El famoso combate entre Cassius Clay y Brian London en 1966.
Ya desde hace mucho tiempo veneramos el cerebro como centro de gravedad de nuestra mente, y de nuestras increíbles capacidades de analizar, entender y solucionar el mundo. A estas alturas, unos cuantos sospechamos que este cerebro sea solo una parte del sistema cognitivo, y que necesite integrarse con el cuerpo y con el ambiente (incluida la tecnología) para generar nuestro complejo proceso mental. Pero desde luego es un elemento crucial, quizás el mismo procesador que, aunque delegue funciones a componentes externos, se encarga de establecer las reglas y las relaciones. Así que merece la atención que se merece, y no acaso es quizás el órgano más complejo, más ignoto y más estudiado de nuestro cuerpo. Ahora bien, sorprende que cuando uno dice «cerebro» automáticamente se piensa solo en uno de sus elementos: las neuronas. Son las supuestas unidades funcionales de la red pensante, pero un cerebro es mucho más que una gigantesca albóndiga de células nerviosas. Hay tejidos muy distintos, desde la abundante y heterogénea glía con sus muchas funciones tan importantes como desconocidas, hasta los conectivos que lo sujetan y lo protegen. Y sobre todo hay sangre, mucha sangre. El sistema vascular del cerebro es increíblemente complejo y alcanza cada milímetro de la cavidad endocraneal, aportando oxigeno, nutrientes y defensas a todas las células, limpiando y regulando los tejidos, sujetando la arquitectura blanda de la masa cerebral como un esqueleto hidrostático y, finamente, regulando la temperatura de toda la cavidad endocraneal, continuamente en riesgo de un excesivo y peligroso calentamiento de sus componentes. Es curioso entonces que, con la importancia que damos al cerebro en nuestra vida y en nuestra evolución, todavía sigamos sin tener mucha información sobre su sistema vascular. Y todo ello aun sabiendo la importancia de estos vasos en las patologías cerebrales, agudas y crónicas. O sabiendo que, por lo menos, si analizamos las huellas de arterías y venas en los fósiles, solo nuestra especie, Homo sapiens, presenta una compleja red de vasos en la cavidad craneal, mientras que los demás homínidos (incluso el cabezudo neandertal) solo tenían unos pocos vasos, y además escasamente conectados entre sí.

Desde luego, si desconocemos muchas funciones y características del sistema sanguíneo cerebral tenemos que dar por hecho que probablemente desconocemos también muchas de sus potencialidades y de sus limitaciones. Solo sabemos que, si no funciona el sistema vascular, no funciona el cerebro. El tesoro luce únicamente cuando está sumergido en su liquido mágico. Su correcto funcionamiento está íntimamente vinculado al correcto funcionamiento de su sistema vascular. Ahora bien, cuál sea este vinculo, con precisión, no lo sabemos. Pequeños fallos vasculares pueden comportar tremendas consecuencias a nivel cognitivo y del comportamiento, paralizando el cuerpo o alterando algunas capacidades especificas (como la visión, el lenguaje, el cálculo, la gestión del espacio, la capacidad moral o la toma de decisión), a veces con un efecto más sutil, a veces con un efecto devastador y cruel. Sin embargo, en otros casos, se producen daños muy extensos que sorprendentemente no tienen consecuencias patentes, o que de todas formas implican un déficit nulo o imperceptible. Así que no sabemos bien qué es lo que relaciona el grado de daño vascular con el grado de alteración cerebral o cognitiva. Cada uno de nosotros tiene un patrón de neuronas y de vasos muy personal, y el perjuicio depende de una serie de factores individuales que, por el momento, entendemos solo en parte. A veces estos daños son permanente, y a veces son transitorios, y basta con arreglar o limpiar un poco el desagüe vascular (con una reparación espontanea o bien con un poco de cirugía) para que el sujeto recupere sus funciones y capacidades anteriores.

Esta situación conlleva una consecuencia muy interesante a nivel médico y psicológico: nos enteramos solamente de aquellas variaciones que cambian profundamente las capacidades de una persona. Si el efecto es liviano (el daño es menor y pasa desapercibido) o si no hay cambios en el comportamiento (el defecto viene «de fabrica») no nos enteraremos de que el flujo sanguíneo está influyendo en las capacidades y en los comportamientos de alguien. Puede haber traumas que afecten más o menos sutilmente ciertos aspectos de la personalidad, pero que nadie achacará a un problema circulatorio. O puede darse una degradación gradual y paulatina, que afecte lentamente las capacidades cognitivas sin que se noten saltos patentes. Si las consecuencias alcanzan un grado clínico, alguien sospechará y se harán controles. Pero, si nadie sospecha, el efecto se interpretara como la condición normal de un individuo, etiquetando el efecto como una leve demencia senil si el sujeto es mayor de edad o, si es más joven, como variabilidad individual, atribuyendo su comportamiento a escasa capacidad mnemónica, poca o excesiva locuacidad, misantropía, o simple y llana mala leche. Cualquier aspecto de nuestra personalidad puede ser alterado por defectos vasculares, transitorios o permanentes, hasta el punto de que quizás tendríamos que preguntarnos en qué medida nuestras capacidades cognitivas son el fruto de nuestra red neuronal o de nuestra red vascular. En qué medida somos lo que somos y cómo somos en función de nuestra configuración de neuronas o de nuestra configuración de vasos, ya que estos vasos tienen la responsabilidad (y el poder) de encender y apagar nuestras delicadas regiones corticales. Es decir, quizás hay que valorar con más atención la posibilidad de que el proceso cognitivo sea el resultado de redes neuronales pero también de redes vasculares y, por supuesto, de todas las posibles (y desconocidas) interrelaciones entre estos dos sistemas.

