Sangre de mi sangre

23/01/2018 2 comentarios
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Generalmente, la historia del cerebro es una historia de neuronas. Pero es una historia teñida, porque a cada latido de la mente, la sangre corre.

Arteria meníngea media, en un dibujo de Andrés VesalioLa historia la cuentan los vencedores y, en el caso de nuestras capacidades cognitivas, los vencedores son las neuronas. Nuestra visión de los procesos cognitivos es extremadamente cerebro-céntrica y neuro-céntrica, y llevamos ya un par de siglos echando todos los méritos (y todas las culpas) a las neuronas. No cabe duda de que, siendo las unidades que trasmiten las informaciones, su papel sea importante y determinante en nuestro sistema cognitivo. Pero tendremos que preguntarnos si de verdad todo se limita a una computadora hecha de cables nerviosos. Más allá del cerebro, ya nos estamos percatando de que el cuerpo tiene un papel esencial en nuestra cognición, y que, además, nuestras capacidades mentales dependen sensiblemente de todas aquellas «próstesis extraneurales» que llamamos tecnología. Pero, aunque nos quedemos dentro del cerebro mismo, tenemos que reconocer que el paquete no contiene solo neuronas. Por ejemplo está la glía, todas aquellas células que hace tiempo se pensaba que estaban solo «de relleno», y que hoy sabemos que están involucradas en roles de protección, suministro energético e, incluso, de regulación de las neuronas en procesos cognitivos específicos. En un cerebro adulto las células de la glía son tantas como las neuronas (y en algunos distritos muchas más), y todavía desconocemos gran parte de sus funciones. La albóndiga cerebral está además metida en un medio líquido, el líquido cefalorraquídeo, que es otro elemento del cual ignoramos todavía roles y labores. Aunque a nivel de anatomía general mucho se ha estudiado sobre la geometría del cerebro, el cerebro ni siquiera tiene realmente «forma». Se mantiene en su espacio porque, como una tienda de campaña, está colgado del cráneo por las meninges, tejidos conectivos que lo protegen y lo anclan a los huesos, sujetándolo. Pero sobre todo mantiene su tamaño y sus volúmenes gracias a la presión interna que ejerce la sangre, auténtica alma de su estructura y de sus funciones.

Cuando pensamos en la sangre, pensamos enseguida en su papel de vector de oxígeno, aquella molécula mágica que permite arrancar los procesos cruciales del metabolismo y de la vida. Y este papel, fundamental, no se lo quita nadie. De hecho, muchas técnicas que visualizan las funciones cerebrales en realidad están visualizando el flujo de sangre, dando por hecho (no sin una generalización a veces superficial) que más sangre quiere decir más actividad neuronal. Pero la sangre, único tejido líquido de nuestro cuerpo, hace mucho más. Transporta nutrientes y antídotos, limpia y filtra, y además, como hemos dicho, sujeta. El cerebro colapsaría bajo su mismo peso si no tuviera la presión de una infinidad de microcapilares que constituyen un verdadero «esqueleto hidrostático», hinchándolo como un globo. Y esto, evidentemente, genera también límites, vínculos y problemas, a nivel evolutivo y médico, que dependen de un fino equilibrio de pesos y presiones entre la masa cerebral y el flujo sanguíneo. Además, la sangre calienta, o enfría. En los seres humanos el cerebro es el órgano que más energía consume, y que, por ende, quema, produciendo y acumulando calor. Al mismo tiempo, es muy sensible a los daños térmicos, y puede permitirse solo variaciones nimias de su temperatura. Hoy en día aún desconocemos si — y dónde — nuestro cerebro tiene mecanismos específicos de enfriamiento (lo que viene a ser un radiador) pero, lo haga como lo haga, este mecanismo tiene que depender de la sangre, que calienta o enfría los tejidos a través de su flujo.

A pesar de todo esto, y a pesar de la importancia que tienen venas y arterias en medicina (ictus, hemorragias, aneurismas, hipertermia, etc.), las informaciones que tenemos sobre la biología de nuestro sistema vascular cerebral son muy escasas. Hay muchos rasgos vasculares de los que desconocemos la función, los detalles anatómicos, o las variaciones entre individuos, sexos, razas o especies. Desconocemos cómo se forman a lo largo del crecimiento y del desarrollo, y cómo se han formado a lo largo de la evolución. Hay rasgos que han aparecido desde siempre en los atlas anatómicos, estilizados o descritos solo en unos pocos individuos, pero todavía no queda claro si existen o no de verdad, o en qué medida aquellos esquemas presentan unos patrones anatómicos comunes. De algunos vasos no está claro si son arterias o venas, si aportan sangre o si la drenan, o si los compartimos con los otros primates.

