La magia del cerebro

04/05/2018 16 comentarios
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Nuestro cerebro es una máquina compleja que analiza, considera, soluciona y engaña. Nos miente y nos traiciona, a veces por ingenuidad, a veces, sencillamente, por magia.

Mind Reader (Enkel Dika)Los filósofos y los biólogos llevan siglos debatiendo y peleándose sobre si la realidad existe o no existe, si podemos conocerla o solamente imaginarla. Probablemente sea un debate que no vamos a resolver, pero quizá podemos coincidir en que nuestro cerebro no puede percatarse o procesar esta realidad en su integridad. Con lo cual, no nos queda otra que aceptar que de esta realidad conocemos solo lo que nuestra mente nos permite sondear y analizar. Será solo una parte de toda la información, y posiblemente será una información parcialmente sesgada. Antes vienen los sentidos, que tienen limitaciones y filtros, y pasan al cerebro solo una porción de esta realidad (en función de su sensibilidad, resolución y rangos de recepción de señales). Luego vienen las áreas cerebrales, que integran esta información sensorial en códigos y esquemas, sintetizando y, sobre todo, extrapolando. Es decir, el cerebro recibe la información sensorial, la ordena y la filtra según sus criterios para hacerse un esquema, y rellena los vacíos con sus expectativas y sus previsiones. Después de haber organizado dichas señales, comunica una parte de todo el conjunto a los niveles conscientes de nuestra mente, y es ahí donde nos enteramos o, por lo menos, creemos habernos enterado. Lo que nos llega es el resultado de una larga cadena de umbrales, de filtros y de decisiones que no tomamos nosotros. Nuestros sentidos, nuestro cuerpo y nuestras neuronas se encargan de analizar la situación, y nos comunican solo el resultado final de esta asamblea cognitiva. Y en cada paso de esta larga cadena de transmisión de la información, se puede hallar... la magia.

La Real Academia define la magia como arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales, y también como encanto, hechizo o atractivo de alguien o algo. No se menciona la cognición o los sentidos, nada de flujo de información o de neuronas. Es algo oculto porque, literalmente, no se ve. Para nosotros primates, mamíferos que hemos hecho nuestra grande inversión y apuesta evolutiva en la visión, si no se ve, no existe. Por la misma razón, si no se ve pero actúa y tiene un efecto damos por sentado que quiebra las leyes naturales. Y, por ende, es algo atractivo.

No es necesario ser escéptico, sino solo lógico, al reconocer que no lo sabemos todo sobre este universo, y que en cada época se ha etiquetado como «mágico» todo lo que sencillamente no era posible, con las informaciones de aquel momento, explicar o entender. Lo que ayer era magia, hoy es ciencia o tecnología. Afirmar que si no lo conocemos nosotros entonces quiebra las leyes de la naturaleza suena bastante soberbio. Y desde luego no es nada fácil saber dónde acaba nuestra ignorancia y dónde empieza la leyenda, y el mito. Pero sí que conocemos algunos de los límites de nuestros sentidos y de nuestro cerebro, y es ahí donde podemos hurgar para que surja la magia de forma sincera y espontánea, la magia de verdad, no la que quiebra las reglas de la naturaleza sino la que, al contrario, las aprovecha a su gusto y a su antojo.

Con el término ilusionismo la Real Academia añade un matiz: arte de producir fenómenos que parecen contradecir los hechos naturales. Entonces, según estas definiciones comunes, la magia pretende quebrar las leyes naturales (se deja abierta la posibilidad de que lo consiga o no), mientras que el ilusionismo, patentemente, lo simula. La palabra ilusión en sí misma es una confesión, una admisión sincera de que están jugando con nuestras capacidades de sentir y de entender. En realidad es más que esto, es un desafío, una orgullosa provocación. El ilusionista es mucho más atrevido que el brujo, te dice a la cara que te va a engañar, te desafía a defenderte, y luego... te engaña. Te avisa de que habrá un artificio, y te da el tiempo de prepararte, de intentar evitarlo o descubrirlo, sabiendo que no lo conseguirás. Sabemos que una moneda no puede teletransportarse o que una persona no se puede desmembrar y luego volver a la vida (aunque siempre hay un listo que grita iluminado ¡es un truco!... como si hubiera la posibilidad de que no lo fuese...), con lo cual la verdadera magia es engañar a un cerebro que sabe que está a punto de ser engañado, y que a pesar de esto no es capaz de evitarlo. El ilusionismo es un ejercicio psicológico y mental de inmenso nivel cognitivo, un control exquisito y brillante de nuestras limitaciones y de nuestros sesgos. La Real Academia tiene desde luego toda la razón, es un arte.

