No dar de comer a las palomas... ni a los tiburones, las tortugas u otras bestias salvajes

12/12/2017 0 comentarios
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Cada vez se popularizan más actividades turísticas basadas en la atracción de fauna salvaje mediante cebos. Más allá de los posibles efectos sobre la alimentación y la salud de las especies implicadas, estas prácticas llevan a preguntarnos qué esperamos realmente de nuestra interacción con los animales salvajes.

Cartel indicando cómo comportarse en presencia de una tortuga marina en las islas Hawái; entre las recomendaciones, se encuentra no ofrecerle alimento. [Foto: Luis Cardona]

El comportamiento animal está determinado en gran medida por el conflicto entre el hambre y el miedo. Todos los animales necesitan comer, pero para ello primero han de seguir vivos, así que las decisiones sobre qué comer y cuándo hacerlo dependen tanto de la disponibilidad de alimento como de la intensidad del hambre y del riesgo de ser depredado. Por ello, ofrecer comida es una forma eficaz de atraer a la fauna salvaje, siempre que ésta se sienta segura al hacerlo. Ahí reside el truco de todos los sistemas de captura con cebo, estén destinados a capturar pajarillos, tigres o cangrejos.

De poner una trampa para capturar animales a ofrecerles alimento sólo para poder verlos de cerca existe una distancia muy corta. Para recorrerla sólo hace falta priorizar la observación sobre la captura. Resulta difícil saber cuándo alguien empezó a ofrecer migas de pan o cañamones a las palomas del parque para atraerlas, aunque ahora se trate de una práctica prohibida en muchas ciudades. En cambio, el incremento de popularidad tras la Segunda Guerra Mundial de los comederos de jardín cebados de semillas y frutos secos está bien documentado en los países anglosajones. También está claro que triturar erizos de mar para atraer a las julias (Coris julis) se popularizó en el Mediterráneo durante la década de 1980, de la mano del buceo deportivo con botellas. Paralelamente, el uso de cebos se convirtió en una herramienta básica para filmar tiburones y, luego, para garantizar su observación por parte de los turistas. Últimamente se están popularizando los sistemas de seguimiento de poblaciones de peces marinos basados en la atracción mediante cebos y su filmación. Y el deseo de aproximarse e interactuar con la megafauna marina ha llevado incluso a alimentar a los tiburones ballena (Rhincodon typus) y a las tortugas verdes (Chelonia mydas) en diferentes partes del mundo.

Todas estas prácticas parecen anecdóticas, pero algunas tienen efectos relevantes sobre la biología de las especies implicadas. La disponibilidad de alimento suplementario determina en gran medida la estructura de las comunidades de aves de los suburbios del Reino Unido, al tiempo que afecta al éxito reproductivo, la razón de sexos y el comportamiento de las aves urbanas en los Estados Unidos. Es más, el incremento de la disponibilidad invernal de alimento en el Reino Unido podría incluso haber favorecido la invernada de la curruca capirotada (Sylvia atricapilla), antiguamente una especie exclusivamente estival en aquella región.

Los efectos sobre las especies marinas parecen más variables. El uso de cebos no parece tener ningún efecto sobre muchas especies de tiburones, pero en las Filipinas esta práctica ha modificado los patrones migratorios del tiburón ballena (Rhincodon typus); mientras ciertos ejemplares han pasado a residir todo el año en la misma zona, otros aparecen de forma errática, sin ninguna periodicidad. Los cebos empleados por las empresas turísticas para atraer a las pastinacas americanas (Dasyatis americana) en las islas Cayman constituyen una parte importante del alimento total consumido por los ejemplares observados por los turistas. Y la oferta de pescado y cefalópodos a las tortugas verdes (Chelonia mydas) por parte de los submarinistas en las islas Canarias retrasa la adopción de la dieta herbívora típica de los inmaduros y los adultos de esta especie y eleva los niveles de triglicéridos y urea en sangre. También provoca en una mayor exposición a ciertos contaminantes, cuyos niveles son más elevados en el pescado que en las plantas marinas, y facilita las colisiones de las tortugas con embarcaciones y su captura con anzuelo, pues acostumbra a las tortugas tanto a la presencia de las primeras como al consumo de cebos. Por todo ello, ofrecer alimento a las tortugas marinas está terminantemente prohibido en las islas Hawái, pero no así en las islas Canarias y otras regiones turísticas, donde se trata de una práctica en aumento.

Realmente, ninguna de estas prácticas asociadas al turismo resulta tan importante como los descartes pesqueros, que han modificado de forma radical el comportamiento y la dieta de numerosas especies de aves marinas. Ofrecer alimento para facilitar su observación afecta sólo a unos pocos ejemplares de cada especie y localidad, sin efectos demográficos relevantes, por el momento. En cambio, los descartes pesqueros afectan a poblaciones enteras y determinan en gran medida parámetros como el éxito reproductivo. Sin embargo, el problema de fondo es otro. ¿Hasta qué punto un animal habituado a comer de nuestras manos continúa siendo un animal salvaje? Por definición, la fauna salvaje vive con independencia de la humanidad, pero si pasamos a ser su principal proveedor de alimento, ¿deja de ser realmente salvaje? ¿Qué deseamos ver cuando miramos a un animal salvaje, una muestra de la naturaleza indómita o un ejemplo de nuestra capacidad para controlar el mundo?

Bibliografía

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