Los seres humanos somos animales sociales que experimentamos un sufrimiento más o menos intenso cuando estamos desconectados socialmente. Este efecto se produce tanto cuando esta desconexión es producida por un aislamiento social real -intencionado o no-, como cuando este es simplemente percibido.

Esta experiencia de la soledad es universal y atemporal: todos los seres humanos en algún momento de nuestras vidas hemos experimentado o experimentaremos la soledad. Pero aun así, es una realidad que algunas personas informan que experimentan la soledad de una manera más negativa que otras.

Aunque la soledad ha acompañado al ser humano durante toda su historia, a día de hoy, en nuestras sociedades modernas tan cosmopolitas, multiculturales y sobresaturadas de personas, paradógicamente, existe una epidemia de soledad.
En términos de salud, la soledad es un factor de riesgo para muchas enfermedades y trastornos, y de hecho está asociada con una disminución de la esperanza de vida de una magnitud incluso mayor que la que conlleva la obesidad.

Etiológicamente, la soledad tiene un gran componente ambiental, ya que es un sentimiento que está causado principalmente por factores externos. Sin embargo, también se ha demostrado que existen factores genéticos implicados, y que se produce una interacción entre genética y ambiente que hace que unas personas tengan más riesgo que otras a sentirse solas y a sufrir las consecuencias negativas de este sentimiento.

¿Y cuál es la arquitectura genética del constructo "soledad"? Esto es lo que intentaron dilucidar en un estudio de la Universidad de Vrije (Amsterdam, Países Bajos), encontrando 19 variantes genéticas puntuales en 16 lugares específicos del genoma, o loci, y 58 genes que estaban asociadas con "soledad". A su vez, observaron que existía también un componente poligénico que aumentaba el riesgo, hecho que les permitió estudiar el solapamiento genético que existía entre soledad y otros trastornos de salud tanto físicos como mentales, encontrando que la soledad correlacionaba con trastornos cardiovasculares, psiquiátricos y metabólicos.

Para saber realmente si estos trastornos eran consecuencia de la soledad, la soledad consecuencia de los trastornos, o si compartían factores genéticos causales, los autores del estudio realizaron una aleatorización mendeliana, que es un método utilizado para examinar el efecto causal que un factor de riesgo modificable -en este caso, una variante genética- tiene sobre una enfermedad. De este análisis solo se encontró evidencia de un efecto causal del Índice de Masa Corporal (IMC) sobre la soledad. Ello que coincide con los resultados obtenidos en otro estudio reciente, según el cual un alto IMC aumenta el riesgo de síntomas depresivos y disminuye el bienestar subjetivo.

En cualquier caso, estos resultados son solo la punta del iceberg, y de hecho lo más probable es que la relación entre la soledad y los trastornos de salud físicos y mentales esté influenciada por efectos causales bidireccionales - es decir, que la soledad ocasiona los trastornos y viceversa- y efectos biológicos pleiotrópicos -factores genéticos comunes. Sin olvidar, las interacciones con factores ambientales y contextuales.

Referencias

Abdellaoui, A., Sanchez-Roige, S., Sealock, J., Treur, J. L., Dennis, J., Fontanillas, P., ... & van der Zee, M. (2019). Phenome-wide investigation of health outcomes associated with genetic predisposition to loneliness. Human molecular genetics, 28(22), 3853-3865.

Julio Rodríguez
Julio Rodríguez

Científico, biólogo, doctor en medicina molecular, psicólogo, escritor y divulgador. Diagnóstico genético en Fundación Pública Galega de Medicina Xenómica (FPGMX). Investigador en genética de trastornos psiquiátricos en la Fundación Instituto de Investigación Sanitaria (FIDIS) y la Universidad de Santiago de Compostela (USC). Trabajé un tiempo en la Universidad de Oxford y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid. (Perfil científico)

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