El molde natural de Gánovce, su copia entregada al Museo de Antropología de Roma, y una reciente reconstrucción digital con tomografía computarizada.


Y quedarás en manos de otro amante
dándole el tiempo, tus suspiros y tu arte
y mi consuelo es que el día en que me muera
tejido a tus cuerdas habrá trazos de mi piel
(Balada para un violín – Ara Malikian)

En los años cuarenta del siglo pasado, Emanuel Vlček, un destacado antropólogo checo, estudiaba el molde de la cavidad craneal de Gánovce, hallado dos décadas antes en una poza termal en Eslovaquia. El sedimento había rellenado el cráneo de un neandertal que había vivido hacía cien mil años, y se había endurecido, de manera que había llegado a reproducir la forma de su cerebro. Luego, el cráneo se había perdido en pedazos a lo largo de los milenios, pero el molde mineral de su encéfalo se había quedado guardado en las entrañas de la tierra, hasta acabar en las manos de los antropólogos del Museo Nacional de Praga. Emanuel Vlček hizo un trabajo increíble por aquel entonces, con análisis geométricos, bioquímicos y radiográficos, que desvelaron la naturaleza neandertal de aquel molde natural. Sin embargo, los demás estudios se publicaron en idiomas centroeuropeos, y el fósil se quedó bastante olvidado cuando el inglés se instauró como lengua propia de la ciencia. En los años sesenta, en un congreso de antropología en París, Vlček entregó una copia artificial del molde a Sergio Sergi, catedrático de paleontología humana en Roma y editor de la Revista Italiana de Antropología, fundada por su padre, Giuseppe Sergi. Sergio Sergi había dedicado gran parte de sus estudios a los dos cráneos neandertales de Saccopastore, hallados en Roma en los mismos años de Gánovce y con una datación bastante parecida. Sergi, que tenía más de ochenta años en la época de aquel congreso en París, apuntó debajo del molde fecha, lugar y procedencia de la copia que le regaló Vlček, y lo dejó en la colección de moldes endocraneales del museo antropológico de la universidad, también fundado por su padre Giuseppe. Y ahí se quedó hasta que, a finales de los años ochenta, Giorgio Manzi, un joven investigador recién llegado al museo, empezó a ordenar aquellas colecciones y, a finales de los años noventa, propuso a un servidor una tesis doctoral sobre el estudio neuroanatómico de aquellos moldes cerebrales. La tesis fue bastante pionera, porque por primera vez integró la paleoneurología (el estudio del cerebro en las especies fósiles) con la anatomía digital (las reconstrucciones computarizadas de cráneos y cerebros) y la morfometría geométrica (el estudio de la forma a través de modelos geométricos y espaciales). Pero, mira tú por dónde, el único molde que se quedó fuera del estudio fue precisamente el molde de Gánovce. Primero, porque no había suficiente información disponible, y segundo, porque, si bien el molde está muy completo, su superficie es muy irregular, debido a la acción del desgaste geológico. Pero, cuando el universo obra, hay que dejarle sus tiempos. Y, casi veinte años después, una colaboración en anatomía vascular me llevó a conocer a Petr Velemínský, sucesor actual de Emanuel Vlček en Praga. Petr me enseñó el molde original de Gánovce, yo reconocí aquel patito feo dejado desatendido en los tiempos de mi tesis, y decidimos publicar juntos un breve artículo para sacarlo de las barreras lingüísticas y del olvido académico. Este nuevo estudio se ha publicado finalmente en la versión actual - internacional y en inglés - de la Revista Italiana de Antropología, la misma que fundó el padre de Sergio Sergi, y editada por el mismo Sergio a lo largo de décadas. Un raro círculo de fósiles y paleoantropólogos, cerrado, sin prisa, en un siglo.

