<a href="https://librosdecibola.wordpress.com/2016/06/21/ilustraciones-de-erik-desmazieres-para-la-biblioteca-de-babel-de-borges/" target="_blank">La biblioteca de Babel (Erik Desmazieres)</a>

A pesar de lo mucho que se habla de ciencia en el contexto social y en los medios de comunicación, poco se conoce sobre el método científico, a veces incluso dentro del mismo mundo académico, hoy en día más dedicado a la enseñanza que a la investigación. Tomando como referencia a Karl Popper, podemos ver el proceso científico como una selección de ideas. Estas «ideas» las llamamos teorías, hipótesis o leyes, y se seleccionan por medio de pruebas que llamamos «experimentos». Cuando los resultados de un experimento no son compatibles con una idea, esa idea se elimina. Si la idea es incompatible con lo que observo, se descarta de la lista de propuestas. Poco a poco, vamos eliminando ideas, nos quedamos con las que aguantan, y forjamos algunas nuevas, a la luz de la nueva información que vamos adquiriendo. Las hipótesis y las teorías que momentáneamente sobreviven a la criba, en un preciso momento histórico, constituyen el conocimiento científico de esa época.

Este proceso de selección de ideas nos lleva, en principio, a dos consideraciones. Primero, por definición, se puede demostrar que una idea es incorrecta cuando no cuadra con las observaciones y con los resultados de los experimentos, y entonces la eliminamos. Pero, por el contrario, no se puede demostrar que una idea es verdadera. Si una hipótesis aún no se ha eliminado, puede ser porque es cierta (los datos son conformes a sus expectativas porque la idea ha dado en el clavo) o solamente porque todavía no se ha encontrado la forma de revelar que es falaz (los datos no son capaces de sondear la cuestión oportunamente). Segundo, para valorar si y en qué medida una idea es cierta o compatible con los datos, es necesario cuantificar, o sea, medir de alguna forma un factor que nos permita sopesar la correspondencia entre lo que es y lo que se esperaría que fuese. Si no hay medición, no hay posibilidad de valoración, y la idea no puede entrar en el proceso de selección. Si una idea no se puede valorar con una medida, sencillamente no puede ponerse sobre la mesa de debate, ya sea cierta o equivocada.

Además, cuando una hipótesis aguanta la criba, necesitamos saber más o menos cuánto se adapta a los hechos, o, lo que es lo mismo, tener una idea de su fuerza. Por esta razón, la ciencia necesita la estadística, es decir, un método para calcular la probabilidad de que una hipótesis pueda explicar lo que observamos en nuestros experimentos. En otros sectores de la cultura humana, sin embargo, no se requiere conocer la probabilidad de que un hecho sea cierto, sino solo la posibilidad de que lo sea. Es lo que pasa, por ejemplo, cuando el razonamiento lógico es un argumento suficiente (como a menudo ocurre en filosofía) o innecesario (como a menudo ocurre en la religión) como prueba para validar o descartar una afirmación. La ciencia confía mucho en la lógica y se basa fuertemente en ella, pero luego mandan los hechos: si los hechos no apoyan la teoría, es probable que esta teoría sea incorrecta, aunque perfectamente creíble. Utilizar la posibilidad en lugar de la probabilidad es una opción lícita, pero teniendo en cuenta sus limitaciones y sus peligros: cualquier diálogo o debate acabará basándose profundamente en opiniones personales, y por ende, podrá seguir indefinidamente sin grandes mejorías, o incluso desviarse hacia caminos muy alejados de un concepto útil de realidad.

El hecho de que el principio de posibilidad sea una alternativa lícita no es, sobre todo, razón suficiente para importarlo al debate científico, cosa que desafortunadamente ocurre muy a menudo, y suele generar las clásicas disputas académicas que vienen bien para vender noticias, pero que hacen un flaco favor al conocimiento y a la cultura en general. Karl Popper subrayaba que el científico tiene que ser el principal enemigo de sus propias hipótesis. Si propongo una teoría, dedicándole tiempo, energía, o incluso mi vida entera, quiero que sea cierta, o por lo menos útil. Es como cuando haces montañismo y tienes que comprobar con el pie la resistencia de la roca que está a punto de sujetar tu peso: es aconsejable darle fuerte, sin piedad, dado que estás valorando si entregarle tu vida, y es mejor saber con antelación si puedes apoyarte en ella. No quiero dedicar mis esfuerzos a defender una teoría incorrecta. Por eso tengo que atacarla yo mismo, tengo que ponerla a prueba lo más firmemente que pueda, para comprobar su resistencia. Desgraciadamente, muy a menudo ocurre, sin embargo, que alguien propone una teoría, quizá fundada en una base puramente conceptual, y luego dedica su vida a defenderla sin más, incluso a pesar de que las evidencias la contradigan, como si fuese una criatura suya que necesita protección, un hijo que, un día lejano, seguirá honrando su memoria, llevando su nombre. Muy romántico, pero indudablemente perjudicial para el saber.

