Imagen tridimensional generada por ordenador de tres bacterias de la especie Pseudomonas aeruginosa multirresistentes a los antibióticos (Jennifer Oosthuizen, ilustradora médica, Public Health Image Library, CDC / Antibiotic Resistance Coordination and Strategy Unit)

Este tema lo traté hace poco en la revista Mensajero. A continuación, podéis leer una versión actualizada y revisada:

Hace un siglo la esperanza media de vida en Europa no llegaba a los cincuenta años. Muchas personas morían a edades tempranas a causa de infecciones que hoy son prevenibles con vacunas y una higiene adecuada o tratadas con fármacos antimicrobianos. La vida de estos fármacos comenzó hace unos 110 años con el descubrimiento de la arsfenamina (salvarsán). Después se obtuvo la primera sulfamida (prontosil). Ambas permitieron la curación de muchas enfermedades infecciosas graves, en muchos casos, mortales. Llamamos coloquialmente antibióticos a los fármacos que actúan contra las bacterias. Sin embargo, dentro de los fármacos antimicrobianos se incluyen también a los que combaten a virus, hongos, protozoos y otros parásitos.

El final de la «Era preantibiótica» se produjo, entre 1940 y 1962, con el descubrimiento de cientos de fármacos antimicrobianos, como la penicilina, las cefalosporinas o las tetraciclinas. Se produjo un «milagro terapéutico». Gracias a los antibióticos podemos realizar trasplantes de órganos y otras operaciones quirúrgicas complejas, como la cirugía cardiovascular o la neurocirugía, tratar el cáncer con quimioterapia, o realizar pruebas diagnósticas invasivas que serían irrealizables por las numerosas complicaciones infecciosas que se producirían.
Junto con las vacunas y la higiene, personal y social, los antibióticos han contribuido de forma esencial a nuestro estado de bienestar proporcionándonos una vida más longeva y de mayor calidad. Precisamente en los países donde las enfermedades infecciosas están mejor controladas, la esperanza de vida supera los 75 años. Al contrario, se vive una situación mucho más sombría en los países donde la pobreza o la escasez de los recursos no permiten una lucha adecuada contra las enfermedades infecciosas.

Sin embargo, sobre nuestro estado de bienestar, la resistencia a los antibióticos se cierne como una fuerte amenaza contra la salud, la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible. Una amenaza que puede comprometer muchos de los logros sociales y médicos conseguidos en las últimas décadas. Se estima que diez millones de personas, un millón de ellas en Europa, estarán en el año 2050 en riesgo mortal debido a las infecciones causadas por microbios resistentes a los antibióticos. Esta mortalidad podría superar a la causada por el cáncer (ocho millones de muertes anuales). Además, el coste de los tratamientos de las infecciones causadas por los «supermicrobios» se dispararía, provocando una caída de entre el 1,2 y el 4 % del Producto Interior Bruto mundial.

La magnitud del problema es tan grande que la lucha contra las resistencias microbianas es un objetivo prioritario para la Unión Europea, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) y la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Estas organizaciones se han propuesto eliminar el empleo innecesario de antibióticos para evitar la selección de supermicrobios y limitar al máximo su diseminación. Como ejemplo, en la atención médica primaria o Medicina de Familia, se estima que sólo uno de cada cinco tratamientos con antibióticos realizados es realmente necesario. El uso adecuado de estas herramientas médicas es esencial.

Las resistencias microbianas a los antibióticos hacen que muchos fármacos que habitualmente son eficaces para combatir las infecciones se vuelvan inútiles. La aparición de estas resistencias es un fenómeno natural de baja frecuencia en bacterias, virus, hongos y protozoos, causado por mutaciones genéticas aleatorias, que heredan sus descendientes.

En las bacterias también se observa un intercambio horizontal de información genética de unas bacterias a otras. Los genes responsables de esta resistencia pueden ser adquiridos del medio ambiente (transformación bacteriana), de bacterias afines (conjugación) o por virus bacteriófagos (transducción).

La presencia de estos genes de resistencia en unas estructuras denominadas plásmidos (anillos de ADN extracromosómico), facilita el intercambio y la propagación más rápida de las resistencias. Por selección natural, un microbio resistente a un antibiótico que se está utilizando para tratar una infección, adquirirá una ventaja sobre otros microbios competidores no resistentes, sobrevivirá y se multiplicará. Muchos de estos supermicrobios son habitantes del aparato digestivo de las personas y los animales y pueden propagarse, como las bacterias denominadas Enterococcus o las denominadas enterobacterias, a través de las aguas residuales y los suelos contaminados.

