Hay vida en la torre de marfil: señales de humo desde un laboratorio de evolución humana (E. Bruner, 2013)

       

        

Toda descripción, por objetiva e ingenua que parezca, constituye interpretación personal, punto de vista proprio del autor. Sabido es que el hombre mezcla a todo su personalidad, y cuando cree fotografiar el mundo exterior, a menudo se contempla y se retrata a sí mismo.

(Santiago Ramón y Cajal - Reglas y Consejos Sobre Investigación Científica, 1898)

   

El ser humano es el problema final de la biología, y el factor inicial de la sociología. Lo decía Herbert Spencer, uno de los principales fundadores de las ciencias sociales. Claro está que esto conlleva un serio problema de indeterminación, siendo nosotros mismos a la vez los observadores y los observados. Intentamos mirarnos desde nuestra misma perspectiva, lo cual es, por lo menos, difícil. Luego viene la parte todavía más complicada: contar a los demás lo que hemos visto, o por lo menos lo que suponemos haber visto. Y los que trabajamos en antropología y evolución lo tenemos aún más complicado, por lo menos por tres razones. Primero, y sobre todo cuando se habla de fósiles, la especulación es necesaria, y muchas ideas no se pueden realmente comprobar o llegar a testar a nivel experimental. Desafortunadamente, por esta razón sobre todo en paleontología se confunde demasiado a menudo entre "hipótesis" y "opiniones". Estas últimas pueden llegar a ser iluminantes y fundamentales, pero no habría que presentarlas con afirmaciones tajantes y conclusivas, sino como perspectivas generales, para orientar más que para resolver. Y esto porque, aunque estamos acostumbrados a razonar en términos de posibilidad (como por ejemplo se hace en religión o en política) la ciencia tiene que trabajar en términos de probabilidad. Es decir, todas las alternativas son posibles, pero lo importante es poder evaluar en qué medida son probables.

Segundo, los campos evolutivos son, por lo menos a corto plazo, campos "inofensivos". Si se equivoca un médico puede matar a sus pacientes, si se equivoca un economista puede fracasar la empresa, y si se equivoca el fontanero te puede destrozar la casa. Pero si se equivoca un paleontólogo, sencillamente... no pasa nada. El grado de fiabilidad de una teoría o el grado de profesionalidad del investigador simplemente no afecta, a corto plazo, la calidad de la vida del público. Esto inevitablemente puede llegar a generar cierta falta de responsabilidad, y cierta superficialidad a la hora de opinar sobre un tema u otro. Ahora bien, es cierto que nuestras afirmaciones son inocuas y no provocan daños inmediatos, pero a largo plazo pueden llegar a generar una peligrosa pobreza cultural, cuando no se procura llevar a cabo la labor de divulgación científica con la debida profesionalidad. Como decía Derek Bok, si pensáis que la educación cueste mucho, tenéis que probar lo que cuesta la ignorancia.

Tercero, los temas evolutivos y antropológicos son muy, pero que muy llamativos. Quiénes somos y adónde vamos, y con esto se entra en un mundo donde ciencia y novela ya no tienen roles tan independientes. Había un dicho africano que recordaba que un ser humano para sobrevivir necesita comida, un refugio, y cuentos. Y es cierto. Una de las cosas que más nos hace humanos no es la capacidad de imaginar, sino la necesidad de hacerlo. Pero integración no quiere decir confusión. Necesitamos ciencias y sueños, y necesitamos que, a veces, se integren. Pero no que se sustituyan los unos con los otros. Vender humo siempre ha funcionado, y siempre funcionará. Esto no quiere decir que sea correcto. Es una práctica que puede aportar al éxito individual, pero no a la cultura de una sociedad. Temas tan llamativos suelen trasformar la formación en entretenimiento, que es mucho más rápido, mucho más fácil y, sobre todo, mucho más rentable a corto plazo. Esta situación genera evidentemente un círculo peligroso en medida que el público se trasforma en cliente. Al público se le ofrece un camino hacia horizontes que desconoce, mientras que al cliente se le vende lo que él exige, según reglas que ya conoce o piensa conocer.

El periodismo científico tiene que llegar a todos, informando sin demasiados detalles sobre los avances y los conocimientos que se van desarrollando con el tiempo. En cambio la divulgación científica tiene que representar una puerta para los que quieren más, los que empiezan a necesitar aquellos detalles. Las dinámicas son opuestas: el periodista científico tiene que llegar a sus clientes, mientras que el divulgador científico tiene que estar disponible para su público. Confundir público y clientes, periodismo y divulgación, formación y entretenimiento, puede llegar a ser seriamente perjudicial. En este sentido es preocupante por ejemplo que se estén utilizando como interfaz entre instituciones científicas y público casi solamente las redes sociales, que estaban diseñadas para breves comunicaciones personales, y no para comunicación de la ciencia. Más inquietante es que, a nivel institucional, se utilicen productos de empresas privadas (las plataformas de las redes sociales) que requieren la aceptación de un contrato por parte del lector que quisiera obtener las informaciones o interactuar con sus fuentes. Es una patente violación ética, que choca con la accesibilidad a la información, con la privacidad de los datos, y con conflictos e intereses de mercado. Es sorprendente cómo nadie lo nota, dando por hecho que este tipo de herramientas sean, a esta altura, las más convencionales y aceptadas.

La divulgación científica precisa un conocimiento técnico y teórico que solo se puede alcanzar trabajando diariamente con métodos y con problemas, con hipótesis y con herramientas. Esto involucra y responsabiliza directamente a los investigadores. Y no debería de ser interpretado como un extra de la labor de investigación, sino como una responsabilidad primaria, un compromiso esencial hacia la sociedad que invierte en conocimiento y en su desarrollo, encargándonos de llevar a cabo este proceso. Decía Santiago Ramón y Cajal en sus Reglas y Consejos sobre la Investigación Científica: saber, pero transformar. Y esta transformación pasa necesariamente por un camino: compartir.

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He colaborado recientemente a dos libros sobre divulgación científica. El primero (2013) se intitula "Comunicación Social de la Ciencia", y el segundo (2015) "Divulgación: innovación en la enseñanza de las ciencias". Ambos libros son gratuitos y se pueden descargar de internet. Aquí os paso mis dos artículos, donde podéis encontrar más informaciones sobre los temas tratados en esta entrada:

Hay vida en la torre de marfil: señales de humo desde un laboratorio de evolución humana
[descarga el artículo]

Divulgación científica y medios digitales
[descarga el artículo]

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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