Quimera de homínidos mezclando las reconstrucciones excepcionales de los hermanos Kennis (http://www.kenniskennis.com)Clasificar es un requisito primario, una obligación preliminar al análisis y, desde luego, una necesidad formal y convencional ineludible de la comunicación. El polifacético Henri Poincaré observó que más que los objetos lo que podemos conocer (y que realmente nos deberían interesar) son las relaciones entre ellos. Para evaluar estas relaciones, claro está, antes hay que definir los objetos: para estudiar una red hay que aclarar cuáles son sus nudos. Y los que lidian con las elusivas y fantasiosas variaciones de la naturaleza saben que estos objetos son muy difíciles de definir y de identificar como unidades funcionales de la evolución. Carlos Linneo fue, en el siglo dieciocho, quien más aporto históricamente a este debate en nuestra cultura occidental, estableciendo un método de nomenclatura en latín que pudiese poner orden entre formas y variedades. Se creó una estructura jerárquica por niveles y por ramas, con grandes grupos generales que incluyen grupos siempre más pequeños y más específicos. Hasta aquí todo bien, pero los problemas llegaron a la hora de decidir los criterios para asignar cada grupo a este o a otro de los muchos compartimientos. Sí, porque algunos prefieren poner en sus armarios calcetines y calzoncillos en cajones separados, mientras que otros organizan prendas y estanterías más en función del color o de la temporada. Y como siempre, todos piensan que su método es el mejor, o hasta el único sensato.

La taxonomía es la disciplina que organiza la nomenclatura biológica y sus reglas, y la sistemática es la disciplina que organiza los rangos y niveles taxonómicos. Son campos de batalla donde los guerreros nunca se cansan de arrojarse fósiles, genes, proteínas, y toda clase de material orgánico útil para poder afirmar que una clasificación es más adecuada que otra. En los últimos años los ordenadores y la estadística computarizada han llevado estas guerras hacia trincheras digitales, donde se utilizan algoritmos y criterios numéricos para atacar y defender posiciones. Los dos bandos históricos están representados por los que clasifican por modelo biológico (escuela fenética) y los que clasifican por proceso evolutivo (escuela cladística). Evidentemente ambas aproximaciones tienen ventajas y desventajas, en función de los objetivos, de las informaciones disponibles, y de los casos específicos que suelen presentar todo tipo de problemas y de excepciones. Una aproximación demasiado estricta en un sentido u otro suele acabar en berenjenales imposibles de desenredar, generando categorías muy poco útiles a la hora de utilizarlas para describir los procesos naturales. Probablemente el problema principal de estas guerras sinfín es que se suele olvidar que la nomenclatura no es el objetivo, sino la herramienta. La nomenclatura es el medio, y no la meta. La nomenclatura no corresponde a una contraparte real, no describe "una verdad", sino es una convención que utilizamos para intentar poner orden, y poder comunicarnos entre nosotros a través de un lenguaje común suficientemente eficaz.

Entre todos los niveles de las jerarquías taxonómicas, se da por hecho que el ladrillo intocable y sagrado es el nivel de la especie, verdadera unidad funcional del proceso evolutivo. Muchos se quedan sorprendidos al saber que llevamos siglos sin llegar a un acuerdo o a una perspectiva común en este sentido. Hay tantas definiciones sobre que es una especie como científicos que se han metido en este asunto. Hasta la famosa barrera reproductiva, supuesto bastión indiscutible de los principios darwinianos, parece que no aguanta lo suficiente como para dejar un marco teórico limpio y sin sombras. Hay grupos zoológicos donde la barrera reproductiva no es biológica, sino geográfica o hasta temporal, y otros que sencillamente pasan exitosamente de ella a pesar de una notable distancia evolutiva y biológica entre ellos. Ya desde hace décadas, las teorías genéticas han sugerido que la población puede ser más relevante que la especie en las dinámicas evolutivas, pero esto tampoco ayuda mucho a la hora de separar y clasificar grupos.