Podemos distinguir entre las ilusiones que se basan en la falta de información y las que se basan en manejar los mismos procesos cognitivos. En realidad magia e ilusionismo mezclan íntimamente los dos componentes, potenciando sus efectos. Pero a nivel conceptual son dos mecanismos diferentes, y no viene mal diseccionarlos para estudiar sus elementos. Las ilusiones que juegan a ocultar información al fin y al cabo son como la magia de los misterios y de los arcanos, es decir se aprovechan del hecho de que no sabemos todo lo que pasa dentro de la chistera. Aquí el genio del mago es más bien un ingenio, una habilidad ingeniera e ingeniosa: la capacidad de saber diseñar y orquestar un aparato o un montaje cuyo funcionamiento, sin conocer sus engranajes, es imposible desvelar. Las tramas y los efectos organizados por los grandes magos denotan una capacidad de imaginación, de lógica y de análisis que revelan mentes desde luego muy brillantes.

Pero para las ciencias cognitivas son mucho más interesantes las ilusiones que en cambio se aprovechan descaradamente de nuestro cerebro: no se limitan a esconderle informaciones, sino lo manipulan directamente. A nivel experimental, psicológico y etológico, todo un lujo. En este caso, podemos por lo menos separar cuatro ámbitos diferentes, y distinguir las ilusiones que se aprovechan de los sentidos, de la memoria, de la atención y de la previsión. Las ilusiones sensoriales se basan en procesos que no son perceptibles para nuestros sentidos. Se puede jugar un poco con la localización acústica, pero es la visión a la que, en nosotros primates, hay que engañar. Hay movimientos que, sencillamente, son tan rápidos que nuestro ojo no es capaz de detectar, o que nuestra corteza occipital, encargada de descodificar las señales visuales, no piensa sean importantes y pasa de procesarlos o de trasmitirlos. Con la memoria se juega también aprovechando sus límites, porque no es posible recordar todo, o recordar detalles durante un tiempo muy largo. Los lóbulos temporales almacenan solo una cuota de información, y pueden encadenar una secuencia de elementos lógicos (un proceso llamado recursión) solo hasta un cierto nivel, luego se pierden. Además la memoria incluso se puede manipular, sesgando o sustituyendo los recuerdos. Orientar (o mejor, desorientar) la atención es uno de los pilares del ilusionismo, es la joya de la habilidad psicológica del mago, literalmente su verdadero as en la manga. La atención es en general un pilar de nuestros niveles cognitivos, porque es ahí donde los lóbulos parietales filtran, deciden lo que pasa la criba y lo que no, lo que es importante y lo que, supuestamente, no lo es. Son filtros que trabajan sin que nos enteremos, una mezcla de adaptaciones evolutivas para no volvernos locos en un mundo sobrecargado de estímulos, y factores individuales canalizados por la experiencia y la vida de cada uno. Finalmente se encuentran los trucos que se basan en inducir una falsa previsión. Esto de prever lo que va a pasar nuestro cerebro lo hace constantemente, imaginando, extrapolando e interpolando, llevando a cabo análisis estadísticos subliminales que nos preparan para lo que, siempre supuestamente, está a punto de ocurrir. Vivimos en una constante condición de esperanza. La corteza prefrontal evalúa alternativas, elimina unas cuantas, y se queda con las que supone sean las más probables. Muchos de estos aspectos que hemos mencionado tienen en común el formar parte de un único sistema fronto-parietal que llamamos memoria de trabajo, donde un centro ejecutivo (previsiones y decisiones) se integra con un borrador visual y espacial (imaginación, atención) y con un almacén para memorias de breve duración (recursos mnemónicos y fonológicos).

