Uncle CharlesLa ciencia es algo que atañe a las teorías, a los métodos y a las técnicas. Sin embargo, la investigación es algo más complejo, donde aquellos tres elementos a menudo son secundarios frente a otros más sociales que incluyen relaciones personales, enlaces institucionales, gestión de recursos y una larga serie de «sabervivires» a veces más honorables, a veces menos. Un científico tiene que saber cómo funciona el universo, pero para un investigador es mucho más importante saber cómo va el mundo. Saber apretar manos siempre ha tenido más éxito que saber manejar tubos de ensayo y, en una sociedad dominada por el consumo, era predecible que antes o después el mercado se iba a enterar de que se podía hacer negocio con la ciencia. Empezó la universidad, trasformando los estudiantes en clientes, y entrando en un bucle donde el objetivo de vender matrículas está hinchando una burbuja que ya está a punto de reventar, con probables consecuencias nefastas para el mundo profesional y laboral. Por lo que atañe a los centros de investigación, hoy en día en los currículos de lo investigadores pesa bastante más la capacidad de mover dinero que la de saber investigar, y las instituciones se fijan más en la habilidad de acaparar financiaciones que en la de producir ciencia o conocimiento. Pero por el momento los demás parecen conformes con esta perspectiva y siguen la tendencia sin hacerse demasiadas preguntas, entre los que incluso halagan una ciencia moderna al servicio del mercado, y los que levantan los hombros recitando un catártico "que se le va a hacer".

Más allá del negocio de las matriculas y de las incursiones empresariales en las plantillas de investigación, otro elemento importante del juego son las revistas científicas. Cualquier descubrimiento sencillamente no existe si no ha sido comunicado al mundo y compartido con la comunidad, y esto quiere decir que cualquier resultado ha de publicarse en una revista especializada, si es que quiere entrar oficialmente a ser parte del progreso y del saber. Quien no trabaja en investigación a menudo desconoce este componente fundamental de la ciencia, y a veces se piensa que un artículo científico sea algo que aparece en la prensa cotidiana de los quioscos. Pero no es así, y las revistas científicas ocupan un nicho que, a los ojos de quien no está en el sector, es bastante invisible. Un nicho que, sin embargo, es el pilar del conocimiento y de la investigación. Son revistas especializadas, que se pueden encontrar solo en las bibliotecas de los centros de investigación o en sus suscripciones digitales. Los artículos son artículos técnicos, generalmente escritos en inglés y orientados a otros investigadores, no a un público general. Hablamos de cientos y cientos de artículos publicados cada día, que forman el corpus de nuestro conocimiento actual en todos los campos de la ciencia, presentando experimentos, conclusiones, hipótesis y debates acerca de lo que sabemos o de lo que pretendemos saber. De aquí la importancia de estos artículos: si algo está publicado, se sabe, si no está publicado, no existe.

Todo ello evidentemente genera competiciones extremas e intereses cruciales acerca de las revistas y de su gestión, y no es de extrañar que hace unas pocas décadas grandes multinacionales editoriales empezaran a hacerse con los peces pequeños, comprando y englobando las revistas locales y centralizando la propiedad de las demás en las manos de pocos gigantes del mercado. Pero cuando ya este proceso estaba en su auge pasó algo inesperado: se inventó internet, y el formato pdf. Esto descolocó por completo el negocio editorial. Antes solo podías leer un artículo si tu institución estaba suscrita a la versión en papel de la revista, o si el autor te enviaba una impresión oficial del trabajo, los famosos reprints, que eran pocos y costosísimos. Podías tirar de fotocopias, pero tenía que haber una fuente original de por medio. Con internet y el pdf todo esto se desmoronó, y los ficheros digitales empezaron a pulular por el mundo, cientos y cientos a cada clic del teclado, y a los tiburones de las editoriales se le estaba a punto de colapsar el negocio. Ya nadie compraba reprints, y la suscripción empezaba a ser en muchos casos opcional, o por lo menos no tan estrictamente determinante como antes. Necesitaban una idea y, en este momento histórico que estamos pasando, con sus excesos sin precedentes de hipocresía social, salvaron el barco metiendo de por medio el derecho a la información y el bien de la divulgación del saber. Como muchos lectores ya no pagaban para los artículos, estas mentes brillantes pensaron entonces en ... ¡hacer pagar a los mismos autores! Se inventó el método Open Access (acceso abierto): el autor paga los gastos de su propia publicación, y luego quien quiera se descarga gratuitamente el artículo. Se apeló a la injusticia de los pobres del mundo, que no pueden permitirse el lujo de abonarse a las revistas. Se apeló al bien de la ciencia, que así podía ser accesible a todas las personas del planeta. Y se montó todo un tinglado de marketing, de plataformas y de promoción, con el fin de vender el Open Access como el nuevo presente, innovador y necesario, de la investigación. La maniobra no tenía como único objetivo a los investigadores, sino también a las instituciones, a las que el mercado desde entonces intenta engatusar para que obliguen a sus investigadores a publicar artículos de pago, siempre y solo por el bien del saber mundial. Hoy en día muchos proyectos, de hecho, exigen publicar en esta modalidad, y establecen una cuantía de dinero destinada a estos gastos. Y, atención, que no hablamos de calderilla, porque aunque los precios varían mucho en función de la revista o del tipo de publicación, en general hablamos de entre mil y dos mil euros por artículo. Es decir, el científico se tiene que buscar por su cuenta la financiación para hacer sus investigaciones, y luego tiene que pagar para que se las publiquen. Perverso, retorcido y, aparentemente, absurdo e inviable. ¡Vaya por Dios, ha colado perfectamente!

