Los Caprichos - Francisco de Goya (1799)

Los grandes simios, como los pájaros, duermen en nidos. Parece raro, y es algo que suele quedarse fuera del imaginario colectivo sobre estos primates, pero es así: construyen en la vegetación y en las ramas de sus intricadas selvas pluviales grandes nidos de hojas donde descansar, al llegar la noche, apartados de los peligros y de la incomodidad del suelo. Los australopitecos, homínidos extintos desde hace unos dos millones de años, probablemente hacían algo parecido. Es verdad que habitaban un ecosistema más pobre de árboles, y que se les daba bastante bien caminar bípedos sobre sus piernas, más rectas y poderosas que las de un chimpancé, pero su anatomía sugiere que seguían teniendo una locomoción –y, por ende, un estilo de vida– bastante generalista, o sea poco especializada y todavía muy relacionada con suspensión y braquiación. Sus brazos eran más largos y sus dedos más arqueados, y además la estructura de su oído interno era muy similar a la de los grandes simios actuales. El oído interno se encarga del equilibro y de la postura, con lo cual se puede pensar que su forma de desplazarse se parecía más a la de un orangután que a la nuestra. Así pues, a falta de evidencia contraria, podemos pensar que, con toda probabilidad, también dormían en nidos. Con el género humano (Homo) cambian muchas cosas, entre ellas la locomoción y la postura, que se vuelve obligatoriamente bípeda y erguida. A pesar de la iconografía engañosa y superficial que sigue presentando este cambio como gradual y progresivo, no tenemos pruebas de que haya sido así, y ya desde hace décadas contamos con mucha información para pensar que la evolución del bipedismo fue parte de un paquete evolutivo relativamente rápido y discreto: los primeros humanos, hace unos dos millones de años, que probablemente pertenecían a la especie Homo ergaster, eran bípedos tal como nosotros. Por todas estas razones, Fred Coolidge, un psiquiatra que ha trabajado mucho en evolución humana, propuso hace unos cuantos años que precisamente en ese momento es cuando tiene que haber evolucionado nuestro peculiar y extraño patrón de sueño.

Los humanos tenemos un sueño muy particular, con etapas fisiológicas muy bien determinadas, lo cual sugiere que la selección ha obrado para favorecer todo ello, por razones que desconocemos. Del sueño sabemos mucho, pero no queda tan clara su función. Sabemos que sin dormir uno se muere, con lo cual tiene que ser importante. La falta de sueño está asociada a un largo listado de desgracias y enfermedades, que incluye infartos o demencias, y entonces deducimos que en aquellas horas de aparente ausencia tiene que pasar algo sustancial para nuestra salud. Considerando que una de nuestras características más notorias es este cerebro tan grande y complejo que tenemos, sospechamos que por ahí van los tiros. Recientemente, a las muchas teorías e hipótesis acerca de las funciones del sueño, se ha añadido una muy interesante: durante el sueño puede que se «limpie» el cerebro, gracias a una red de desagüe celular que actúa como un sistema linfático de depuración (que, estando formado por células de la glía, se llama sistema glinfático). En fin, se supone que las etapas del sueño son necesarias para el mantenimiento de nuestro cerebro y de nuestras funciones cognitivas, y puede que su origen se enlace con el bipedismo, por una sencilla razón: las fases más complejas y delicadas del sueño implican una parálisis total del cuerpo. Algo que uno no se puede permitir si duerme en un nido encima de un árbol. En estas fases se quedan activos prácticamente solo los músculos oculares (de ahí el nombre de la famosa fase REM, Rapid Eye Movement, en inglés, o sea un sueño asociado a movimientos oculares rápidos) y el diafragma (para respirar), con lo cual Coolidge propuso que solo con el bipedismo obligado y un sueño firme en el suelo ha sido posible evolucionar nuestro peculiar patrón de sueño humano. Tampoco hay que pensar que dormir en el suelo garantice un sueño libre de preocupaciones, y hay que considerar que para un cazador-recolector el sueño no es tan despreocupado como para los que dormimos en un colchón seguro y acogedor. De hecho, es probable que el patrón de sueño, con sus ritmos e interrupciones, haya sido muy distinto en las diferentes épocas de la historia y de la prehistoria humana. Pero sin duda el cambio radical (y gravitacional) del nido arborícola a la cabaña tiene que haber tenido una influencia sustancial en nuestra biología nocturna. La hipótesis de Coolidge es probablemente difícil de testar, pero sensata, y sugerente.