En campos como la botánica el problema se toma en serio solo hasta cierto punto, porque ahí los límites son más patentes, y las mezclas son la norma. Pero en zoología las cicatrices siguen siendo profundas y bien visibles, y muchos dedican todos sus esfuerzos a esta u otra cruzada taxonómica. Algunos por ideología, otros, rotundamente, por negocio. Sí, porque toda guerra siempre lleva un mercado dentro, con clientes y compradores, y siempre hay quien sabe aprovecharlo. De hecho, más allá de su significado funcional y analítico, un nombre lleva en sí una historia. Un nombre es necesario para contar una historia, para visualizar los actores de esta historia con sus caras y con sus formas, con su pasado y con su futuro. Un nombre es memoria, es homenaje y recuerdo, es ceremonia y ritual. Los romanos pensaban que en el nombre de las personas estaba escrito su futuro, un nombre un destino: nomen omen. Y si el nivel de especie tiene que ser el ladrillo de la evolución, entonces los nombres específicos tienen que revelar sus secretos.

A veces los nombres específicos se asocian a algún carácter biológico de la especie que se intenta describir (el color u otro rasgo visible), otras veces a su caracterización geográfica. Decisiones arriesgadas cuando luego se descubre que la especie tiene cierta variabilidad para aquel carácter o que no está solamente en aquel lugar de su descripción originaria. Sí, porque todo esto conlleva registros oficiales, reglas y leyes, patentes, burocracia, y una larga serie de relaciones institucionales, con lo cual una vez puesta la etiqueta no es nada fácil cambiar de opinión y dar marcha atrás. En otros casos el nombre específico se dedica a alguien importante para la vida profesional o personal de quien describe el grupo zoológico, o a menudo se utilizan palabras que esconden, en idiomas más o menos conocidos, esperanzas o conjeturas asociadas a aquella supuesta especie.

Cuando se habla de evolución humana, a menudo los nombres han reflejado previsiones algo subjetivas. Homo habilis se nombró en función de su supuesta capacidad para manipular objetos, aunque su asociación con herramientas líticas nunca ha sido cierta. Para hacer la cosa más sesgada, se utilizó su capacidad craneal para definir los límites del tamaño cerebral del género humano, utilizando las supuestas conclusiones para validar los datos, en lugar de usar los datos para llegar a conclusiones. Homo heidelbergensis se nombró por su asociación geográfica con Europa central (la ciudad alemana de Heidelberg), y ahora se está evaluando su presencia en África y hasta en Asia. Y no hace falta recordar que nos hemos humildemente llamado a nosotros mismos Homo sapiens para fardar de listos. Pero en paleontología, más allá de prejuicios y prisas en etiquetar fósiles, hay un problema principal muy básico: se sabe de sobra que la anatomía de los huesos no es un indicador fiable del nivel de especie, ya que puede ser muy variable dentro del mismo grupo o, al revés, a veces presenta pocas diferencias en grupos distintos.

Está claro que los nombres, más allá de su utilidad comunicativa, son una herramienta que nuestra cultura utiliza para orientar e influenciar la percepción de la diversidad, es decir no solo para comunicar conceptos sino también para moldearlos. Sobre todo, si lo que se está vendiendo es una historia, el nombre tiene que formar parte de ella, tiene que ser parte del cuento. Si no hay nombre, no hay historia, si no hay historia, no hay negocio.

En ecología, hay decisiones taxonómicas que pueden influir en temas de gestión ambiental o de legislación sobre fauna y flora. En ciencias ambientales y agronómicas pueden tener repercusiones a nivel productivo y comercial. En microbiología o en campos farmacéuticos hay cuestiones de patentes y de licencias. En paleontología (sobre todo cuando los fósiles son humanos), las especulaciones taxonómicas son la clave para acceder a los medios de comunicación, para llamar la atención del público, y de paso para pedir financiaciones y argumentar gastos. Todo esto revela un mundo, detrás del debate evolutivo y filogenético, que no siempre sigue las reglas de la ciencia. Hay especies que se usan como excusa para salvaguardar ecosistemas, y otras que se utilizan como pretexto para tutelar privilegios. Como siempre, a veces el fin justifica los medios, y a veces menos.

La taxonomía es una herramienta, y como toda herramienta no es buena ni mala, dependiendo su uso de la mano que la controla. Intentamos buscar los secretos de las especies en el nombre que llevan, pero muchas veces su verdadero destino se encuentra más bien en los nombres de quienes la han nombrado.

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Os invito a leer este artículo del Museo de la Evolución Humana sobre el concepto de especie en paleoantropología. También hay un breve post del Museo de Historia Natural López de Mendoza. A nivel más técnico, hay esta review sobre el concepto de especie en antropología evolutiva.

  

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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