Todo lo que hacemos, aunque no lo parezca, lo hacemos con el propósito de alterar la consciencia y experimentar emociones agradables –y evitar las desagradables-. Desde la formación de lazos de amistad, hasta comer ciertas comidas, pasando por la lectura y el visionado de películas. Cada momento de vigilia –e incluso en nuestros sueños- nos empeñamos en redirigir nuestro cerebro hacia los estados de consciencia que más nos gustan.

Las drogas son uno de los muchos mecanismos que utilizamos para conseguir ese fin. Algunas substancias son ilegales, pero otras las utilizan millones de personas diariamente: desde las más dañinas como el alcohol o el tabaco, hasta una simple taza de café o té.

Dentro de las drogas, las que tienen más poder para alterar la consciencia son las llamadas "psicodélicas", entre las que se encuentran la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) y la psilocibina (el componente activo de las setas alucinógenas), que suman a su enorme efecto psicológico, el que no provocan adicción y son bien toleradas físicamente –no son muy tóxicas.

De hecho, el LSD fue postulado como droga terapéutica para utilizar en psicología clínica y psiquiatría. 40 años después de que se abandonase casi por completo esta vía de investigación, un nuevo trabajo vuelve a retomar esta opción como real, basándose en que el LSD impide la inhibición prepulso (IPP) acústica -fenómeno neurológico en el que un pequeño estímulo inhibe una respuesta a un posterior estímulo de mayor intensidad-, que es algo que también se produce en los pacientes con esquizofrenia.

Para examinar la posible utilización clínica del LSD, se le administraron 200 microgramos de esta droga a un grupo de 16 sujetos perfectamente sanos, en un experimento de doble-ciego con placebo.

Los resultados mostraron que el LSD produce, como se esperaba, un gran estado de alteración de la conciencia que dura hasta 12 horas después del consumo. Las principales características de este estado son: alucinaciones visuales, sinestesia audio-visual (se ven sonidos y se escuchan colores), relativización del paso del tiempo, y experiencias de desrealización y despersonalización. Pero además, el LSD incrementa la percepción de bienestar, de felicidad, de cercanía y comunión con los demás, de apertura hacia los otros, y de confianza. Por otra parte, también se observó una disminución de las emociones negativas y las preocupaciones. Desde el punto de vista fisiológico, el LSD provoca una disminución del IPP, aumenta la presión sanguínea, la frecuencia cardíaca, la temperatura corporal, la apertura pupilar, y los niveles plasmáticos de cortisol, prolactina, oxitocina y epinefrina.

Los efectos adversos que se derivaron del consumo –la conocida resaca-, no fueron muy llamativos y en general desaparecieron por completo a las 72 horas.
Finalmente, aunque en este trabajo no se registraron efectos negativos agudos, dependiendo del ambiente, expectativas, estado de ánimo y personalidad del consumidor, este tipo de drogas pueden producir lo que se conoce como "mal viaje", que implica experiencias de un tono general desagradable e incluso terrorífico.

Derivado de los potentes efectos de empatía emocional que provoca el LSD, los autores concluyeron que sería de gran utilidad para uso clínico en psicoterapia, práctica que si se realiza en un ambiente sanitario controlado, no conlleva ningún riesgo para el paciente. Este uso permitiría un diagnóstico más rápido y más preciso, lo que a la postre conllevaría un tratamiento más inmediato. Además, al alterar el bloqueo sensorio motor, también se podría usar en psiquiatría para el estudio de casos psicóticos.

Referencias

Acute effects of LSD in healthy subjects . Yasmin Schmid, Florian Enzler, Peter Gasser, Eric Grouzmann, Katrin H. Preller, Franz X. Vollenweider, Rudolf Brenneisen, Felix Müller, Stefan Borgwardt, Matthias E. Liechtiemail. Biological Psychiatry. November 28, 2014

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Julio Rodríguez
Julio Rodríguez

Científico, Biólogo, Doctor en Medicina Molecular, psicólogo, escritor y divulgador. Hago diagnóstico genético en la Fundación Pública Galega de Medicina Xenómica (FPGMX).

Fui investigador en genética de trastornos psiquiátricos en la Fundación Instituto de Investigación Sanitaria (FIDIS) y la Universidad de Santiago de Compostela (USC).

Trabajé un tiempo en la Universidad de Oxford y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid.

Colaboro divulgando ciencia con Ángel Carracedo en @RadioGalega y @radiocarbasSER

 

"Prevenir el narcisismo" y "Lo que dice la Ciencia sobre educación y crianza" son mis libros de divulgación.

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