El sueño y los sueños han caracterizado a los humanos no solo a nivel fisiológico, sino también etnológico, y no ha existido cultura que no haya otorgado a los sueños un papel ritual, mágico, religioso, o psicoanalítico. En este sentido, es curioso que en español, al contrario que en otros idiomas, no se ha sentido la necesidad de forjar palabras distintas para el acto de dormir (el sueño) y las visiones oníricas (los sueños), lo cual genera cierta confusión lexical entre el proceso y el producto. El sueño y los sueños son algo tan enraizado en nuestra concepción de la vida y en nuestra sociedad que no lo cuestionamos, lo aceptamos sin más, incluyéndolo en el marco biológico (nuestros ritmos circadianos) y simbólico (su significado) de nuestra existencia, sin notar que hablamos de un fenómeno, en muchos aspectos, absurdo. Esta aceptación nos lleva a soñar, por decirlo así, pasivamente, o sea aceptando el sueño y los sueños como algo automático, en su pauta (duermo cuando tengo sueño) y contenidos (sueño lo que surge, según dinámicas desconocidas). Pero claro, siendo algo tan importante, y que además puede ocupar hasta un tercio de nuestra vida, no parece sensato dejar que esta programación sea totalmente automática, y no tener voz ni voto en este asunto.

A nivel orgánico (el sueño), hay poco que decir: a pesar de lo importante que es para la salud, pocos (o muy pocos) cuidan su sueño. En una sociedad compulsiva y convulsiva como la nuestra, dormir se interpreta como una pérdida de tiempo, o como un lujo, y pocos (o muy pocos) se comprometen para tener una higiene del sueño decente, que pueda garantizar ritmos y condiciones saludables. La mayoría de las personas duermen cuando pueden y como pueden, dedicando al sueño un mínimo necesario que, generalmente, no basta.

A nivel psíquico (los sueños), nos conformamos con lo que trae la noche, historias absurdas y desconectadas que siguen hilos perdidos entre el azar y el subconsciente, batuqueándonos entre confusión y maravilla, placer y miedo, emociones y recuerdos, en cortometrajes oníricos que, en general, olvidaremos ya después del primer café del día siguiente. Sin embargo, desde siempre se ha sabido que los sueños, en parte y con el debido entrenamiento, se pueden controlar, o por lo menos vivir (y disfrutar) conscientemente. En los sueños lúcidos, más allá del grado de control que un sujeto puede tener sobre los contenidos del sueño, somos conscientes de estar en un sueño, y por ende tenemos la posibilidad de actuar consecuentemente, con todas las ventajas de esta circunstancia. Hay muchas técnicas que se entrenan y desarrollan para aumentar la probabilidad de lograr y mantener la lucidez durante un sueño, y muchas de ellas tienen un aval empírico y científico. La capacidad de tener sueños lucidos varía muchísimo de una persona a otra, y los «onironautas» que se dedican a ello aprenden a aprovechar su tiempo de sueño con objetivos muy dispares, que incluyen experiencias fantásticas (volar es generalmente el primer impulso de todo ser humano soñador), sexo, entrenamiento deportivo extremo, experiencias personales y emotivas, creatividad artística, o meditación profunda. Durante el sueño lúcido, la experiencia puede ser increíblemente real, y los sentidos pueden restituir sensaciones tan efectivas como en la vigilia. Lo cual nos hace entender que la sensación de «borroso» que generalmente relacionamos con los sueños está más bien asociada al recuerdo del sueño, y no al sueño mismo. Aquella borrosidad es la misma que tenemos si pensamos en lo que hicimos la semana pasada o incluso ayer, pero en el caso de los recuerdos reales la achacamos a la memoria, mientras que en el caso de los sueños pensamos que así es como los hemos vivido. Sin embargo, las experiencias de sueños lúcidos nos demuestran que no es este el caso y que, teniendo que soñar todas las noches, no viene mal poder ser partícipes de algo tan personal como maravilloso.

