En 1964, John Randall describía al erizo de púas largas Diadema antillarum como “uno de los animales más abundantes y ubicuos del Caribe, y también de los más nocivos”, lo que no es poco para un mar en el que, por aquella época, abundaban tiburones, barracudas, corales de fuego, esponjas irritantes, peces venenosos y unos cuantos cientos más de especies poco recomendables. La calificación respondía al hecho de que sus espinas son largas, afiladas como agujas y venenosas, y a que son difíciles de extraer de la piel de los incautos humanos que entran en contacto demasiado estrecho con el erizo, ya que al intentar agarrar la espina con unas pinzas, tiende a romperse en mil pedacitos que quedan clavados en la piel, en lugar de salir en una única pieza.

 

Randall justificaba sus estudios sobre la biología del Diadema antillarum en la necesidad de reducir su número en las zonas turísticas habilitadas para itinerarios marinos turísticos en el Parque Natural de St. John, en las Islas Vírgenes, argumentando que los pinchazos de los miles de monstruos espinosos que tapizaban los fondos caribeños no contribuirían a atraer a los turistas que buscaban una maravillosa jornada de snorkel en el arrecife coralino de una isla paradisíaca.
 

 

Diadema antillarum en las Islas Vírgenes. Foto:  www.reefguide.org

No voy a entrar a opinar sobre la perversión de eliminar cientos de miles de ejemplares de una especie autóctona en un parque natural para ahorrar molestias a los turistas, ya que la idea no llegó a aplicarse. No hizo falta. En enero de 1983 comenzó el desastre. Una bacteria patógena (cuya identidad permanece aún desconocida) invadió el Caribe a través del Canal de Panamá, produciendo el mayor evento de mortandad masiva en un invertebrado marino registrado en la historia. La bacteria afectó sucesivamente a todas las poblaciones caribeñas de Diadema, arrastrada por las corrientes, extendiéndose a una velocidad de 3000 km/año a lo largo y ancho del Caribe. 3,5 millones de km2 de arrecifes coralinos se vieron afectados. La mortandad media llegó a ser del 98% de los Diadema, variando entre un 93% y un 99,9%. En muchas zonas del Caribe no quedó, literalmente, un solo erizo vivo. El mayor experimento natural de eliminación de un herbívoro del ecosistema duró algo más de un año, de enero de 1983 a febrero de 1984.

 

¿Qué ocurrió después? Como cabría esperar, un gran desastre llevó a otro aún mayor. No hay ecosistema tan robusto que pueda permitirse perder un 98% de la población de uno de sus principales herbívoros sin verse seriamente afectado. Las algas filamentosas, uno de los principales alimentos del Diadema, proliferaron sin control, aumentando espectacularmente su biomasa. En el momento de mayor crecimiento, las algas filamentosas, que en los arrecifes coralinos del Caribe nunca habían sido especialmente abundantes, llegaron a cubrir un 72% de la superficie del arrecife. Cuando el coral se recubrió de algas, el agua se enturbió, los microorganismos fotosintetizadores simbiontes del coral murieron y, con ellos, murió también el coral. El resultado no pudo ser más desolador. En el plazo de unos pocos años, la superficie ocupada por corales se redujo en un 75%. Algunas especies de coral se vieron más afectadas que otras. Por ejemplo, el coral cuerno de alce, Acropora sp., redujo su población en un 99%. Han pasado ya más de 25 años desde la epidemia masiva que acabó con los Diadema, pero los arrecifes coralinos del Caribe nunca se han recuperado. En Panamá, la densidad actual de Diadema es de alrededor de un 3% de la original. En algunas zonas del Caribe, la densidad llega a ser de un 0,04% de la original. El otrora abundante, ubicuo y peligroso Diadema antillarum se ha convertido en una especie amenazada en el Caribe, una preciosa rareza difícil de encontrar. Mientras, los corales, principales productores primarios de materia orgánica, que habrían de ser la fuente de alimento para mantener la elevada biomasa y la gran diversidad de vida animal del Mar Caribe, continúan en regresión, ahogados por una alfombra cada vez más tupida de algas filamentosas, que prácticamente ningún herbívoro es capaz de aprovechar.

