<a href="https://youtu.be/Qzhyrdf2i04?t=7226" target="_blank">El cerebro en meditación</a> (Noche de los Investigadores CENIEH 2021)

Hace unos años acabé una charla sobre evolución del cerebro, en un famoso centro de neurociencia, con algunas reflexiones sobre la Teoría de la Mente Extendida, donde se sugiere que nuestra cognición no es un producto del cerebro, sino un proceso asociado al flujo de información entre cerebro, cuerpo y ambiente. La reacción de algunos estudiantes e investigadores fue bastante irritada, casi ofendidos por que la palabra mente hubiese sido pronunciada en su templo, gobernado por la fe y por la devoción a células y moléculas. Me dijeron que la palabra (y el concepto al que se refiere) no es científica, y por ende tenía que quedarse fuera de las murallas sagradas de los centros de investigación. Desde entonces las cosas han cambiado bastante y, si hace unos diez o veinte años las teorías sobre extensión cognitiva parecían cosas para hierbas y olían solo a ciberpunk, ahora generan publicaciones en las revistas punteras, firmadas por popes de la ciencia e investigadores de renombre. Aun así, la palabra mente se sigue empleando en un abanico tan amplio de situaciones que, inevitablemente, acaba embarrándose en definiciones ambiguas y a menudo inconsistentes, que por ende pueden empobrecer el diálogo y mermar sus posibles implicaciones.

En realidad, poner un poco de orden no parece, a bote pronto, una tarea tan complicada, porque podemos definir la mente nada más y nada menos que como el conjunto de procesos y mecanismos que forman nuestra capacidad cognitiva. La mente sería, en este sentido, el mismo proceso cognitivo, con todo lo que implica a nivel consciente y subconsciente, perceptivo y sensorial. El cuerpo recibe señales desde el ambiente exterior, el cerebro las integra, y se crea un flujo de información que, parafraseando la tradición de la filosofía oriental, genera un personaje (yo), con su narrativa hecha de pensamientos, emociones y sentimientos (quién soy), y con su supuesto libre albedrío (qué hago). Este flujo de información que corre a cargo del cerebro, del cuerpo y del ambiente (en diferentes proporciones y con diferentes responsabilidades, según el peso que las diferentes teorías quieran dar a estos componentes) es el proceso cognitivo, o sea, la mente. A partir de ahí, podemos complicar las cosas con muchos matices y rocambolescas excepciones, pero el problema por el momento no es tanto hurgar más en el concepto, sino evitar pasarse a la dirección opuesta, es decir, ser demasiado superficiales o generales a la hora de usar una palabra con implicaciones bastante profundas.

De hecho, no es infrecuente ver la palabra mente utilizada como fulcro crucial de muchas frases y de muchos argumentos, pero sin que haya habido una definición previa que pueda por lo menos enmarcar su significado. Y, al mismo tiempo, muchas veces se entiende entre líneas que el orador de turno le está dando un significado tanto personal como general, que puede ir desde una visión extremadamente reduccionista donde se usa como sinónimo de cerebro, a una cósmica que implica perderse momentáneamente en los recovecos de la energía del universo.

Supongo que estos excesos de generalidad e imprecisión se deben por lo menos a dos factores. El primero atañe a la intrínseca complejidad del concepto que el término pretende representar. Hablamos de un proceso increíblemente complicado y desconocido, con lo cual es fácil caer en la tentación de usar un solo término para abarcar todo y describir esta enorme y extraña incógnita de nuestra más profunda naturaleza. Pero las palabras son herramientas, y una herramienta demasiado general para una tarea muy específica acaba siendo poco funcional, pudiéndose usar para todo pero al final no siendo muy eficiente para nada. El segundo factor tiene quizá que ver con la asombrosa variedad de contextos en los que se usa el término, en algunos casos contextos muy profesionales, en otros evidentemente muy improvisados. Es una palabra que tiene un efecto poderoso en un público, estimulando a veces aceptación (la fascinación por lo oculto y lo místico) y a veces rechazo (la irritación ante lo ignoto y lo inescrutable), y que por ende a veces se emplea más en función de su efecto que de una necesidad real. De ahí que su uso se extienda a contextos donde una definición impropia (o más bien una ausencia de definición) hace un flaco favor a los conceptos que se propone defender o promocionar, debilitando ciertas posiciones, en lugar de fortaleciéndolas.

En ciencias cognitivas, un uso demasiado vago de la palabra mente puede generar desconfianza, limitar el término a un uso de marketing, o reducirlo a parche metafísico para dar un toque de apertura a las situaciones que no tenemos ni idea de cómo interpretar. En disciplinas más asociadas al crecimiento y desarrollo personal, como la meditación o el yoga, un uso demasiado superficial de la palabra mente, además de correr los mismos riesgos de devaluación del concepto, puede confundir el proceso de búsqueda interior, introduciendo un factor de incertidumbre y malgastando el enorme potencial que lleva consigo. Por ejemplo, a veces he visto utilizar la palabra mente para indicar «los pensamientos», lo cual evidentemente promociona una interpretación muy limitada, restrictiva y parcial del concepto (los pensamientos conscientes son solo una parte del proceso cognitivo), y redundante (los pensamientos conscientes se definen por sí mismos, y no necesitan ser etiquetados con otro nombre). Es interesante también notar cómo, en estos campos, se insiste tanto en usar casi obsesivamente el binomio «mente-cuerpo», probablemente en algunos casos más como un copia-y-pega automático que como el resultado de un proceso real de estudio de los conceptos. Este binomio tiene raíces muy profundas en nuestra sociedad, y en parte también en la cultura oriental. Pero, si las teorías de extensión cognitiva están en lo cierto, es un binomio sencillamente irreal, y puede llegar a ser seriamente engañoso. En este caso, el cuerpo es parte integrante y activa de la mente, y acostumbrarse a mencionar los dos componentes como elementos separados, aunque integrados, puede llevar a conclusiones o percepciones muy pero que muy falaces.

Hoy en día, gracias a soñadores despiertos como Francisco Varela, la ciencia se está interesando cada vez más en la autoconsciencia y la meditación. Fue, de hecho, Varela uno de los primeros en proponer un encuentro entre la ciencia occidental y la filosofía oriental, la cual, al contrario que la europea, se centra en la experimentación y en las evidencias empíricas, precisamente a través de las prácticas meditativas. Al mismo tiempo, la meditación está por fin entrando en lo cotidiano (y laico) de nuestras vidas occidentales. Para no desaprovechar esta coyuntura, lo mejor sería trabajar juntos. El diálogo ya ha empezado, y con ganas. Ahora se trata solo de afinar los términos y de currarse los detalles.

En ambos casos, se trate de ciencia o de un proceso de conocimiento personal, es importante notar que estamos hablando de lo mismo: explorar y experimentar, ya sea con modelos biológicos o con nuestro propio cuerpo. Y, en ambos casos, es mejor no utilizar las palabras y los conceptos como pantallas y como rellenos, sino como herramientas conscientes de... nuestra propia mente.

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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