Ahora bien, este infinito proceso de selección de ideas necesita disponer de una plataforma común para poder ser compartido por sus miembros y por la sociedad entera. Y este papel se encomendó desde siempre, en gran parte o casi del todo, al mundo de las revistas y de las publicaciones científicas. Los autores de un estudio mandan un artículo que explica el trabajo y los resultados a una revista especializada, y un editor y unos colegas anónimos (revisores) deciden si el trabajo está bien hecho y suficientemente sustentado como para otorgarle el derecho a la publicación. Como todo proceso humano, no es infalible. Es, de hecho, humano. Las revistas tienen a menudo intereses económicos, asociados en muchos casos más al mercado y al negocio que al conocimiento. También el sistema académico está ampliamente contaminado por intereses institucionales o personales, y, demasiado a menudo, saber apretar bien las manos adecuadas es más importante que saber hacer un buen experimento o saber escribir un buen artículo, a la hora de tener que publicar un trabajo de investigación. También los revisores, jueces claves del proceso, son humanos, con toda su mochila de intereses, de carencias, de prejuicios y de frustraciones, así que no siempre se dejan guiar solo por su deber editorial (comprobar que los contenidos de un estudio estén a la altura del método científico y del conocimiento corriente) y se atribuyen el poder de conceder vida o muerte, con actitudes que entran a lo bruto en las retorcidas dinámicas de las relaciones personales. Ya dijo, de hecho, Thomas Kuhn que la mayoría de los investigadores están donde están solo para confirmar lo que ya se sabe, oponiéndose a las alternativas y generando una inercia que a menudo es la primera enemiga de los avances del conocimiento.

A pesar de todas estas pegas, este sistema de revisión y publicación es el mejor que hemos sido capaces de encontrar y, además, hay que decirlo, tampoco funciona tan mal, si lo valoramos de forma general y a largo plazo. Nos ha llevado a pisar la Luna y a visitar Marte, a explorar el ADN y a diseñar fármacos, a manejar la energía y a diseccionar las células, a programar ordenadores y a conocer las corrientes de los océanos. No vamos tan rápido como quisiéramos, pero nunca nos paramos, y cierta lentitud es necesaria para evitar poner un pie donde no deberíamos.

La compleja red que se esconde detrás de todo este tinglado es algo prácticamente desconocido para la gente de a pie, pero sin embargo es fundamental a la hora de entender y de reflexionar sobre el papel de la ciencia. Por ejemplo, a la hora de comentar un tema o un aspecto concreto, demasiadas veces he visto confundir un artículo científico con un artículo de una revista semanal, o con la noticia de un periódico de quiosco. Demasiadas veces he visto dar el mismo peso a un estudio publicado en una revista de impacto (en el sistema científico hay índices que miden la importancia de las revistas, con más o menos acierto) que a un estudio publicado en una revista local. Demasiadas veces he visto poner en el mismo plato datos científicos e informaciones leídas en un libro de divulgación. Pero, claro, no es lo mismo.

