La ballena franca austral (Eubalaena australis), con una longitud de 17 metros y un peso de 90 toneladas, se alimenta básicamente de copépodos de unos 2 milímetros de longitud. [Foto: Luis Cardona]

Los gigantes mitológicos han sido siempre carnívoros. Ogros, dragones, cíclopes, serpientes marinas, el kraken y otras criaturas peligrosas no solo eran enormes. Además, comían carne, a ser posible, humana. Sin embargo, los mayores animales terrestres reales son, y han sido herbívoros, como mínimo desde el Jurásico: titanosaurios, ceratópsidos, calicoterios, brontoterios, elefantes, rinocerontes y jirafas, se alimentan de plantas, por terrible que pueda parecer su aspecto. Por otra parte, los depredadores terrestres a menudo matan y consumen presas de tamaño similar o incluso superior al suyo propio. Pensemos en una araña capturando un saltamontes con ayuda de su red o un tigre capturando un búfalo. El resultado es que el nivel trófico no aumenta necesariamente con la talla en los ecosistemas terrestres.

La situación es algo más compleja en los ecosistemas marinos. Por una parte, los herbívoros de mar abierto son siempre minúsculos animalillos como los copépodos y las larvas de muchas otras especies. Por otra parte, la inmensa mayoría de los depredadores marinos son mucho mayores que sus presas, pues las ingieren enteras, con excepción de la orca (Orcinus orca), la foca leopardo (Hydrurga leptonyx) y algunos tiburones. En consecuencia, el nivel trófico de los animales marinos sí parece aumentar con su tamaño corporal, desde el microscópico zooplancton herbívoro hasta los gigantes situados en la parte superior de las redes tróficas marinas, como el tiburón blanco (Carcharodon carcharias) o la ya citada orca. Así que en el medio marino las redes tróficas suelen considerarse estructuradas por tamaño, por lo que la biomasa de las especies disminuye dependiendo directamente de su tamaño corporal, con independencia de su identidad taxonómica. 

Esta aproximación funciona bien solo si obviamos la existencia de especies con una longitud superior a los 8 metros de longitud; todos estos gigantes son zooplanctófagos y tienen en realidad niveles tróficos mucho más modestos que los grandes depredadores arriba citados. En el Mediterráneo, por ejemplo, el nivel trófico del rorcual común (Balaenoptera physalus) es similar al de la sardina (Sardina pilchardus) y muy inferior al de especies como el pez espada (Xiphias gladius) o la tintorera (Prionace glauca).

Realmente hay pocas criaturas marinas capaces de superar los 8 metros de longitud: tres especies de tiburones, el cachalote y 13 especies de ballenas. Salvo el cachalote, todas se alimentan por filtración, tanto de zooplancton como de pequeños peces pelágicos. En realidad, los peces constituyen una fracción muy importante en la dieta de ciertas ballenas de pequeña talla, como el rorcual aliblanco (Balaenoptera acutorostrata; 10 metros), la ballena de Bryde (Balaenoptera edeni; 16 metros) y la ballena jorobada (Megaptera novaengliae; 17 metros). En cambio, los peces son irrelevantes en la dieta de la ballena azul (Balaenoptera musculus), el mayor animal que jamás haya poblado la tierra, con 30 metros de longitud. Se da así la paradoja de que el nivel trófico disminuye con la talla incluso entre las ballenas, en lugar de aumentar. La pregunta no puede ser más obvia: ¿por qué animales de talla semejante consumen presas tan pequeñas y por qué cuanto mayores son, menores son sus presas?

Las especies pequeñas no suelen capturar el zooplancton por filtración, sino de forma individual. Solo filtran el agua cuando la densidad de alimento es muy elevada, pues en caso contrario la ganancia no compensa al coste, debido a la elevada viscosidad del agua. En cambio, el enorme tamaño de los gigantes marinos les permite alimentarse siempre por filtración, aprovechando su capacidad para mover descomunales volúmenes de agua con un coste energético relativamente bajo. De todos modos, las tres especies de tiburones  zooplanctófagos y las dos familias de ballenas utilizan métodos diferentes para hacerlo.

Las ballenas francas (Eubalaena glacialis, Eubalaena japonica y Eubalaena australis), la ballena de Groenlandia (Balaena mysticetus), el tiburón ballena (Rhincodon typus) y el tiburón peregrino (Cetorhinus maximus) nadan lentamente con la boca abierta mientras atrapan zooplancton, aunque realmente no filtran el agua. En lugar de ello, crean una corriente en el interior de la cavidad oral que concentra las partículas, retenidas luego por las branquias en los tiburones y las barbas en las ballenas. Por el contrario, los rorcuales (Balaenoptera spp.), la ballena jorobada (Megaptera novaengliae) y el tiburón de boca grande (Megachasma pelagios) filtran de forma discontinua. Cuando detectan un grupo de presas, todos ellos abren la boca casi 90º, lo que provoca la expansión del suelo de la boca. La enorme cavidad oral resultante les permite engullir miles de presas simultáneamente, si bien la resistencia ejercida por el agua es tan grande, que el depredador se ve obligado a detenerse. Entonces, cierra la boca, contrae su base y expulsa el agua a través de las barbas o de las branquias.

¿Y por qué no existen grandes depredadores de talla similar? La respuesta vuelve a ser nuevamente energética: no hay suficiente alimento en el mar para mantener una población viable de depredadores de más de 8 metros de longitud. En cambio, la abundancia de zooplancton es lo suficientemente grande como para permitirlo.
Por lo tanto, solo podemos considerar que las redes tróficas marinas están estructuradas por talla si ignoramos a la verdadera megafauna. Ciertamente, su presencia puede parecernos anecdótica, pero al menos en algunos ecosistemas no es así y la biomasa de las ballenas supera claramente a la de peces zooplanctófagos. Al menos en estos ecosistemas, deberíamos empezar a abandonar la idea de una red trófica estructurada por tallas.

Bibliografia
Davis, R.W. 2019. Marine mammals. Adaptations for an aquatic life. Springer.
Motta, P.J., Huber, D.R. 2012. Prey capture behaviour and feeding mechanics of elasmobranchs. In Biology of sharks and their relatives (Carrier, J.C., Music, J.A., Heithaus, M.R. eds) pp 153-209. CRC Press.

Luis Cardona Pascual
Luis Cardona Pascual

Profesor agregado de zoología en el Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la Universidad de Barcelona. Centra su investigación de la biología, gestión y conservación de vertebrados marinos, principalmente peces, tortugas y mamíferos.

Sobre este blog

Durante siglos, el mar fue un gran desconocido. Lo ignorábamos todo de un espacio plagado de peligros y habitado por seres fantásticos. Aun hoy, se presenta a los océanos como una de las últimas fronteras. No lo son. La ciencia ha desvanecido las leyendas de un océano tenebroso y ha revelando una realidad fascinante. Intentaremos reflexionar aquí sobre el significado de estos descubrimientos.

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