Piezas de museo

16/02/2015 0 comentarios
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Los museos de Historia Natural han pugnado históricamente por conseguir ejemplares completos y en buen estado de conservación. Esto tenía sentido cuando los zoólogos sólo podían emplear el análisis morfológico en sus estudios. Hoy disponemos de otras técnicas capaces de proporcionar una gran cantidad de información a partir de un pequeño fragmento de tejido. Los bancos de tejidos se convierten así en la extensión lógica de los museos y el tipo de especímenes a recolectar cambia.

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Los primeros museos de Historia Natural se concibieron, hace casi trescientos años, como espacios donde mostrar la diversidad de la vida a los asombrados habitantes de los países occidentales, a mayor gloria del Creador. Luego, los grandes museos públicos incorporaron a sus objetivos el estudio científico de dicha diversidad, centrado en la descripción y clasificación de nuevas especies. Para acrecentar sus colecciones, los museos enviaban a sus propios recolectores allí donde sus fondos les permitían, pero también adquirían ejemplares a recolectores independientes. Ese era, precisamente, el oficio de Alfred Wallace, codescubridor de la teoría de la evolución.

Los ejemplares más buscados pertenecían a dos grupos bien diferenciados: especies potencialmente nuevas para la ciencia y especies destacables por su tamaño, color, forma o simbolismo. Los primeros, objeto de estudio por parte del personal científico del museo, solían acabar almacenados en el depósito, lejos del alcance del público general. Los segundos, en cambio, ocupaban un espacio preeminente en las salas de exposición. Porque, bueno, los holotipos de escarabajos, caracoles terrestres y pececillos de río expuestos ordenadamente en vitrinas y anaqueles podían tener un gran interés científico, pero lo que motivaba a la gente eran los leones y los rinocerontes disecados y esqueletos de dinosaurios.

Puestas así las cosas, cada museo aspiraba a atesorar la mayor cantidad de especies posibles, representadas cada una de ellas por especímenes completos y lo más espectaculares posible. Se producían así sesgos difícilmente justificables, como por ejemplo la escasez de hembras en las colecciones de leones marinos de numerosos museos, simplemente porque el mayor tamaño y aparatosidad de los cráneos de los machos los hacía más atractivos.

Algunos museos modernos han ahondado aún más en esta línea y ya ni tan siquiera exhiben animales disecados o sus esqueletos, sino réplicas en resina a tamaño natural, incluyendo dinosaurios animados y cosas similares. Para el gusto moderno, mostrar en público despojos animales resulta anticuado e incómodo. Las pieles y los insectos pierden lustre con el tiempo y deben ser protegidos de los insectos y los hongos. Y los peces y anfibios conservados en formol nunca han resultado muy atractivos. Además, exhibir cadáveres, o sus partes, nos obliga a plantearnos preguntas incómodas. ¿Está justificado cazar un animal para su exhibición? ¿Y para su estudio científico? ¿Es lícito exhibir despojos de animales, aunque hayan perecido de forman natural? ¿Debe permitirse el comercio de especies salvajes?... Las réplicas nos ahorran todas estas preguntas incómodas. Tampoco se apolillan. Y por si fuera poco, permiten la exhibición de ejemplares perfectos, sin la menor alteración con respecto al modelo original. ¡Qué arraigado está aún el concepto tipológico de especie!

Y sin embargo, los animales de verdad, aquellos conservados en las colecciones fuera de la vista del público, son los únicos útiles para la investigación. Más allá del estudio anatómico, aún útil hoy en día, también es posible estudiarlos empleando métodos moleculares, analizando sus relaciones de isótopos estables o determinando los niveles de elementos traza. Y para ello no necesitamos disponer del ejemplar completo. Un diente, el fragmento de hueso, la barba de una ballena o la pata de un abejorro ya bastan, siempre y cuando estén bien etiquetados y conozcamos con exactitud la especie, la zona de origen y el año de recolección. Y lo mismo sucede con los pliegos de herbario.

Ahora bien, un solo ejemplar no nos sirve de mucho; necesitamos colecciones representativas de las poblaciones. Tras descubrirse la evolución biológica, quedó claro que, desde el punto de vista científico, los museos no debían ser Arcas de Noé pobladas sólo por una pareja de cada especie. Era necesario recolectar un gran número de ejemplares de cada especie y población, más allá del holotipo y los preceptivos paratipos. Por ello, al menos en los grandes museos existen colecciones de decenas de ejemplares de insectos, moluscos, peces y reptiles de una misma especie recolectados en un mismo lugar. En algunos casos, existen también buenas colecciones de mamíferos y aves, aunque resulta mucho menos frecuente debido al espacio que ocupan. No son colecciones repetitivas, sino representativas de la variabilidad intraespecífica. Gracias a este tipo de material se han podido estudiar los cambios en la alimentación de la marsopa en el Mar del Norte desde el siglo XIX o reconstruir la colonización de Nueva Zelanda por abejorros de origen británico.

Obviamente, recolectar un gran número de ejemplares de una población podría llega a tener un impacto demográfico relevante sobre la misma, especialmente en el caso de especies escasas. Además, nadie pensaría hoy en salir a cazar delfines o tortugas marinas para alimentar la colección de un museo, como se había hecho hasta no hace tanto. Ahora bien, no es necesario sacrificar a los animales para obtener muestras biológicamente útiles. A menudo, basta con un muestreo no invasivo de piel, sangre o pelo para obtener muestras útiles, que además pueden conservase fácilmente durante décadas. Disecar animales era la única herramienta disponible en el siglo XVIII, pero hoy disponemos de otros recursos.

Por otra parte, en las carreteras y a lo largo de las líneas eléctricas mueren anualmente miles de animales salvajes, desde erizos de tierra hasta corzos y rapaces. Y en las playas aparecen varados periódicamente mamíferos marinos y tortugas. Por extraño que pueda parecer, la recogida sistemática de este tipo de muestras, a primera vista indignas de un museo, ha permitido crear colecciones notables, gracias a las cuales hemos podido estudiar, por ejemplo, diferentes aspectos de la biología de los lobos marinos del Atlántico Sur o de las tortugas marinas del Mediterráneo. La exhibición pública de este material carece por completo de interés, pero su custodia en el banco de tejidos de un museo permite el acceso al mismo de numerosos investigadores, más allá de quienes los recogieron pensando en responder una pregunta concreta.

A menudo, parece que los muesos de Historia Natural olviden su función investigadora, limitándose a la mera exhibición. Sería bueno que la mayoría fueran más proactivos, se adaptaran al presente y dieran un salto hacia la creación de bancos de tejidos.