¿Volar o bucear?

28/09/2015 0 comentarios
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En contra de lo que pudiera parecer, la mayor parte de las aves marinas no son buenas buceadoras. Volar y bucear requieren adaptaciones difícilmente compatibles, aunque la destreza de álcidos y cormoranes demuestran que resulta posible hacerlo. Sin embargo, en las condiciones imperantes en la mayor parte de los océanos, volar resulta más provechoso que bucear.

 Charranes y gaviotas descansando en una playa. [Foto: Luis Cardona]

Las gaviotas son incapaces de sumergirse. Tampoco pueden hacerlo los albatros, los págalos, los rabihorcados, los rabijuncos, los fulmares, los rayadores ni los falaropos. Las águilas pescadoras sólo se mojan las patas y la barriga tras sus vertiginosos picados, mientras que los alcatraces, los charranes, los pelícanos y los fulmareles apenas se sumergen unos pocos metros tras dejarse caer a plomo.  En cuanto a las pardelas, dependen del impulso de su vuelo rasante para capturar peces bajo el agua, siendo incapaces de iniciar la persecución estando en reposo en la superficie.

En cambio, los pingüinos, los potoyuncos, los álcidos (alcas, frailecillos y  araos)  y los cormoranes sí pueden hacerlo, tras lo cual inician la búsqueda y persecución de sus presas bajo el agua. También pueden hacerlo los pocos zampullines que frecuentan el mar, así como todas las especies de patos marinos, entre los que se encuentran los éideres y los negrones. Así que la pregunta resulta obvia ¿Por qué la mayor parte de las aves marinas no bucean? ¿Acaso volar y nadar no son similares?

Las aves logran volar gracias a una elevada tasa metabólica, a un sistema de sacos aéreos que permite el flujo unidireccional de aire a través de los pulmones y a una reducción de la densidad corporal derivada de la reducción de su masa esquelética. Ahora bien, el tiempo que un animal de respiración aérea puede permanecer sumergido depende de su tasa metabólica y de su reserva de oxígeno. Esta última depende, a su vez, de la capacidad de almacenamiento de la hemoglobina de la sangre y en la mioglobina de la musculatura, teniendo los pulmones un papel menor. Puestas así las cosas, se comprende que las aves puedan permanecer bajo el agua un tiempo muy limitado, pues su elevada tasa metabólica genera un elevado consumo de oxígeno, mientras su limitada masa corporal implica una exigua reserva del mismo gas. Además, la baja densidad corporal de las aves las hace flotar, lo que les dificulta aún más su permanencia bajo el agua.

Para poder bucear de modo eficiente, un ave debería, en primer lugar, aumentar su reserva de oxígeno mediante una mayor masa muscular o mediante un mayor volumen sanguíneo. También debería aumentar la densidad de su esqueleto, para aproximarla en lo posible a la del medio acuático. El problema es que más allá de un cierto punto, ambas modificaciones comprometen la posibilidad de volar. Las alcas pueden realizar buceos de hasta tres minutos y los cormoranes de hasta cuatro, conservando ambos la capacidad de vuelo. Para ir más allá y realizar sistemáticamente buceos prolongados, de más de diez minutos, sólo es posible si se renuncia a volar. Sólo los pingüinos, el cormorán áptero de las Galápagos (Phalacrocorax harrisi) y el alca gigante (Pinguinus impennis) han tomado este camino, pero aun así la mayoría de los pingüinos no realizan buceos mucho más largos que los de cormoranes y alcas. Así pues, las aves marinas pueden dejar de volar, pero la mayoría ha optado por conservar el vuelo y no bucear o hacer inmersiones muy cortas tras entrar volando en el agua. ¿Por qué? Existen al menos dos motivos para ello.

En primer lugar, volar permite nidificar en acantilados costeros, o incluso en árboles, lo que representa una clara ventaja allí donde existen depredadores terrestres como zorros o mustélidos. Seguramente, esto explica por qué los pingüinos han perdido el vuelo, mientras que los álcidos, tan similares en tantas otras cosas, la han conservado, salvo la ya extinta alca gigante.