 

Crucemos ahora el Atlántico, para encontrarnos con otro desastre ecológico más cercano, aunque de proporciones comparables. Para ello, nos basta con mirar en los fondos marinos de las Islas Canarias. Si elegimos al azar cualquier playa canaria y nos sumergimos con unas gafas y un tubo, esperando disfrutar de la impresionante biodiversidad marina que debería habitar los fondos subtropicales de las Islas Afortunadas, es muy posible que nos llevemos una gran decepción. La mayor parte de los fondos marinos someros de Canarias están ocupados, hoy en día, por el blanquizal, un desierto producido por una especie de gran erizo negro de púas largas, que los locales llaman eriza o erizo de lima, y que no es otro que ¡el Diadema antillarum! El blanquizal es un paisaje desolador, una interminable sucesión de rocas peladas, donde únicamente proliferan los erizos Diadema, enormes, ubicuos, ocupándolo todo. ¡La pesadilla de John Randall! Sólo algunas manchas de la esponja roja Crambe crambe rompen la monotonía del fondo, y únicamente algunos bancos de pececillos, como la fula negra (o damisela canaria) Abudefduf luridus son capaces de sobrevivir en el desierto de los erizos.

 

Los primeros blanquizales comenzaron a aparecer en los años 60 del siglo pasado. Hoy ocupan un 26% de toda la superficie de fondos marinos someros de Canarias, área que está continuamente en aumento. Las islas más afectadas son las de Fuerteventura y Tenerife, con hasta un 34% de superficie afectada. Si en lugar de considerar toda la superficie de fondo, tenemos en cuenta sólo los sustratos duros rocosos, que son el hábitat adecuado para el erizo, el panorama es aún más desolador. Un 65% de la superficie rocosa de Canarias está ocupada por el blanquizal, y en algunas islas, como en La Gomera, esta superficie llega a ser de un 93%. Los fondos de algas diversas y las praderas submarinas de seba (Cymodocea nodosa), que son los ecosistemas capaces de mantener comunidades ricas con gran variedad de organismos, están en serio peligro en Canarias.

 

El blanquizal de Canarias. Foto: Sergio Hanquet. www.mardefoto.com.

¿Qué ha ocurrido con los riquísimos fondos marinos originales de Canarias, que rebosaban diversidad? Tras algunas discusiones iniciales, ahora los científicos han sido capaces de reconstruir la historia del proceso de desertización submarina que está amenazando la diversidad marina en Canarias y otros archipiélagos vecinos, como Madeira o las Islas Desertas.

 

Al principio, la presencia del malvado erizo Diadema se achacó a una invasión reciente. La historia parecía evidente: algunos erizos procedentes del Caribe habían colonizado las Islas Afortunadas y, con su gran voracidad, habían arrasado la flora submarina canaria, desequilibrando todos los niveles del ecosistema. El erizo Diadema tenía todo el potencial para ser una especie invasora, como tantas otras que están alterando los ecosistemas en todo el mundo, por su introducción, accidental o premeditada, siempre debida a la actividad humana. El ser humano tiende, por defecto, a echar la culpa de todo lo malo a lo que viene de fuera.

 

Sin embargo, muy pronto, las herramientas genéticas vinieron a desmentir la teoría de la invasión. En 2001, H. Lessios y M. J. Garrido emplearon la genética para demostrar que las poblaciones de Diadema antillarum de Canarias, aun perteneciendo a la misma especie, eran muy diferentes a las del Caribe, y se habían separado de ellas hace miles de años. El Diadema de Canarias no es una especie introducida, sino un invertebrado autóctono que lleva decenas de miles de años habitando los fondos canarios. El Diadema siempre había estado allí, pero sus poblaciones se habían mantenido con bajas densidades, de forma que nunca había provocado problemas en los ecosistemas, hasta tiempos muy recientes.

 

Entonces, ¿cuál ha sido el verdadero desencadenante del desastre ecológico que está destruyendo la diversidad marina canaria? Los científicos ahora están de acuerdo: el principal desencadenante ha sido la sobrepesca.