La cantidad de información que circula hoy en día en cualquier ámbito es abrumadora, y hay que saber nadar bien en este océano, si uno no quiere acabar ahogándose sin remedio, o naufragar en tierras culturalmente inhóspitas y deshabitadas. Primero, entonces, hay que distinguir lo que se publica en las revistas científicas internacionales de lo que no. Cosa que mucha gente no sabe. Segundo, hay que saber moverse un poco en el sector, porque entre intereses económicos e institucionales también en el mundo de las revistas científicas, a estas alturas, hay de todo. Han aparecido de la nada cientos o miles de revistas de paja que, aprovechando la confusión cultural y las facilidades digitales, buscan sacar tajada de los muchos recovecos del mundo académico. Y tercero, tampoco hay que dar nada por sentado, porque demasiadas veces revistas de alto impacto llegan a publicar bazofia, del mismo modo que puedes encontrar informaciones valiosas publicadas en revistas menores. Todo ello nos recuerda que, como siempre, no existen reglas absolutas, y nos conviene movernos con cierta cautela. Pero hay que seguir unos criterios, aunque luego se tengan que ajustar con conocimiento y con experiencia. Hay que seguir un criterio porque, hoy en día, se publican cientos de artículos sobre cada posible tema, y controlar las fuentes originarias ya no es solamente una necesidad, sino, sobre todo, a estas alturas, una responsabilidad y un deber. Si tuviéramos que leer o hacer caso de todo lo que se publica sobre un cierto tema, acabaríamos enloquecidos y delirantes en una infinita biblioteca de Babel, donde se publica todo, y todo su contrario también. Si, además de las evidencias científicas, dejamos pasar también lo que científico no es, la tarea se vuelve realmente un inútil martirio.

A pesar de las incertidumbres, hay dos aspectos que creo que pueden quedar claros. Uno, que para hacerse a la mar hay que saber navegar. Es decir, no es aconsejable perderse en un océano sin brújula, mapas, ni buenos conocimientos de las corrientes o de las estrellas, a la hora de manejar estas colosales cantidades de información, sea uno lector o escritor, actor o espectador, en el panorama continuamente cambiante del saber. Antes de emprender la marcha, se debe dedicar tiempo a un apropiado aprendizaje. Sin embargo, con internet como cómplice, a menudo hay quien se lanza al mar del conocimiento sin haber aprendido previamente a soltar el salvavidas. Y la cosa suele acabar mal, ya sea con una lamentable pérdida de tiempo y energía, o incluso con raras maniobras intelectuales que, produciendo una literatura improvisada y superficial, aumentan la confusión en lugar de aportar a la causa. Y dos, aunque luego se deba valorar cada caso individualmente, en general la publicación en revistas científicas se considera la plataforma oficial del progreso tecnológico y cultural, con lo cual hay que tener cuidado a la hora de dar peso a lo que no ha pasado por esta criba que, con todas sus pegas, sigue siendo con creces la mejor que tenemos.

Nuestra sociedad sufre cada vez más los problemas y las consecuencias asociadas a una excesiva cantidad y a una mala calidad. Lo vemos con la comida, que atasca nuestros cuerpos y nuestro metabolismo con sus excesos, sus elementos tóxicos y sus pobres nutrientes. Lo mismo está pasando con la información, utilizada a menudo como avalancha mediática para cebar el mercado y aturdir los sentidos, en lugar de tomarse como recurso energético para nutrir la mente. Confundimos información con conocimiento, olvidando que entre la una y el otro tiene que mediar un lento proceso de digestión. Paralelamente a lo que estamos sufriendo a nivel nutricional, vivimos en un mundo amenazado por dos extremos, o sea, situaciones donde la carencia de información genera una importante desnutrición cultural y, al mismo tiempo, situaciones donde atracones compulsivos de información mal procesada generan una devastadora obesidad intelectiva, con todas las patologías que ello conlleva. Los mecanismos del sistema económico y social, firmemente basados en la explotación y en el fomento de las debilidades de la multitud, no se van a parar. Y entonces dependerá de cada uno decidir si, y en qué medida, ser parte de este proceso de bulimia informacional, o subirse a otro carro, más consciente y desde luego más autónomo.

Por supuesto, no podemos evitar todos los sesgos de nuestro conocimiento, y pretender nutrirnos solo de fuentes puras. Solo se trata de no dejarse arrastrar sin más, y de tener un poco de cuidado. Al fin y al cabo, es lo mismo que ya unos cuantos hacemos con la comida: leer bien las etiquetas, para saber de dónde procede esta información, si tiene caducidad, y sus principios nutricionales. Y no, no nos vale ni que engorde, ni que mate.

 

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Esta entrada se enlaza a una serie de artículos dedicados a los mecanismos y a las dinámicas del mundo científico, que incluyen reflexiones sobre el sistema académico, la financiación a la investigación y el mercado de las publicaciones. Quiero agradecer a Carmen Cremades su cuidadosa ayuda y sus atentas aportaciones durante la preparación de este texto, y de unos cuantos más que he publicado a lo largo de estos años en mis columnas de divulgación.

 

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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