. Durante este viaje tuvieron que atravesar la región tropical del Pacífico americano, relativamente estrecha durante los períodos glaciales, algo que en el caso de los lobos marinos sucedió en al menos tres ocasiones diferentes. Una vez en Tierra del Fuego, la Corriente Circumpolar Antártica les permitió dispersarse a través del Océano Austral, alcanzando así las islas subantárticas, el extremo meridional de África, Australia y Nueva Zelanda. Sin embargo, ninguna de estas especies fue capaz de viajar hacia el norte a través del Atlántico tropical, pues es mucho más amplio que la franja tropical del Pacífico oriental. Tampoco fueron capaces de cruzar el Ártico, al no ser especies realmente polares, lo que explica su ausencia en el Atlántico norte.

Pero el corredor costero del Pacífico también pudo haber cumplido una función en la colonización humana de América desde Asia. Hasta hace una década, los arqueólogos asumían que la colonización se había producido a pie, a través de la región del estrecho de Bering, hace unos 14.000 años. De ser cierta dicha hipótesis, la presencia humana en el extremo meridional de Sudamérica debía ser mucho más tardía. Los yacimientos costeros de Perú, datados en unos 11.000 años de antigüedad, casarían con esta hipótesis y sugerirían que los humanos habrían desarrollado economías marítimas de forma independiente en varios lugares de América. Sin embargo, el asentamiento humano de la localidad chilena de Monte Verde tendría entre 14.000 y 14.500 años de antigüedad y sería, por lo tanto, contemporáneo a la llegada de cazadores-recolectores a Norteamérica a través de Beringia. ¿Cómo pudo aquella gente haber llegado hasta allí en una fecha tan temprana?

En realidad, América podría haber sido colonizada por, al menos, dos grupos humanos diferentes. Uno lo habría hecho hace unos 14.000 años, a pie, siguiendo las manadas de grandes herbívoros que vagaban por el corredor libre de hielo que apareció en el interior del continente un vez que el casquete canadiense empezó a fundirse. El otro habría iniciado la colonización de América unos dos mil años antes y lo habría hecho a lo largo de la costa, desplazándose en embarcaciones similares a las utilizadas por los aleutianos hasta hace 200 años y cazando, al igual que ellos, lobos marinos mediante arpones de hueso. La continuidad ecológica representada por los bosques de cachiyuyos, y sus abundantes recursos tróficos, en forma no sólo de mamíferos marinos, sino también de peces, aves y moluscos, habría facilitado la dispersión de este grupos humano hacia el sur, dando lugar a la llamada kelp highway o "ruta del cachiyuyo". Ciertamente, dicha continuidad se perdía en Centroamérica, pero los estuarios de la región ofrecerían una buena alternativa para esos grupos de canoeros paleolíticos.

De ser cierta, la hipótesis de la "ruta del cachiyuyo" no sólo explicaría la temprana presencia humana en Monte Verde. Además, sugeriría una continuidad cultural aquellos canoeros paleolíticos y los grupos de cazadores-recolectores fuertemente dependientes de las poblaciones de lobos marinos que hasta hace 200 años existían todavía en las Aleutianas, Oregón, los canales chilenos y Tierra del Fuego. El problema es la falta de pruebas arqueológicas de una dispersión temprana por la costa del Pacífico americano, pues el yacimiento costero más antiguo conocido en el Pacífico norte se halla en las Islas del Canal (California) y tiene unos 12.000 años. Aunque demuestra que en aquella época existían gentes capaces de cruzar brazos de mar, y por tanto dotadas de embarcaciones, es posterior a Monte Verde. De todos modos, es posible que la mayor parte de los yacimientos arqueológicos que pudieran documentar dicha expansión simplemente estén bajo el agua, pues en aquella época el nivel del mar era muy inferior al actual; por lo tanto, la mayor parte de los yacimientos de la época seguramente se inundaron durante la transgresión marina del Holoceno y permanecen, aún, bajo el agua.


Bibliografía

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