En segundo lugar, y seguramente más importante, volar resulta mucho más eficiente que nadar a la hora de cubrir grandes distancias. En el mar, el alimento se encuentra disperso, especialmente en el océano abierto, así que volar puede ser mucho más útil que nadar para localizarlo. Además, al ser atacados desde abajo por atunes y delfines, los pequeños peces pelágicos intentan huir hacia la superficie. El chapoteo resultante se ve desde lejos y los pececillos puede ser capturados por las aves con un simple picado. Puestas así las cosas, a un animal pequeño, incapaz de realizar buceos largos, le resulta más rentable volar que nadar, a menos que realmente exista mucho alimento disponible o sea fácil de capturar bajo el agua.

Por ello, no resulta sorprendente que la mayor parte de las aves marinas buceadoras sean propias de aguas frías: los pingüinos y los potoyuncos del océano Austral y de la corriente de Humboldt, los álcidos del Atlántico y del Pacífico septentrionales y los patos marinos de las aguas subpolares de ambos hemisferios. En cuanto a los cormoranes, la mayor parte de las especies marinas se encuentran en el océano Austral o asociadas a la corriente de Humboldt o a la corriente de Benguela, ambas frías. Algunas especies de zampullines frecuentan los mares templados durante el invierno, y lo mismo hacen pequeños contingentes de álcidos y patos marinos.

El cormorán de Socotra (Phalacrocorax nigrogularus), la población mexicana de cormorán sargento (Phalacrocorax penicillatus) y las subespecies marroquí y mediterránea del cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) se encuentran entre las pocas especies realmente buceadoras que nidifican en mares templados, aunque las dos últimas se reproducen, curiosamente, en pleno invierno.

 Por lo que a los océanos tropicales se refiere, todos ellos están habitados por diversas especies de pardelas, piqueros, rabihorcados y rabijuncos, ninguno de los cuales bucea si no es como tras un picado. En cuanto a los charranes y gaviotas, se encuentran en todas partes.

Esta distribución espacial y temporal de las aves marinas buceadoras se explica por la diferente respuesta de peces y aves a los cambios de temperatura. Los peces son ectotermos y por lo tanto su temperatura corporal es igual a la del medio donde viven, salvo en unos pocos grandes depredadores oceánicos. Esto significa que su tasa metabólica, y su velocidad de huida se reducen al hacerlo la temperatura, generalmente por un factor de 2,3 cada 10 ºC. En cambio, la temperatura corporal de las aves es siempre constante, y elevada, por lo que el éxito de captura aumenta en aguas frías. Esto explica, por ejemplo, que el cormorán grande (Phalacrocroax carbo) pase el invierno en el Mediterráneo, pescando a temperaturas de unos 13 ºC, y el verano en el Báltico, también a temperaturas de unos 13-15 ºC. También explica por qué el cormorán moñudo del Mediterráneo (Phalacrocorax aristotelis desmarestii) nidifica en invierno, pues de este modo los padres deben incrementar la captura de alimento precisamente cuando les resulta más sencillo.

Si además, tenemos presente que la productividad marina aumenta en aguas frías, y con ello la abundancia de presas pelágicas, entenderemos por qué, para un animal potencialmente volador, sólo resulta rentable bucear para capturar peces en los mares fríos o durante el invierno.

 

Bibliografía

del Hoyo, J., Elliott, A., Sargata, J. 1992. Handbook of the birds of the world. Volume 1. Lynx.

del Hoyo, J., Elliott, A., Sargata, J. 1996. Handbook of the birds of the world. Volume 1. Lynx.

Furness, R.W., Monaghan, P. 2012. Seabird ecology. Blackie

Schreiber, E.A, Burger, J. 2001. Biology of sea birds. CRC Press.