Prototipo de vacuna universal para la gripe/ NIAID (CC BY 2.0)La opinión mundial sobre las vacunas está envuelta en una situación paradójica. Cada vez hay más datos científicos que demuestran su excelente utilidad para prevenir muchas enfermedades infecciosas que sin las vacunas causarían millones de muertes cada año. Sin embargo, cada vez hay más personas supuestamente cultas e informadas que se oponen a las vacunas con argumentos falaces carentes de base médica y más cercanos a las creencias místicas de otros tiempos. A muchas de estas personas con estos supuestos «conocimientos», que popularmente se denominaban «burros cargados de letras», les importa bastante poco la salud general por un incomprensible y absurdo egoísmo para intentar que su familia y allegados no sufran y estén dentro de una urna de cristal. No se dan cuenta de que en la supervivencia de nuestra especie es muy importante la Medicina Preventiva y que las enfermedades infecciosas no distinguen clases sociales, religiones, ideas políticas o apariencia física y psicológica de nadie. Y mucho menos si eres o no un «burro cargado de letras». Esta entrada es una actualización de una reflexión previa, con mi hijo Sergio, publicada en la bitácora Mikrobios. Deseo que la disfrutéis y, sobre todo, incite a la reflexión y discusión.

En 1980, la Organización Mundial de la Salud nos dio una maravillosa noticia: declaró que la viruela había sido erradicada. El último enfermo de viruela fue atendido en Somalia en 1977. Era el fin de una enfermedad grave que durante milenios había causado la muerte de más de trescientos millones de personas. La vacuna contra la viruela había sido la responsable directa de este gran éxito. El optimismo impregnó a la sociedad y nos hizo pensar que seríamos capaces de erradicar otras muchas enfermedades infecciosas con vacunas.

Jonas Salk y la vacuna contra la poliomielitis/ Wikimedia Commons. El tiempo y un numeroso grupo heterogéneo de personas que se han opuesto, unos deliberadamente por intereses espurios, otros por ignorancia, al uso de las vacunas están alejándonos de este objetivo esencial. En algunos casos, como el del sarampión, la poliomielitis o la difteria, nos están llevando a unos escenarios médicos peligrosos y poco deseables. Una especie de vuelta al pasado donde la muerte causada por las infecciones era frecuente.

En 1796, antes de conocerse la etiología vírica de la viruela, Edward Jenner conversó con una ordeñadora que no sufría esta enfermedad porque había padecido una infección cutánea leve, la viruela de las vacas. Intuyó su efecto protector y empezó a inocular el material de las lesiones de la viruela vacuna en la piel de voluntarios sanos (escarificación). Los vacunados desarrollaron una enfermedad leve que les confirió una protección (inmunidad) duradera contra la viruela humana. Los nombres de vacuna y vacunación los acuñó Louis Pasteur en honor a Jenner. Sin embargo, la inmunización contra la viruela ya se practicaba muchos siglos antes en China. Los médicos chinos habían utilizado costras secas y molidas de enfermos con viruela leve, para obtener un polvo fino para que protegiera a las personas sanas no inmunes que lo inhalaban. Mary Wortley Montagu había observado en 1717 como en Turquía había mujeres dedicadas a inocular a las personas sanas fluidos de las lesiones de viruela. Esta variolización fue muy habitual en Europa ya que aunque se asociaba con una mortalidad del 2%, esta era significativamente menor que la causada por la viruela (50%).

Niño con Viruela. Fuente: Wikimedia CommonsDurante los últimos siglos, las vacunas junto con la higiene, la potabilización del agua y los antibióticos, han reducido la mortalidad infantil y aumentado la esperanza y calidad de vida. Las vacunas salvan millones de vidas cada año. Sin embargo, las enfermedades infecciosas son todavía la primera causa de muerte en muchos países pobres donde dos de cada tres niños menores de cinco años mueren por infecciones digestivas y respiratorias que se podrían evitar con la vacunación. Se están realizando acciones globales para la erradicación de otras enfermedades, como la poliomielitis y el sarampión. Sin embargo, no se han alcanzado estos objetivos por culpa de las guerras y la intransigencia de grupos fundamentalistas sobre todo religiosos.