 

Las poblaciones de Diadema en Canarias permanecían históricamente bajo control gracias a la abundancia de grandes peces que los depredaban. Especies como el gallo cochino (Balistes capriscus), el gallo aplomado (Canthidermis sufflamen) o el pejeperro (Bodianus scrofa) se alimentaban de Diadema de todos los tamaños, y contribuían a mantener el ecosistema en equilibrio. Hasta 16 especies de peces, 4 de moluscos, 3 de estrellas y 2 de crustáceos han sido identificadas como depredadores naturales del Diadema en Canarias. El problema ahora está claro: la mayoría de estas especies son preciados objetos de pesca con un elevado interés comercial. En las últimas décadas las poblaciones de peces se han reducido a causa de un incremento sin precedentes en el esfuerzo de pesca, que ha crecido en una espiral sin fin, alimentada por la codicia de los insaciables mercados. Muertos y cocinados los peces, los Diadema han quedado libres de sus depredadores naturales y han proliferado sin control. Los ecosistemas marinos de Canarias y, con ellos, toda la vida en el Archipiélago, están en peligro debido a la codicia de unos cuantos humanos.

 

La estrella Coscinasterias tenuispina es uno de los depredadores naturales del Diadema en Canarias. Por desgracia, sus poblaciones también se encuentran en regresión. Foto: Owen S. Wangensteen

Toda historia tiene su moraleja. Y la lección que podemos aprender de esta moneda de dos caras  -con espinas- llamada Diadema antillarum no es insignificante. Hemos comprobado, muy a nuestro pesar, cómo el desequilibrio de las poblaciones de una sola especie de invertebrado marino puede ocasionar enormes problemas ambientales en los ecosistemas. Lo más curioso es que sea tan nefasta para la salud del ecosistema la proliferación sin control como la disminución en la población de los erizos. La misma especie que en el Caribe puede destruir el ecosistema a causa de su desaparición, también puede destruirlo en Canarias por culpa de su proliferación. No existen aquellas “especies nocivas” de Randall que habría que eliminar para no molestar a los turistas. La historia que narra la ecología marina no es una simple película de vaqueros en la que podamos distinguir especies buenas y especies malas. Todas cumplen su función en el entramado ecológico marino, y cualquier manipulación artificial de sus densidades, amplificada por eficaces bucles de retroalimentación, puede ocasionar una catástrofe ecológica. Lo más triste es que cualquier sistema tan complejo como las redes tróficas marinas puede mostrar un comportamiento impredecible. En muchos casos, únicamente podemos reconstruir a posteriori la historia del desastre. Aún estamos aprendiendo a predecir las consecuencias de nuestras intervenciones en los sistemas naturales. Sin embargo, hay un patrón que se repite: el ecosistema siempre funcionará mejor cuanto menos intenso sea el grado de manipulación por parte del hombre.

 

¿Estamos aún a tiempo de recuperar los fondos marinos de Canarias? ¿Podrán las generaciones futuras disfrutar de algo más que un desierto de erizos? Seguramente sí, pero hace falta voluntad. Voluntad de no intervención, voluntad de abstinencia de esquilmar los recursos pesqueros, voluntad para la creación, mantenimiento y vigilancia de reservas marinas integrales eficaces y de extensión suficiente, voluntad para racionalizar el aprovechamiento sostenible de las pesquerías, voluntad para cambiar nuestra mentalidad egoísta, para pensar en el largo plazo y no en el pelotazo instantáneo, para que prefiramos capturar 100 peces al día durante el resto de nuestras vidas antes que 100.000 peces de golpe hoy, y ninguno mañana, ni pasado mañana, ni ningún otro, nunca más.

 

Owen S. Wangensteen
Owen S. Wangensteen

Doctor en química, licenciado en biología y máster en biodiversidad. Investigador en biología marina en la Facultad de Biología de la UB.

Sobre este blog

"El mar, el gran unificador, es nuestra única esperanza. Ahora, más que nunca, literalmente, todos estamos en el mismo barco." Jacques Yves Cousteau

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