CHARLES R. DARWIN ESCRIBE A NUESTRO BLOG

18/06/2008 5 comentarios
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Nos escribe Charles R. Darwin desde las págs. 77 a 79 de su libro El Origen del Hombre y la Selección en Relación al Sexo. En la edición original estas páginas contienen tres figuras, de las cuales reproducimos dos: la fig. 47 y la fig. 48.

 

Hemos resaltado dos frases en las que Darwin menciona al ser humano, idea que es telón de fondo de su libro.

 

 

Charles Robert Darwin

El Origen del Hombre y la Selección en Relación al Sexo. Págs. 77-79 

Traducción de las páginas y figuras de la edición de 1871 Publicada por J. Murray. London. Reproducido de la edición facsímil de Princeton University Press. 1981.

 

Así como toda moda nueva en el vestir admira al hombre, así también todo cambio de cualquier clase en la estructura o color de las plumas del macho impresiona vivamente a la hembra. El hecho de haberse modificado plumas en sentido análogo en grupos entre sí muy distintos, procede principal­mente, sin duda, de que teniendo todas las plumas casi la misma estructura y el mismo sistema de desenvolvimiento, tendieron consecuentemente a variar según un mismo estilo. A menudo observamos cierta tendencia a una variabilidad análoga en el plumaje de nuestras razas caseras procedentes de especies distintas. Así es que se han dado en algunas especies los moños cefálicos. En una variedad extinguida de pavos consistía el moño en tallos desnudos, acabando en moñitos de plumón que se parecían en cierto modo a las plumas en forma de pala o raqueta que hemos mencionado. En ciertas castas de pichones y volátiles, las plumas son plumosas con tendencia en los tallos a quedarse sin barbas. En el ganso de Sebastopol las plumas escapulares son muy largas, rizadas y hasta vueltas en espiral con las márgenes plumosas.

 



Pavo cristatus. Moño cefálico.



 

En lo que respecta al color, apenas es necesario hablar de ello, toda vez que nadie desconoce la esplendidez y magni­ficencia de tintes de muchos pájaros, ni la armonía con que están combinados. Los colores son, a veces, metálicos e irisados. Manchas circulares están en ocasiones rodeadas de una o varias zonas matizadas, convirtiéndolas de esta suerte en ocelos. Tampoco es menester insistir mucho en las extra­ordinarias diferencias entre los dos sexos de muchas aves. El pavo real común nos ofrece un ejemplo admirable. La hembra del ave del paraíso es oscura de color y carece de todo ornamento, al paso que el macho es tal vez el ave de más brillantes colores, y con tantos y tan variados ornamen­tos, que es preciso verle para poderle apreciar.

 

 



Paradisea rubra. Figura 47, en la página 77, de El Origen del Hombre y la Selección en Relación al Sexo.


 

 Las largas plumas de oro anaranjado que arrancan de las alas del Paradísea apoda (véase en la fig. 47 de P. rubra, una especie mucho menos bella) cuando están erguidas verticalmente y pues­tas en movimiento, diríase que se contempla una especie de halo, una corona refulgente, en cuyo centro la cabeza "pa­rece un pequeño sol de esmeralda con sus rayos formados por las dos plumas". "Otra especie hermosísima tiene la ca­beza pelada, "de un precioso azul turquí, y cruzada de bandas numerosas de plumas negras aterciopeladas."

 







Pájaros mosca,  hembra (arriba) y macho (abajo a la derecha).  Figura 48, en la página 78, de El Origen del Hombre y la Selección en Relación al Sexo.



Los pájaros mosca machos (fig. 48) casi rivalizan en belleza con el ave del paraíso, como puede cualquiera reconocerlo con sólo hojear los magníficos volúmenes de Gould o examinar su rica colección. Es muy notable la infinita variedad que su ornamentación presenta. Apenas hay parte de su plumaje que no esté mejorada y modificada, y cada modificación ha llegado en algunas especies hasta el último extremo, como nos lo ha mostrado Gould, particularmente en los subgrupos. Esos casos son muy análogos a los que nos presentan las razas que criamos por lujo, escogidas con el fin de orna­mentar: ciertos individuos variaron al principio un carácter,  y otros individuos de la misma especie otros caracteres; el hombre aprovecha estos cambios, se apodera de ellos y los lleva hasta su último extremo, tal como la cola de abanico del pichón, la capucha del jacobino, el pico y corazón en j las de la paloma mensajera, etc. La sola diferencia que en estos casos existe es que en el uno el resultado es debido a la selección del hombre, mientras que en el otro, como en los pájaros moscas y aves del paraíso, todo es obra de la selección de las hembras tomando a los machos más her­mosos.