Ara Malikian nos hizo notar que la vida promedia de un violín es de cientos de años, mientras que la de un violinista solo alcanza unas pocas décadas. Por ende, para los que tocamos, resulta bastante ingenuo pensar que aquellos son nuestros instrumentos: somos nosotros sus momentáneos y pasajeros músicos. Algo parecido pasa con muchos de nuestros objetos cotidianos, que tienen un tiempo de vida útil mucho más largo que sus supuestos dueños. Y, claro está, la misma relación la tenemos con los fósiles. Un fósil no es realmente lo que queda de un individuo, sino el molde mineral de algunos de sus tejidos. La matriz geológica ha empapado el hueso, luego el hueso se ha perdido, y se queda su molde formado por los minerales que han permeado sus microscópicos andamios. Es más bien una escultura, forjada dentro del entramado de un tejido que ya no existe. Y esto caracteriza mucho el campo de la paleoantropología, única disciplina científica que, de forma similar a muchas disciplinas humanísticas o a las artes plásticas, se funda en la existencia de objetos específicos, elementos físicos que polarizan en sí mismos el valor y la atención. Como si fuera un cuadro renacentista, el fósil acarrea las publicaciones, las financiaciones, los medios de comunicación, el peso de las instituciones, y toda una larga serie de variables y parámetros fundamentales a la hora de decidir quién escribe la historia, y sobre todo, quién no la va a escribir nunca. Si se mueve el fósil, todos aquellos factores, reales y conceptuales, se mueven con él. Si cambia de dueño, el nuevo dueño recibirá todos aquellos recursos, y todas aquellas responsabilidades.

Desde luego, esto es algo peculiar para la ciencia, que se supone debería primar el valor de las personas y de sus ideas, y no el valor de sus pertenencias. Pero así es, y siempre ha sido así, con todas las consecuencias que esto conlleva, que incluyen una larga serie de conflictos de intereses, enfrentamientos personales, y competiciones institucionales. Este vínculo con el objeto ha generado una constante fiebre del oro en busca del fósil más antiguo, del más importante o del más peculiar, para poder hacerse con un buen trozo del mercado, y de todas las ventajas que esto puede aportar.

Pero son ventajas efímeras, por lo menos frente a los ojos del tiempo. Somos la única especie animal que recoge fósiles por ahí, y además es algo que estamos haciendo sistemáticamente solo en los últimos dos siglos dentro de doscientos mil años. Así que puede que sea una actividad pasajera, y que tarde o temprano estos moldes de piedra vuelvan a ser esculturas agrietadas y silenciosas en el flujo de la historia. Además, los fósiles duran cientos de miles de años, y los paleoantropólogos no. Con lo cual hay que asumir que el verdadero actor de esta comedia no somos nosotros, sino ellos. Los paleoantropólogos solo son puntos de conexión entre distintas épocas, encargados de recibir y entregar el precioso paquete y, mientras tanto, custodiarlo oportunamente. Al fin y al cabo, con la paleontología se trata de eso: enlazar pasado y presente, antepasados y sucesores. Y, en este caso, los fósiles, además de representar huellas de nuestro pasado evolutivo, también son testigos de los cambios históricos. Cambian de manos, cambian de instituciones, cruzan épocas, guerras y teorías, éxitos y tragedias, quedándose inmutables frente a las variopintas secuencias de los acontecimientos humanos. Nosotros somos solo un trámite de paso, encargados de proteger y traspasar estas reliquias tan resistentes cómo frágiles, moldes minerales de lo que fue un cuerpo pulsante, pobres vestigios de una vida muy lejana e increíblemente distinta de la nuestra. A veces sus caminos se cruzan y se enlazan, generando puentes entre las épocas, y entre sus personajes, dispersos en el tiempo y en el espacio. Desde luego, es un honor y todo un orgullo, cuando esto pasa, ser parte de esta larga, sorprendente y tan imprevisible historia.

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Aquí está el artículo sobre el molde endocraneal de Gánovce, publicado en el Journal of Anthropological Sciences. Vuelvo a recomendar el libro Los cazadores de dinosaurios, de Deborah Cadbury, para entender la importancia de los fósiles en la paleontología, a través de las historias personales de sus figurantes. También recomiendo el libro El Mito de Atapuerca, de Oliver Hochadel, un análisis histórico muy interesante del caso estudio más famoso de España. Y, finalmente, un reciente artículo mío sobre la importancia de aplicar el método científico al estudio de los fósiles, y a la divulgación.

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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