Bueno, y esto sin olvidar que además hay un elemento psicológico añadido: muchas veces nos complace dejarnos engañar, renunciar a la lógica y creer en cosas raras, para poder sentir emociones diferentes y abandonarnos al placer de la sorpresa. La atmósfera mágica que envuelve y empaqueta el truco nos invita a disfrutar de esta puerta hacia lo irracional, y nuestro cerebro se da un homenaje dejándose llevar en este curioso camino lleno de extrañezas. Es un delicado equilibrio entre duda y entrega, donde hay que descuidar parcialmente la realidad pero quedándose de todas formas anclado a ella, para poder disfrutar del asombro como se merece. Es decir, donde no llega el engaño del mago a veces le echamos un cable nosotros mismos, y nuestro subconsciente nos entrega a sus ilusiones con gusto.

Aunque viene bien separar estos componentes a nivel teórico, hay que volver a decir que en realidad la magia y el ilusionismo recurren a todos estos aspectos a la vez, aunque en algunos trucos puede que prevalezcan uno o algunos de ellos. La buena magia es «multimodal», y utiliza en paralelo todos estos recursos cognitivos. Algunos efectos tiran más de procesos individuales y psicológicos, otros manipulan más los elementos orgánicos y neurobiológicos de nuestras capacidades. Pero en todos los casos utilizan limitaciones y umbrales de nuestros recursos cognitivos. Y claro, limitaciones y umbrales no son fijos, sino que presentan una variabilidad generalmente muy marcada. No todos tenemos las mismas capacidades mnemónicas o visoespaciales. Habrá individuos que tienen más o menos recursos que otros, y también habrá muchos casos en los que una capacidad no es ni mejor ni peor, sino solo, sencillamente, diferente. También a nivel de crecimiento y desarrollo individual, todas aquellas capacidades cognitivas se moldean con sus tiempos y sus secuencias, y hay trucos que los niños no pueden entender antes de una cierta edad, y otros que desvelan enseguida precisamente porque aún no tienen aquellos sesgos y aquellas cuadrículas de nuestro cerebro adulto.

Y esto sin considerar los casos más extremos, los que están en la periferia de nuestros estándares sensoriales o cognitivos. Hay muchas condiciones, trastornos y patologías, donde la respuesta sensorial, la capacidad mnemónica, la atención o la capacidad de previsión tienen defectos o excesos importantes, o sencillamente son muy pero que muy distintas. El síndrome de Asperger se asocia por ejemplo a patrones muy peculiares de la atención, y sería interesante saber cuándo y por qué nuestra magia puede fallar con un autista, y que tipo de ilusiones tendrían éxito con personas que perciben y analizan el mundo de una forma muy, pero que muy peculiar. Se conocen muchas alteraciones de la atención, de la memoria, o de la capacidad predictiva, y tal vez no estaría mal usar los trucos de los magos para sondear mentes con capacidades o limitaciones distintas, como en los casos de daños frontales, depresión o hiperactividad. Incluso podemos valorar si estos juegos podrían utilizarse no solo para indagar estas condiciones, sino también para diseñar programas de entrenamiento y rehabilitación. Y, ya que estamos, tal vez no estaría mal plantearse: nuestros trucos mágicos, finamente calibrados para nuestros niveles promedios de capacidad sensorial, atención, predicción y memoria, funcionarían con... ¿un neandertal?

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Quiero agradecer a Miguel Sevilla, excelente cicerón de esta arte oculta, su ayuda y su asesoramiento sobre magia e ilusionismo. Y a Pablo Malo, Gregorio Montero y Eva Garnica, que siguen siendo puentes excelentes entre evolución y neurociencia. Hay unos cuantos libros que se han dedicado a la relación entre ilusionismo y cerebro, como Los Engaños de la Mente, de Stephen Macknik y Susana Martinez-Conde, o Numismagia y Percepción de Miguel Angel Gea. Susana Martinez-Conde y Stephen Macknik también publicaron un artículo dedicado a magia y cerebro en Investigación y Ciencia, y otro en Mente y Cerebro.