Un tratamiento antibiótico correcto, con las dosis y duración adecuadas, disminuye la selección de microbios resistentes. Sin embargo, desde el momento en que comenzamos a emplear un antibiótico nuevo, empieza la cuenta atrás de su vida terapéutica útil.

Ya en 1945, Alexander Fleming, en su discurso de premio Nobel por el descubrimiento de la penicilina, destacó que el empleo de dosis insuficientes de penicilina expondría a los microbios a cantidades no letales del fármaco que los podría volver resistentes.

Está comprobado que el uso incorrecto o imprudente de los antibióticos en el tratamiento de las enfermedades humanas, de los animales o de las cosechas, aumenta espectacularmente la frecuencia de bacterias resistentes. Aumento al que también contribuyen las prácticas inadecuadas en la cría del ganado, como el uso de los antibióticos para el engorde de los animales, la depuración incorrecta de las aguas residuales y los residuos orgánicos, la manipulación de los alimentos en condiciones sin garantías sanitarias, o la higiene personal y social deficientes.

A este problema se suma el uso de antibióticos caducados, falsos o fraudulentos que no contienen el principio activo en dosis suficiente. Estos antibióticos fraudulentos son con frecuencia los únicos asequibles en los mercados de muchos pueblos y ciudades del planeta y, además, internet facilita la venta de estos productos engañosos.

El mayor consumo de antibióticos se observa en países con economías emergentes, como India, China, Indonesia, Nigeria y Sudáfrica, entre otros. En Europa, los países del Mediterráneo y del Este (Italia, Grecia, Serbia, Rumanía, Rusia, etc.) son los mayores consumidores de antibióticos. En los países en los que se ha disparado el consumo innecesario de antibióticos se está observando que casi la mitad de las infecciones están causadas por microbios resistentes.

Debemos destacar que el problema de las resistencias a los antibióticos no es un problema local.

Se han encontrado microbios resistentes tanto en países muy industrializados, como Estados Unidos o Japón, en islas prácticamente deshabitadas, como las Svalbard (Océano Ártico), como en tribus aisladas en las selvas de la Amazonia. En la diseminación tan amplia y la persistencia de estos supermicrobios intervienen muchos factores, como el cambio climático, la migración de poblaciones humanas y animales, el transporte de mercancías o la contaminación del medio ambiente.
España ocupa uno de los primeros puestos mundiales de consumo de antibióticos sin que exista ninguna razón que justifique este consumo exagerado. La Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC), después de valorar un estudio realizado en 2018 en 82 centros sanitarios, ha estimado que las superbacterias resistentes a los antibióticos son responsables de un tercio de las estancias hospitalarias.

Estas superbacterias causaron enfermedad a 180.600 personas de las que 35.400 murieron. Muchas de estas personas fallecidas padecían enfermedades graves y es difícil valorar la importancia real de los microbios resistentes en la causa de su muerte. Además, las infecciones causadas por microbios multirresistentes requieren tratamientos más prolongados y menos eficaces, con fármacos no exentos de toxicidad. También conllevan una estancia mayor en el hospital, una frecuencia elevada de complicaciones médicas, así como de gastos terapéuticos y hospitalarios más elevados.

Si comparamos estas cifras de mortalidad con las 1180 muertes en accidentes de tráfico en España notificadas por la Dirección General de Tráfico en 2018, ¡las superbacterias fueron treinta veces más letales!

Los hospitales continúan siendo el reservorio principal de los microbios multirresistentes a los antibióticos debido a la presencia de pacientes graves que son tratados con múltiples fármacos, lo que facilita la selección de superbacterias.
Inicialmente estas infecciones estaban causadas por bacterias como Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), Escherichia coli, Klebsiella pneumoniae y otras enterobacterias multirresistentes, Acinetobacter baumannii y Pseudomonas aeruginosa. En la actualidad, se han sumado también micobacterias (Mycobacterium tuberculosis), hongos (Candida auris) y parásitos (Plasmodium falciparum) resistentes a los fármacos antimicrobianos.