Las vacunas se basan en la exposición de una pequeña cantidad de un microbio patógeno o de sus componentes para enseñar a nuestro sistema inmunitario a reconocerlo y que esté preparado (inmunización activa) para un próximo encuentro. Gracias al recuerdo de este contacto con la vacuna (memoria inmunológica), nuestras defensas se preparan contra las agresiones infecciosas futuras. Si un número importante de la población está vacunado, además que las personas vacunadas estén protegidas, se confiere una protección indirecta a las personas más débiles que no han podido ser vacunadas (inmunidad colectiva o de grupo). Hay que tener en cuenta que no todas las personas responden igual a las vacunas. La protección de las vacunas suele ser menor en los ancianos, cuyas defensas se van debilitando paulatinamente, y en los recién nacidos cuyo sistema inmunitario necesita madurar. Para estos grupos de personas y para aquellas que no pueden ser vacunadas por razones médicas, que nos vacunemos las demás personas es esencial.

Algunas vacunas, como la Sabin contra la poliomielitis o la triple vírica contra sarampión, parotiditis (paperas) y rubéola, están compuestas por virus y otros gérmenes vivos atenuados (debilitados). Estas vacunas causan una infección leve, pero confieren una inmunidad adquirida duradera pero no se pueden utilizar en mujeres embarazadas, ancianos o personas debilitadas ya que podrían causarles una infección grave. Otras vacunas se componen de virus o microbios enteros muertos o inactivados, como la Salk contra la poliomielitis, la vacuna contra la rabia o algunas vacunas contra la gripe. Los toxoides están compuestos por toxinas microbianas, como la del tétanos o la de la difteria, que han perdido su toxicidad. Otras presentan subunidades o fragmentos del microorganismo (antígenos) capaces de estimular las defensas. Las vacunas recombinantes, como la vacuna contra la hepatitis B, se obtienen por ingeniería genética. Estas vacunas son más seguras pero su efecto es más débil y son necesarias varias dosis para una buena inmunización. Se están desarrollando vacunas conjugadas contra las meningitis o las neumonías que incluyen adyuvantes para potenciar su acción inmunoestimuladora y vacunas de ácidos nucleicos que permiten la producción de proteínas inmunizantes cuando se inyectan en el músculo o la piel. El conocimiento del genoma de un número creciente de microbios está permitiendo la creación de vacunas por vacunología inversa. Estas vacunas estarían basadas en las propiedades de las proteínas que se pueden predecir a partir de secuencias génicas conocidas. Así se están diseñando vacunas contra la meningitis, la caries, el paludismo, el sida o el herpes. Para estas enfermedades el fin que se persigue es doble, tanto protector como terapéutico.

La vacuna ideal sería aquella que pudiese ser ingerida (comestible), aplicada a la piel (parche) o inhalada (aerosoles) en lugar de inyectarse. Estas vacunas indoloras sustituirían a las más de veinte inyecciones que una persona puede recibir durante su vida. Se evitaría el miedo que nos producen las inyecciones y se estimularían tanto las defensas inmunitarias de las mucosas cutánea, respiratoria y digestiva, como las sistémicas contra estas enfermedades. Hay estudios prometedores con plantas y frutas (arroz, trigo, plátano, etc.) que mediante ingeniería genética pueden producir grandes cantidades de antígenos. Sus gruesas paredes resisten el efecto degradante de los ácidos gástricos y las sales biliares durante su paso por el aparato digestivo, permitiendo la liberación de los antígenos inmunoestimuladores en el intestino. Estas vacunas comestibles serían muy eficaces para combatir las enfermedades diarreicas que causan una alta mortalidad infantil.