Así que el sistema Open Access permite a cualquiera de descargar los artículos pero, visto los precios, no permite a cualquiera poder publicar, a no ser que uno entre en el círculo de la ciencia-mercado y empiece a recaudar dinero para sustentar a las multinacionales editoriales. Añadimos también que estos artículos vienen revisados por otros científicos que dedican su tiempo y sus conocimientos gratuitamente a la causa, y que todo el proceso está coordinado por editores asociados que igualmente de forma gratuita se dedican a controlar cada paso de la secuencia de revisión. En muchos casos la empresa editorial se limita a gestionar la plataforma digital de la revista, que además para muchos de sus aspectos tira de programas automáticos para todas las rutinas del proceso de edición. O sea, los editores y los revisores trabajan gratis, y el autor paga por su propio trabajo. Un verdadero chollo.

Pero el problema más serio de todo esto es que, con este tipo de sistema, el autor ya no es autor sino, una vez más, cliente. Y el cliente, no lo olvidemos, siempre tiene razón. Rechazar un artículo quiere decir, para la empresa, perder mil o dos mil euros, con lo cual hay que hacer lo que se pueda para dejarle publicar. Dónde empieza y acaba el límite de este «lo que se pueda» queda a discreción de la compañía, y está claro que no hay garantía de una selección objetiva. A los autores les hacen firmar documento tras documento para protegerse legalmente acerca de posibles conflictos de interés, mientras que la misma corporación está metida en ellos hasta el cuello.

Fue así que empezó un mercado de artículos y de publicaciones donde las empresas aprovechan para sacar dinero, y los autores para tener artículos publicados en sus currículos. La ley de mercado se basa en la cantidad, un principio que nunca ha ido de acuerdo con la calidad, y los resultados no han tardado en manifestarse. Empezaron a aparecer como hongos de la nada revistas desconocidas, y empresas que con un portátil montaban una editorial basada en una plataforma automática. Revistas on-line que empezaron a publicar todo lo que no pasaba la criba de las revistas de verdad, a menudo con procesos de revisión de los contenidos patentemente someros. Había hordas de investigadores/autores dispuestos a pagar por un poco de amor, y se produjo un efecto avalancha. Algunas revistas se la jugaron muy muy bien, y se volvieron incluso referencia para sus sectores. Frente a otras que siguen manteniendo el modelo tradicional (y a las que va todo mi respeto), y otras muchas que también siguieron como antes, pero dando al mismo tiempo la posibilidad de «abrir» los artículos pagando del propio bolsillo. Hay que decir que también hay unas pocas revistas (muy pocas) que son open de verdad, porque no hay que pagar ni para publicar ni para descargar los artículos. Son revistas de instituciones que buscan fondos ajenos para garantizar un acceso realmente abierto a todos, pero desde luego se trata de unas pocas excepciones, y desde luego no compiten a nivel comercial.

Hay que mencionar además un fenómeno de explotación algo más reciente y bastante descarado, de ciertas revistas (incluso algunas muy famosas) que han mantenido su modelo tradicional pero, para no perder en competición económica, han abierto «revistas papeleras» colaterales donde se puede publicar ... ¡todo lo que ellas mismas rechazan!

Pero todo esto es algo que quien trabaja en investigación sabe de sobra. Y, para quien se lo estuviera preguntando, igual que para la burbuja académica o para la mercantilización de los investigadores, también en este caso no hay un debate abierto acerca de esta contaminación entre ciencia y negocio. Hay colectivos que buscan alternativas, pero en general en los centros de investigación se acepta toda esta situación simplemente como pauta de los tiempos, sin más. A muchos autores/investigadores no les parece mal tener que pagar por publicar sus resultados, y muchos otros ni se han planteado las consecuencias morales o profesionales de todo ello. Para las instituciones, aquellas mismas instituciones que para fichar un científico piden un currículo de éxitos económicos, este cambalache está bien enmarcado en el contexto de la ciencia-empresa, con lo cual apoyan totalmente (y con un cierto regodeo) la maniobra. Y a los que no nos parece bien, pues lo de siempre, tachados de raritos y rezongones, demasiado estrictos y exigentes para un sistema que no pretende ser justo o eficiente, sino sencilla y humanamente, conveniente.

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Este artículo es el tercero de una trilogía que incluye dos artículos precedentes, uno sobre la burbuja de los cursos universitarios y uno sobre la financiación a la investigación:

Bulla cum laude

El precio del saber

 Recientemente se ha publicado en El País este otro artículo, que viene al hilo: "Demasiados Papers".

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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