Luciérnagas en Ochanomizu (Kobayashi Kiyochika)

La comunicación es algo tan fundamental en la ecología de una especie que ha sido un tema central de las ciencias naturales desde sus más profundos orígenes. Cualquier cazador tiene que saber reconocer cantos y olores de sus presas si quiere volver a casa con la cena, así que más importante que saber afilar la lanza es afinar la vista, el olfato y el oído, para poder captar las señales que los miembros de otras especies se intercambian a la hora de relacionarse entre sí. El cazador paleolítico era especialista en comunicación animal, antes de ser hombre de armas. Así que no es de extrañar que, cuando la curiosidad hacia la naturaleza se hizo ciencia, la comunicación ya era un tema que había desatado interés y conocimiento, y los zoólogos se tiraron a la piscina con todo el afán del saber. Lo que encontraron fue un mundo complejo y maravilloso, que todavía hoy en día no deja de sorprendernos. Una piedra angular de este viaje hermoso e infinito fue el premio Nobel a Konrad Lorenz, Karl von Frisch y Niko Tinbergen, en 1973. Oficialmente era un premio para la medicina, pero en realidad celebraba el triunfo de la etología, disciplina que es sin duda alguna la reina incuestionable de los estudios en comunicación animal.

En general, viene bien distinguir los elementos que sirven para comunicar con individuos de la misma especie (comunicación intra-específica) y los que sirven para comunicar con individuos de especies diferentes (comunicación inter-específica). Aun así, los recursos anatómicos y del comportamiento que se usan para lanzar señales sirven un poco para todo, porque en evolución hay que ahorrar, y entonces a menudo los mismos recursos se reutilizan para necesidades diferentes. Sin embargo, a lo mejor otra clasificación de las señales asociadas a la comunicación podría ser la intensidad con la que el mensaje se transmite. Porque claro, en la comunicación hay un emisor de una señal, una señal, y un receptor de esta señal, con lo cual un rasgo fundamental es la posibilidad de que esta señal sea recibida o, al revés, pueda pasar desapercibida. Así bien podemos distinguir señales muy llamativas y ostentosas, y señales más moderadas y sobrias.

Las primeras son las que más llaman la atención, y es fácil dar con ellas. A veces se usan colores chillones, gritos molestos u otros elementos teatrales para espantar a un posible enemigo, defender un territorio de posibles competidores, o atraer parejas. A veces estos mismos recursos se usan para fingir ser lo que uno no es, como en los muchos casos de mimetismo en que una especie que no es peligrosa en absoluto se tiñe de colores agresivos y esperpénticos (coloración aposemática) para aparentar serlo. En estos casos, a menudo se simulan los patrones cromáticos de otras especies que son peligrosas de verdad, y que procuran sensibilizar a los depredadores con dolorosas picaduras o penosas nauseas. Los casos quizás más comunes son los muchos dípteros (moscas) y coleópteros que se visten con los colores de los himenópteros (abejas y avispas) para que se les deje en paz.

Desde luego no es oro todo lo que reluce. Las luciérnagas se atraen con sus señales lumínicas (el nombre de la familia, Lampyridae, tiene en su misma etimología la huella del relámpago), que son típicas de cada especie. Ahora bien, en algunos casos, las hembras de una especie simulan el patrón lumínico de otra, para atraer a sus machos y zampárselos de un bocado. Cambiando la frecuencia de la señal, alternan con alegría sexo y comida a expensas de estos desafortunados pretendientes que, lanzándose en un arrebato de pasión y de fogosidad, traspasan la desdichada frontera entre amor y muerte. El canto de las sirenas nunca falla, y no hace prisioneros.

Todas estas formas de comunicación, como hemos dicho, son vistosas y solemnes, porque tienen precisamente el objetivo de alcanzar cuantos más individuos sea posible. Pero luego hay señales que, sin embargo, pasan casi inadvertidas. Tienen que pasar desapercibidas, porque por ejemplo puede no interesar que todo el mundo se entere del mensaje. Es como un diálogo encriptado, silencioso, solo para pocos, para comunicarse sin que se den cuenta los vecinos. Por ejemplo, hay colores que no todos los animales pueden ver, porque están fuera de la gama cromática que perciben sus retinas, y entonces vienen bien para lucir en la sombra, para cautivar sin aparentar. Son colores que pueden ver solo algunos, y apreciar pocos, así que permiten comunicar en una banda sensorial privada y silenciosa para los demás. Un caso evidente de que la belleza está en los ojos del que mira.

Quizás las señales más crípticas de todas son las olfativas. Esas feromonas que viajan por kilómetros, sin que nadie se entere. Para poder olerlas hay que tener no solamente cierta sensibilidad a cantidades mínimas de moléculas, sino además hay que estar equipados con los descodificadores apropiados para poder cazarlas y activar así una respuesta perceptiva. Insectos y mamíferos se embriagan de estas poderosas señales olorosas, y su comportamiento cambia drásticamente solo por respirar este aire cargado de intenciones. Los cuerpos hablan. En muchos casos la señal es tan críptica que ni siquiera el receptor se entera. Es decir, se entera su cerebro, pero no se lo cuenta y, de repente y sin saber porque, el individuo se siente diferente, enamorado o enfadado, sin saber la razón de este cambio emocional. Con el olfato esto pasa frecuentemente (incluso en los humanos), pero en realidad es normal que muchas señales alcancen el cerebro pero no la consciencia, entrando silenciosamente a través de los sentidos sin que nos percatemos de que haya ocurrido, porque nuestro sistema nervioso pasa de nosotros y actúa sin consultarnos.