Otras propiedades ideales de las vacunas son que inmunicen con una sola dosis, que sean estables sin refrigeración (sin cadena de frío), económicas y disponibles para todos. Sin embargo, aún no tenemos vacunas eficaces contra las tres infecciones que causan más enfermedad y muerte en nuestro mundo, paludismo (malaria), tuberculosis y sida, aunque se encuentran en estudio experimental vacunas contra más de cien enfermedades. Entre los retos futuros están el diseño de vacunas personalizadas, el desarrollo de vacunas contra enfermedades no contagiosas: cáncer (de colon, mama o próstata), adicciones a drogas (cocaína) o contra algunas enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer).

Imagen realizada por Tania Quindós GonzálezLas vacunas todavía no son perfectas y todas tienen algún efecto desagradable, bien porque provocan una pequeña molestia si son inyectadas o un ligero malestar general a veces acompañado de fiebre. Algunos efectos secundarios pueden ser graves, incluso en los peores casos, se puede producir una muerte por cada millón de vacunados. Muchos padres de los países económicamente ricos no somos conscientes de los millones de muertes que impiden las vacunas ni de los sufrimientos de los niños que padecen tos ferina, difteria, poliomielitis o sarampión. Tendemos a considerar que el riesgo de estas enfermedades es bajo y el descuido o desidia en la vacunación sistemática de los niños es una amenaza seria. Aumentan los niños y adultos que padecen enfermedades prevenibles con la vacunación, como el sarampión, la difteria o la poliomielitis, que pueden causarles secuelas graves e incluso la muerte. A pesar de las falacias en las que se basan los movimientos antivacunas y el eco mediático que les acompaña, está ampliamente demostrado que todas las vacunas aportan muchísimos más beneficios que perjuicios y son infinitamente más seguras para las personas que se vacunan que padecer las enfermedades contra las que protegen. Ninguna vacuna tiene relación con el autismo u otras enfermedades con las que algunas personas con pocos escrúpulos las han querido relacionar, como han demostrado múltiples estudios de gran magnitud, seriedad y rigor científico. Como se le atribuye a Hipócrates de Cos «Ciencia y opinión son importantes: la primera genera conocimiento, la segunda ignorancia». Los movimientos antivacunas se basan en opiniones, creencias y malentendidos, pero no en hechos científicos y el daño que causan es inmenso e impredecible. Creo que es un deber importante de todos los científicos fomentar la vacunación y subrayar la importancia y los beneficios que se consiguen con estas para nuestra sociedad.

Lecturas recomendadas:

La utilidad de las vacunas y el incomprensible movimiento antivacunas

Mundo Micro 45: Vacunas, movimientos antivacunas y epidemia de sarampión

Mundo Micro 20: Microbiota y eficacia de las vacunas

Vacunas: herramientas imprescindibles contra las enfermedades infecciosas graves

Las vacunas y la protección de la sociedad frente a las enfermedades infecciosas (inmunidad de manada o de rebaño)

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Guillermo Quindós Andrés
Guillermo Quindós Andrés

Catedrático de Microbiología y Director del Departamento de Inmunología, Microbiología y Parasitología, en la Facultad de Medicina y Enfermería de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU). Su actividad investigadora se centra en el estudio de la patogenia, diagnóstico, tratamiento y prevención de las infecciones humanas, principalmente de las candidiasis y otras micosis. Es Director ejecutivo de la Revista Iberoamericana de Micología desde 1993, preside la Asociación Iberoamericana de Micología Médica desde 2019 y ha presidido la Asociación Española de Micología desde 2008 hasta 2016. Colabora desde 2011 en el espacio Mundo Micro del programa de Radio Euskadi La Mecánica del Caracol, dirigido por Eva Caballero Domínguez.


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Las relaciones ancestrales entre los microorganismos y los seres humanos son complejas. Su contribución al mantenimiento de los ecosistemas es esencial pero los microorganismos patógenos muestran su lado tenebroso como causas importantes de enfermedad y sufrimiento.

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