Ahora bien, para poder disfrutar de un sueño con lucidez antes que nada hay que reconocer que estás en un sueño, y aquí viene el nudo de la cuestión. Muchas de las técnicas para propiciar sueños lúcidos se basan en aumentar la probabilidad de «descubrir» que estás en un sueño y, acto seguido, tomar las riendas de la situación. Este paso es necesario por una razón que, una vez más, damos por normal, cuando sin embargo es absurda: en los sueños, no creemos que estamos en un sueño. Este detalle, que parece una perogrullada, no lo es en absoluto. El ser humano, que desde su humilde posición se ha autonombrado sapiens, y que farda de increíbles proezas intelectuales y asombrosas habilidades cognitivas, cuando sueña se lo traga todo, sin cuestionarse nada. Ves a un dragón atacándote, huyes de hordas de monstruos, vuelas entre valles y montañas, encuentras a tus muertos, hablas con las bestias, cruzas el tiempo y el espacio, y te parece todo perfectamente normal. Lo de siempre. Viajas de un escenario a otro aparentemente sin un hilo, sin una conexión lógica o cronológica, sin una continuidad, y quebrando todas las leyes de la física, y no te entra la mínima duda de que esto pueda ser un sueño. Y lo más absurdo de todo es, precisamente, que todo esto no nos parezca absurdo. O sea, nos parece normal que, en el sueño, perdamos cualquier capacidad de juicio. Damos por sentado que esto es lo normal, porque es tan habitual que no nos cuestionamos su rareza.

Las ciencias cognitivas achacan esta locura momentánea a un apagón de la corteza frontal, en particular en aquellas regiones que están implicadas en aspectos del sistema ejecutivo (atención y decisión) y, por ende, tienen un rol crucial en la consciencia. Todo el cerebro funciona bastante bien, menos estas áreas, un pequeño corte en el funcionamiento de unas regiones muy pero que muy localizadas, que nos lleva a creernos lo que sea. Ciertamente no es solo cuestión de teoría, sino también de evidencia experimental, porque hay cientos de estudios que analizan el metabolismo y la activación cerebral durante las etapas del sueño, y que confirman una escasa activación de estas regiones del cerebro. Pero la evidencia orgánica nos deja todavía con muchas preguntas. Más allá de la función fisiológica del sueño como ajuste metabólico, ¿por qué se habría evolucionado una fase donde imaginamos cosas absurdas y nos las creemos sin más? ¿Cómo es posible que sencillamente apagando una pequeña región del cerebro sigo siendo yo, pero soy incapaz de sorprenderme cuando pasa algo tan irracional?

Soñar no es algo normal. Es una anomalía inexplicada a nivel filogenético, quizá vinculada a nuestra naturaleza de simios cabezudos y terrícolas, y a nivel cognitivo, causada por una condición cerebral muy peculiar en la que todo el cerebro está activo y perceptivo, menos las áreas implicadas en el movimiento y en la detección de incoherencias. Mantener la consciencia y el raciocinio en los sueños es algo que depende de muchos factores individuales, que probablemente se enlazan con la particular combinación de características cognitivas de cada uno. No es de extrañar que la meditación y la capacidad de mantener la atención en el momento presente puedan aportar mucho, en este sentido. Por un lado, el control atencional que se entrena con la práctica meditativa es crucial a la hora de alcanzar y mantener la lucidez en un sueño. Al mismo tiempo, parece que el «despertar» asociado a la meditación no sea solo cognitivo, cultural y espiritual, sino también nocturno, porque los cambios psicológicos y fisiológicos asociados a la meditación a largo plazo pueden mejorar la calidad del sueño y a la vez reducir el tiempo necesario de descanso.

Conocer las dinámicas del sueño e intentar controlar este programa aparentemente automático puede revelarse como una gran ventaja, aunque todavía no queda claro hasta qué punto conviene trastocar un proceso que es natural, sobre todo considerando que desconocemos sus funciones. Sea como fuere, más allá de las hipótesis evolutivas, de las cuestiones asociadas a la salud y de las placenteras ventajas de los sueños lúcidos, esta frontera borrosa entre percepción y realidad nos deja con una profunda duda solipsista. La dimensión incógnita del sueño hace patente que nuestro mundo, tal como lo conocemos, depende casi integralmente de cómo nuestra mente lo percibe y, retroactivamente, lo genera. Lo cual nos hace cuestionar muchos aspectos de nuestra existencia. Hasta dónde llegan estas preguntas es parte de un recorrido personal, así como personales serán todas las respuestas que seremos capaces de encontrar, las que decidiremos aceptar, y las que, sin embargo, decidiremos ignorar. Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. ¿O no?

 

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Recientemente, la editorial Kairós ha publicado un libro de Javier García Campayo muy completo sobre los sueños lúcidos, y sobre las técnicas que se usan para desarrollarlos. También la literatura científica sobre este tema está claramente en aumento. Carmen Cremades, como siempre, ha aportado muchos consejos y comentarios a la preparación de este artículo, incluso la nota sobre el apetitoso libro de Daniel Everett.

 

 

 

 

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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