Ahora bien, no hace falta decir que, dentro de los mecanismos de comunicación animal, los humanos destacamos bastante por el nivel asombroso de complejidad, habiendo añadido al repertorio de comunicación dos esferas nuevas e increíblemente potentes como son la cultura en general y el lenguaje en particular. La complejidad de la comunicación suele estar muy correlacionada a la complejidad del sistema social, y aquí estamos nosotros Homo sapiens, con todo un arsenal de herramientas lingüísticas, culturales y sociales que nos hacen destacar – para bien y muchas veces para mal– en la foto de familia de los productos evolutivos. Pero atención, porque estos nuevos fantásticos recursos comunicativos se añaden a los viejos, no los sustituyen. Seguimos siendo primates, seguimos siendo mamíferos gregarios. Seguimos emitiendo señales no verbales, y muchos olores. Cuántas veces usamos una prenda coloreada y esperpéntica para que se nos vea, para que una pareja se fije en nosotros, para que los amigos nos reconozcan un rango social, o para que la comunidad nos tenga respeto. Adornos, maquillajes y peinados aposemáticos, para notificar a bombo y platillo un cierto carácter, a veces real, a veces simulado, para que el resto del ecosistema humano sepa quiénes somos, quiénes pensamos ser, o quiénes queremos representar. El escudo de un equipo de fútbol, la bandera de un partido o una marca de zapato se vuelven señal intra-específica, para atraer a los pares y alejar a los disímiles, buscando la protección de una tribu.

Irenäus Eibl-Eibesfeldt siguió las huellas de su maestro, Konrad Lorenz, y aplicó al ser humano los principios de la etología, descubriendo que hay comportamientos universales que no dependen de la cultura, y que por ende tienen que ser parte de programas profundos escritos en millones de años de evolución biológica y selección natural. Y también en nuestro caso, como para los demás animales, hay señales exageradas y gritonas, orugas venenosas y luciérnagas asesinas, alaridos de alerta y alaridos de pasión. Pero hay también formas de comunicación más sutiles, más íntimas, más profundas, de esas que pasan desapercibidas a los demás, y exploran el éter llevando consigo sus mensajes silenciosos, destinados a unos pocos. De hecho, las señales más ostentosas sirven dentro de los grandes rebaños, en la convulsión de la manada, cuando hay mucho jaleo y la confusión no permite vivir una identidad suave e independiente, propia y profunda. Banderas, escudos y camisetas funcionan para flotar rústicamente en la multitud, apaciguando los ánimos en el alboroto de las agresivas y espasmódicas dinámicas sociales. Pero luego, a la hora de tener que decir realmente quién eres, lo de aullar en una fiesta o ponerte un zapato bonito no es suficiente. Y es necesario entrar en una esfera de comunicación distinta, ya más selecta y sosegada, que permita trasmitir los matices que hacen la diferencia, que permita adentrarse más allá de las señales epidérmicas, y que ponga en contacto solo los que comparten ciertos tipos de receptores. Atención a la diferencia sustancial. En el caso de las señales vistosas, la señal llega a todos, y luego cada uno decidirá qué hacer con ella. Cierta afinidad será entonces el resultado de una criba posterior a la recepción del mensaje. En el caso de las señales silenciosas, sin embargo, la señal llega solo a quien puede recibirla, y por ende el reconocimiento de cierta afinidad será el resultado de una criba anterior a la recepción. Ser capaz de recibir el mensaje es, por sí mismo, índice de afinidad.

Estos mecanismos sutiles de comunicación representan un nivel de individualidad que permite la expresión sincera de lo que somos, y nos permiten interactuar de una forma sana y consciente con nuestro entorno social. Una pena que, demasiadas veces, nos quedamos con las banderas y con los chillidos, y ni siquiera sabemos que existe otro modo, otro nivel más completo y profundo. Tampoco nuestra sociedad se esfuerza mucho para contárnoslo, y para enseñarnos a desarrollar esta alternativa. Y si este nivel más profundo viene bien a cualquiera, sus mecanismos son todavía mucho más necesarios a los que, en lugar de vivir en el centro de la nube social, se mueven en su periferia como satélites, a través de una forma diferente de sentir o de razonar. No somos todos iguales, sobre todo a nivel mental y cognitivo, y la capacidad de integración depende de lo diferentes que somos de una multitud que, para bien o para mal, dicta las reglas y las pautas de la vida comunitaria. Quien se mueve al margen de la muchedumbre sufre una distancia de los esquemas compartidos, que muchas veces genera incomunicabilidad porque los códigos son demasiado diferentes, a veces hasta incompatibles. Además, un satélite tiene a su alrededor una población de símiles más reducida, e incluso los que muestran cierta similitud entre ellos siguen siendo bastante diferentes. Así que, cuanto más pronunciada es la distancia cognitiva, cultural y social desde la multitud, más importantes son las señales finas para poder llegar a posibles interlocutores. En el espacio enrarecido y disperso del desigual, las banderas y los rugidos no sirven, porque solo pueden llevar consigo un mensaje pobre y de muy corto alcance. Sin embargo, hay ondas imperceptibles que pueden cruzar distancias extraordinarias. Gestos, miradas, frases y silencios que, sin dejarse notar, recorren espacio y tiempo, buscando a los que sean capaces de recibirlos. Y que, como feromonas mentales, pueden llegar muy lejos.

 

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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