Los seres humanos, como animales, somos totalmente vulnerables. Es el precio a pagar por ser inteligentes. La evolución resolvió -a través de la selección natural- que es mucho mejor nacer con un cerebro aún por completar su neurodesarrollo.

  Esto, paradójicamente, nos van a valer para aumentar nuestra supervivencia ya que nos permite aprender una miríada de cosas de nuestro entorno -en los primeros 5 años aprendemos el 95% de lo que vamos a aprender en toda nuestra vida. Eso sí, si sobrevivimos a esos primeros 5 años, y sobre todo a los primeros meses de vida, donde sin nuestros padres somos poco menos que comida gratis para los depredadores.

  Por eso la selección natural también fijó un fuerte sentimiento de apego entre padres e hijos, los comportamientos de cuidado parental compartido, monogamia, relaciones sociales, vida en grupo y cooperación. Así se asegura que la cría estará protegida por sus padres y maximiza las probabilidades de supervivencia a pesar de ser muy frágil.

  El recién nacido apenas tiene percepción del mundo a través de sus sentidos, y, además, no es capaz de descifrar ni entender lo que le rodea. Sería totalmente incapaz de sobrevivir por sí mismo. Por eso los padres se encargan de su cuidado total, y de esta manera intentar garantizar que salga adelante.

  Lo único que "sabe hacer" el recién nacido es reconocer a sus progenitores, porque su cerebro "sabe" que solo estando cerca de ellos, captando su atención, tiene alguna probabilidad de sobrevivir. Además de reconocer a sus cuidadores, el bebé se debe sintonizar con la vida del endogrupo -bien sea una familia, una tribu, una manada, etcétera- y construir mecanismos para la detección de seguridad y peligro.

  Con un sentido de la vista totalmente inmaduro, en un principio las crías reconocen a sus protectores, básicamente, por el sentido del olfato y el oído.

  Los olores corporales maternos sirven como importantes señales para la ubicación social y promoción de la seguridad del nuevo miembro. Los olores son señales primitivas que desencadenan cambios neuronales complejos y que funcionan para consolidar lazos sociales con los congéneres, y en el caso de las relaciones paterno-filiales, distinguir a los progenitores dentro del hábitat.

  De hecho, los olores son las únicas señales sensoriales que pueden representar a la madre en su ausencia (a través de una prenda de vestir, por ejemplo).

  Aunque en el mundo occidental el olfato es el sentido olvidado -en detrimento de la vista y el oído- la realidad es que los niños se integran en grupos sociales a través de la detección de olores familiares introducidos a los bebés por sus padres. Además, se ha visto que los recién nacidos humanos reconocen a su madre por el olor, y este reduce el sufrimiento de los bebés, los calma, centra su atención sobre ellas y los orienta en un entorno nuevo.

  Pero ¿cómo hacen las señales químicas del olor para modificar el comportamiento de los bebés?

  La presencia del olor materno, bien sea por la presencia física de la madre -en vez de una mujer extraña- o por la de una prenda usada suya, aumenta el comportamiento social del bebé, la atención visual a las caras, la excitación positiva, la seguridad, la confianza, el afecto positivo y el comportamiento de acercamiento además de reducir la aversión social.

  Todos estos comportamientos traen como consecuencia una mayor sincronía conductual infante-adulto, que a su vez se observó con estudios de neuroimagen que se vincula con un mayor acoplamiento de actividad neuronal.

  Es decir, la actividad cerebral del niño se coordina con la de la madre con el niño a través de la percepción del olor materno.

  Este tipo de coordinación a nivel de actividad neuronal lleva a que el bebé imite los comportamientos y emociones del adulto, lo que le permite un desarrollo continuo de la cognición social, la diferenciación entre uno mismo y el otro, la teoría de la mente - capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas-, la empatía y el esquema corporal.

  Este tipo de coordinación neuronal se ha visto que perdura entre madre e hijo incluso en la adolescencia.

  Por otra parte, decir que estas coordinaciones de actividad neuronal, no son algo exclusivo de las relaciones materno-filiales, se dan también entre parejas estables y buenas amistades. También se ve este efecto entre niños y extraños en presencia del olor materno, aunque en menor medida.

  Estos hallazgos sugieren que la presencia materna funciona como una "señal de seguridad" para los bebés humanos, lo que les permite asignar menos recursos a las señales de peligro y centrarse en el compromiso social y el procesamiento emocional.   En los humanos, esta función general de seguridad se integra con los efectos del olor en la excitación positiva y la atención visual, y así permite que los bebés exploren su entorno social de manera segura y se conecten neutralmente con sus miembros. Esto juega un papel clave en la maduración del cerebro social humano durante la ventana sensible de su neurodesarrollo que existe en los primeros años de vida. De no producirse en esa ventana, sus habilidades sociales se verán afectadas.

  Estos resultados refuerzan aún más el hecho -más que demostrado, pero siempre parece que hay que volver a decirlo porque no queda claro- de la importancia que tienen los progenitores para el correcto neurodesarrollo y bienestar de sus hijos. Todo el cariño y la atención que se les de es poca, porque los seres humanos son totalmente dependientes de sus cuidadores, tanto para la supervivencia fisiológica -alimento y protección frente a peligros- como para el neurodesarrollo emocional y psicológico correcto. 

  El que el olfato sea un mecanismo tan importante permite por una parte que los bebés comiencen este neurodesarrollo cuando se sentido de la vista aún no está maduro, y además que expandan su área de exploración e interacción social más allá de los límites impuestos por la presencia física de los padres, pues el las señales olfativas pueden estar presentes incluso en la ausencia física de estos, permitiendo su conexión e integración con el grupo.

Referencias
Endevelt-Shapira Y, Djalovski A, Dumas G, Feldman R. Maternal chemosignals enhance infant-adult brain-to-brain synchrony. Sci Adv. 2021 Dec 10;7(50):eabg6867. doi: 10.1126/sciadv.abg6867. Epub 2021 Dec 10. PMID: 34890230; PMCID: PMC8664266. 

Julio Rodríguez
Julio Rodríguez

Científico, biólogo, doctor en medicina molecular, psicólogo, escritor y divulgador. Diagnóstico genético en Fundación Pública Galega de Medicina Xenómica (FPGMX)

Trabajé investigando la genética de trastornos psiquiátricos en la Fundación Instituto de Investigación Sanitaria (FIDIS) y la Universidad de Santiago de Compostela (USC). También un tiempo en la Universidad de Oxford y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid. (Perfil científico)

Divulgo ciencia en @radioclasica @rne @RadioGalega y @radiocarbasSER

He publicado dos libros: Prevenir el narcisismo y Lo que dice la ciencia sobre educación y crianza son mis libros de divulgación.

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Sobre este blog

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