Hay quien opina que detrás de muchos problemas de la personalidad o dificultades funcionales de nuestro organismo se puedan esconder defectos vasculares del cerebro, y hay quien se siente incomodo con esta visión tan mecanicista de nuestros comportamientos, sobre todo reconociendo que nuestra tecnología médica, a pesar de sus increíbles avances, todavía no permite inferencias tan tajantes. Pero la duda resta, así como la sospecha de que informaciones vasculares bien recopiladas puedan resolver situaciones difíciles, y abrir nuevas puertas hacía aspectos inesperados de nuestra biología. Y, más allá de los casos más peliagudos, sería desde luego interesante saber si algunos aspectos de nuestro carácter (incluso defectos y limitaciones) se deben a un mal funcionamiento de nuestras redes vasculares, a raíz de las restricciones de nuestro programa de desarrollo o de un evento perjudicial (ictus, trauma, etc.) pasado desapercibido.

La duda también habría que tenerla en cuenta al considerar factores de riesgos hasta ahora infravalorados. Al fin y al cabo, el cerebro es una masa informe sujetada por la presión sanguínea, y cualquier golpe puede destrozar con cierta facilidad miles de minúsculos capilares, así como algunas de las ramas principales de la red vascular. Su principal protección es externa, es decir los huesos del cráneo, una armadura que funciona muy bien pero que tiene algún inconveniente. En concreto, la cavidad endocraneal está llena de bultos óseos, crestas rígidas y láminas conectivas que aseguran y defienden el cerebro, pero que también lo pueden golpear, herir o desgarrar, si un movimiento es demasiado rápido y llega a desplazar el cerebro dentro de su acorazado baúl. De hecho, muchos estudios con disecciones, modelos y simulaciones evidencian que, cuando el cerebro sufre una aceleración excesiva y se mueve dentro de su cofre craneal, se detectan muchos daños próximos o cerca de estas estructuras duras. Aunque no haya fracturas, un movimiento rápido de la cabeza puede hacer tambalear el encéfalo dentro de su estuche, magullando y lacerando sus tejidos más frágiles, sobre todo los vasos sanguíneos. Una mala caída es un ejemplo patente de aceleración y contusión, pero un golpe de boxeo o de una pelota a gran velocidad, aunque se consideren actividades «normales y aceptables» en nuestra sociedad, pueden tener efectos evidentemente peores. Y, como siempre, si estos efectos son patentes se llama una ambulancia, pero si pasan desapercibidos vuelves a casa exaltado a celebrar la victoria (o enfurruñado por la derrota) sin saber que has tenido una pequeña alteración de tu cableado energético.

Una alteración vascular puede ser transitoria o permanente, generar un cambio repentino o gradual, y desde luego a lo largo de una vida acumulamos muchas de ellas. Unas cuantas se sanan, otras no. En el caso de los boxeadores, el sentido común ha llegado mucho antes de este artículo, y todo el mundo da por hecho que con los años los golpes les aplanan la cordura. En el caso de los jugadores de futbol americano, suena un poco a desfachatez que, después de haberse aprovechado de su beneficiosa carrera, denuncien a las instituciones porque el cerebro se le ha hecho papilla (vamos, que se veía venir a la legua), pero la jugada legal a algunos le ha salido bien porque es una situación fronteriza. No obstante, en muchos otros casos estamos todavía muy lejos de saber cuánto y cómo las actividades de nuestra rutina cotidiana (deporte, alimentación, contaminación, estrés etc.) pueden afectar a nuestro sistema vascular, moldeando sutilmente nuestro carácter y nuestras capacidades cognitivas, día a día, gota a gota.

Los humanos extintos tenían menos vasos sanguíneos en las paredes y en los huesos del cráneo, y probablemente un sistema vascular menos complejo que el nuestro. Tenían muchos menos vasos, y menos conectados entre sí. Nosotros Homo sapiens hemos invertido anatómicamente en nuestra red vascular y, aunque no sabemos por qué, tiene que haber habido una buena razón. Montar un motor más complejo o más potente mejora la prestación, pero tiene un precio: aumenta los riesgos, aumenta la posibilidad de un fallo, aumenta factores y elementos involucrados y, por ende, aumenta la probabilidad de que algo pueda ir mal. Nuestra compleja red vascular es probablemente una clave importante de nuestras capacidades cognitivas, pero es también un punto débil de nuestro potente equipamiento cerebral. Si lo hubieran sabido los neandertales, en lugar de meterse en una competición ecológica, habrían llevado la confrontación directamente entre las cuerdas de un ring, y quizás la historia habría tenido otro final. Aquel combate tal vez se ganó usando un poderoso pero frágil artilugio llamado cerebro, pero ojo, que en la evolución la contienda nunca termina. Y cuando la sangre no fluye en las entrañas de nuestra cordura, acaba derramándose, estúpidamente, en los campos de batalla.

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Haces unos años hemos publicado un par de artículos de revisión sobre los rasgos cráneovasculares en antropología y arqueología, integrando fósiles y medicina. Ahora acabamos de publicar un estudio sobre la distribución de estos caracteres anatómicos en humanos adultos, en particular en dos diferentes poblaciones europeas. Son informaciones útiles en campos distintos como la paleontología y la cirugía, y que revelan todavía una contundente falta de conocimiento en temas de anatomía macroscópica, incluso cuando se trata de nuestra misma especie. Quiero agradecer a Luis Ibarra, Miguel Goñi y Pablo Malo por las charlas que hemos tenido sobre estos temas, fuente de estímulos y de ideas.

 

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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