Resulta raro pensar que, en la era de las moléculas y de los genes, todavía desconozcamos la biología de caracteres importantes y vistosos como los vasos sanguíneos de nuestra propia caja cerebral. Probablemente es una de las consecuencias de haber perdido el interés por la anatomía para dedicarlo a temas más sexis, como la genética y las moléculas. Estos campos son más atractivos a nivel del imaginario colectivo, y también mucho más efectivos a la hora de mover el dinero y la economía, así que en cuanto se cruzaron las nuevas fronteras, las viejas se quedaron desatendidas, a pesar de que seguían escondiendo tierras desconocidas. Además, hay que decir que la naturaleza misma del sistema vascular no ayuda precisamente al estudio anatómico, considerando que se trata de elementos muy delicados y con una geometría loca y salvaje, redes de redes más y más diminutas, cuyas propiedades funcionales y espaciales, a día de hoy, todavía no sabemos bien cómo analizar. Es un sistema fractal, difícil de encajar en los principios sencillos que estamos acostumbrados a tratar con nuestras estadísticas. La sangre es un misterio métrico: ocupa solo el 7 % de nuestro volumen, pero ¡alcanza el 100 % de nuestro cuerpo!

Hay rasgos vasculares que, a pesar de ser tejidos blandos, se pueden analizar en los restos humanos, porque dejan rastros, huellas, impresiones y canales escarbados en el tejido de los huesos. Estas trazas en el hueso se quedan como testigos de aquellas venas y arterias desaparecidas y, por ende, de los procesos fisiológicos que aquellos elementos vasculares estaban atendiendo. Una buena ocasión para los antropólogos. En contextos arqueológicos, estos rasgos se utilizan a veces para investigar el grado de parentesco de las poblaciones históricas (dentro de una misma población o entre poblaciones diferentes), porque muchas de sus variaciones son raras y pueden delatar una transmisión genética. En algunos casos forenses, se pueden incluso utilizar como «huellas digitales», porque su geometría es tan complicada y retorcida que es única en cada individuo, y si hay un registro previo (como, por ejemplo, una radiografía) es posible utilizar los patrones vasculares para reconocimiento personal. En las especies fósiles se estudian para saber si el flujo sanguíneo ha cambiado a lo largo de la evolución y cómo lo ha hecho, y ahí viene una sorpresa: entre los homínidos, solo nosotros, Homo sapiens, tenemos una red compleja de vasos en nuestro cráneo neural. Vasos que, además de ser muchos, están todos comunicados entre ellos. Lo vemos en los retículos de la arteria meníngea media, que se interpone entre cráneo y cerebro, y también en las venas diploicas, que excavan túneles en los huesos de la bóveda. Y lo vemos sobre todo en el distrito parietal, que precisamente es donde nuestra especie presenta una variación más patente de su geometría cerebral. No es una cuestión de tamaño general, y de hecho los Neandertales, que tenían un tamaño cerebral comparable o incluso superior al nuestro, no tenían nuestra misma complejidad vascular. Claro, no podemos saber si esto pasa también en los vasos cerebrales, es decir, los vasos que se pierden entre surcos y giros de la corteza, pero, en general, los vasos sanguíneos se desarrollan en respuesta a estímulos bioquímicos comunes, con lo cual si aquellos vasos fósiles han aumentado notablemente su complejidad en nuestra especie, no hay por qué pensar que no lo hayan hechos también los que tenían al lado.

Aunque tenemos un sistema vascular del cerebro más desarrollado que cualquier primo extinto, no sabemos por qué, ni para qué sirve. Sospechamos que es parte de aquel radiador cerebral que enfría la corteza, y que quizá se activa sobre todo en condiciones de calor excesivo, como durante la actividad física, o durante una patología. Pero la información es escasa, y la atención hacia los rasgos anatómicos hoy en día no puede competir con la fascinación que suscitan las moléculas o las galaxias. En cirugía, cuando se abre una cabeza, la arteria meníngea estorba y sangra, con lo cual se quita y amén. Y no tenemos datos ciertos sobre lo que pasa, a largo plazo, a los que viven sin esta serpentina vascular. En el caso de los Neandertales se puede decir que la curiosidad solo es científica, porque es gente que ya no sufre. Pero nuestra especie, en cambio, sigue teniendo la vida pendiente de un hilo, a menudo un hilo en forma de arteria, y no estaría de más hacerse algunas preguntas acerca de sus funciones. En el campo de batalla del cerebro la sangre nunca corre en vano. Y como siempre, aun sin fuego, hierve.