La multirresistencia a los antibióticos no está restringida al ámbito hospitalario y se han detectado infecciones en la comunidad que afectan a personas que no padecen enfermedades graves, habitualmente jóvenes y adultos con importantes tareas sociales y profesionales.

Nos preocupa que, en casi cuatro décadas (entre 1962 y 2000), no se han desarrollado nuevas clases de antibióticos y los escasos antibióticos comercializados fueron desarrollados en el siglo XX. Al mismo tiempo, la aparición de resistencias a los llamados antibióticos de último recurso como aztreonam, carbapenems, linezolid o vancomicina, nos han puesto en una situación alarmante.

El problema de los microbios multirresistentes no se circunscribe a la salud humana ya que la interrelación con los animales domésticos y salvajes, las cosechas y el medio ambiente es cada vez más estrecha. Este problema terapéutico se transforma en un problema ecológico global que afecta a personas, ganadería y agricultura con importantes pérdidas económicas. Hay una única «Salud Global» y las enfermedades de las personas, los animales, las plantas y el medio ambiente están tan estrechamente asociadas, que para combatir y solucionar el grave problema que representan los supermicrobios, debemos desarrollar un plan global de salud.

La solución de este grave problema requiere un esfuerzo social y económico muy importante. Desde la ciencia estamos tratando de combatir a los microbios multirresistentes con el desarrollo de mejores técnicas de diagnóstico rápido y certero de las enfermedades infecciosas para poder llevar a cabo un tratamiento antibiótico más apropiado y temprano. A esto se suma la búsqueda, mediante la secuenciación masiva de genomas microbianos, de dianas terapéuticas alternativas exclusivas o esenciales que destruyan al agente patógeno o por lo menos permitan disminuir su virulencia y así evitar la selección de mutantes resistentes. Estas acciones han facilitado el hallazgo de nuevos organismos productores de moléculas antimicrobianas, de animales, bacterias y hongos.

Otra vía importante de actuación se basa en la modificación de antibióticos conocidos, como tetraciclinas y macrólidos, para mejorar su espectro antibacteriano u obtener nuevos antibióticos, como la tigeciclina, que permitan disminuir el uso de los antibióticos más recientes. Al mismo tiempo, estos nuevos fármacos deberían evitar causar daño en la microbiota de los pacientes para no provocar desequilibrios que faciliten la aparición de microbios más agresivos, como Clostridium difficile.

Nosotros, de manera individual, también podemos contribuir a la lucha contra los microbios multirresistentes. ¿Cómo?

Siguiendo entre otras cosas lo que nos dicta el sentido común: no automedicarnos, no usar antibióticos cuando no son necesarios (por ejemplo, contra el resfriado), seguir las pautas de tratamiento que nos recomienda nuestro médico, no usar antibióticos que hayan recetado a otras personas, no consumir antibióticos caducados o de procedencia dudosa (no comprarlos por internet), tener actualizado nuestro calendario de vacunación, preparar los alimentos de manera higiénica, y, recordar un hábito muy importante, lavarnos las manos con frecuencia.

Alexander Fleming en su laboratorio del Hospital St Mary (Londres, 1943).

Imagen tridimensional generada por ordenador de tres bacterias de la especie <em>Pseudomonas aeruginosa</em> multirresistentes a los antibióticos (Jennifer Oosthuizen, ilustradora médica, Public Health Image Library, CDC / Antibiotic Resistance Coordination and Strategy Unit)

Guillermo Quindós Andrés
Guillermo Quindós Andrés

Catedrático de Microbiología y Director del Departamento de Inmunología, Microbiología y Parasitología, en la Facultad de Medicina y Enfermería de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU). Su actividad investigadora se centra en el estudio de la patogenia, diagnóstico, tratamiento y prevención de las infecciones humanas, principalmente de las candidiasis y otras micosis. Es Director ejecutivo de la Revista Iberoamericana de Micología desde 1993, preside la Asociación Iberoamericana de Micología Médica desde 2019 y ha presidido la Asociación Española de Micología desde 2008 hasta 2016. Colabora desde 2011 en el espacio Mundo Micro del programa de Radio Euskadi La Mecánica del Caracol, dirigido por Eva Caballero Domínguez.


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Sobre este blog

Las relaciones ancestrales entre los microorganismos y los seres humanos son complejas. Su contribución al mantenimiento de los ecosistemas es esencial pero los microorganismos patógenos muestran su lado tenebroso como causas importantes de enfermedad y sufrimiento.

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