Cráneo y cerebro de los humanos modernos se distinguen por una forma más globular, debida a etapas específicas de desarrollo, en parte asociadas al tamaño de las áreas parietales de la bóveda (Imagen E. Bruner y P. Gunz)A pesar de las continuas discusiones sobre cuánto y cómo los humanos modernos nos hemos cruzado con los neandertales, no cabe duda de que el resultado evolutivo ha sido distinto. Los orígenes de estos dos grupos son diferentes y, sobre todo, el destino ha sido bastante diferente: uno se ha extinguido, el otro ha llegado a invadir el planeta y a pisar la Luna. Por lo que podemos realmente saber a partir del registro fósil, sus anatomías eran también diferentes. Desde luego no sabemos ni el origen ni la causa de dicha diferencia, pero sí sabemos que los dos grupos eran muy distintos en muchísimos aspectos de su arquitectura corporal. Es decir, más allá de la posibilidad de tener sexo o hasta hijos entre ellos, parece que los dos linajes han seguidos caminos independientes y la posibilidad de cruzarse, al menos por lo que podemos ver analizando sus huellas biológicas, no ha influido mucho en la historia evolutiva de las dos formas humanas. Sobra decir que, a nivel anatómico, el cráneo ha sido el distrito que ha proporcionado más evidencias de esta distinción. Cara, bóveda y base del cráneo presentan diferencias patentes entre los dos linajes. En particular, la forma del cráneo neural (el neurocráneo, es decir la protección de la cavidad cerebral) siempre ha llamado particularmente la atención, por dos razones: primero, se supone que nos dice algo sobre nuestro precioso y complejo cerebro y, segundo, es ahí donde nuestra especie presenta algunos rasgos más llamativos y disímiles, si la comparamos con las especies humanas extintas. A principios del siglo veintiuno las técnicas de anatomía digital y de morfometría computarizada zanjaron el debate sobre las diferencias anatómicas entre humanos modernos y neandertales, demostrando que los dos grupos presentaban una estructura y una organización del neurocráneo, interna y externa, distinta. A pesar del tamaño cerebral parecido, los humanos modernos tenemos por ejemplo huesos y lóbulos parietales más amplios y abultados, mientras que los neandertales tienen cerebros más anchos y quizás áreas occipitales más grandes. Que la forma del neurocráneo en estas dos especies fuese diferente se sabía desde mucho antes, pero las nuevas técnicas estadísticas permitieron una cuantificación directa de la variabilidad, poniendo números más redondos a la sospecha. No es de extrañar que se encuentren peculiaridades en la morfología de nuestro cerebro, considerando sus recursos culturales y tecnológicos tan característicos y las diferencias filogenéticas descritas en muchos de sus distritos anatómicos, así que algo diferente en su geometría es de esperar. Desde luego, no todos los cambios cognitivos pueden asociarse a cambios macroscópicos que se puedan reconocer a través del registro fósil, pero que nuestro cerebro presente rasgos distintivos no es algo inesperado.

Pero un cambio anatómico no es una causa, sino una consecuencia, y genera más preguntas que respuestas. ¿Cómo ocurre? ¿Por qué? Los primeros estudios sobre el cambio ontogenético (crecimiento y desarrollo) de la forma neurocraneal en los humanos y simios antropomorfos se publicaron hace unos pocos años, antes en nuestra propia especie y en el chimpancé, luego en los neandertales y finalmente en los otros simios antropomorfos. Todos estos estudios se llevaron a cabo por el grupo de evolución humana del Instituto Max Planck de Leipzig, en Alemania, liderado por Philipp Gunz y Simon Neubauer, dos nombres excelentes de las aplicaciones digitales en paleoantropología. Y todos los estudios apuntaban al mismo resultado: humanos modernos, neandertales y simios antropomorfos tenemos un proceso de crecimiento y desarrollo de la geometría cerebral muy parecido, pero nosotros añadimos además una etapa, justo después del parto, de "globularización" de la cabeza. Es decir, los humanos modernos somos diferentes porque tenemos una fase de desarrollo ausente en los neandertales o en los chimpancés, en la que nuestro cerebro se hace más redondo, abultándose sobre todo en las áreas de los lóbulos parietales y del cerebelo. Estas publicaciones cuantificaban nuestra diferencia neurocraneal (identificando una etapa de desarrollo que tenemos solo nosotros) y la posicionaban en el tiempo (después del parto).

Los resultados se han dado por confirmados a lo largo de estos últimos años, encajando con otras evidencias y otros estudios sobre evolución humana, craneología y paleoneurología. Hasta el mes pasado, cuando otros dos nombres ilustres de la antropología digital, Marcia Ponce de León y Christoph Zollikofer, de la Universidad de Zúrich, publicaron un estudio parecido pero que no confirma los resultados de los alemanes. Según el equipo liderado por los dos suizos, no existe ninguna etapa específica post-parto en nuestra especie, y los humanos modernos compartimos el mismo patrón de crecimiento y desarrollo cerebral de los neandertales. Si existe una etapa típica de nuestra especie, tiene que ser antes del parto, porque una vez fuera las dos especies no presentan esquemas de desarrollo diferentes en la morfología cerebral.

Ahora, ¿cómo es posible que dos estudios iguales publicados por expertos muy reconocidos a nivel internacional lleguen a resultados opuestos? Alguien sugiere que la discrepancia se puede deber a diferencias en las muestras (los individuos que han sido utilizados en los dos estudios) o a diferencias en las reconstrucciones de los fósiles. Cabe decir que ambos grupos son muy pero que muy competentes en paleoantropología y en anatomía digital, probablemente los más competentes en estos últimos años, por lo que son improbables errores importantes en las reconstrucciones de los individuos. Considerando el indudable nivel de conocimiento técnico y teórico de estos dos equipos, si este resultado opuesto fuese una consecuencia de la incertidumbre en las reconstrucciones o de la insuficiencia de la muestra, entonces ningún estudio paleoantropologico está a salvo, y tenemos que interpretar los demás resultados en este campo como una mezcla de azar y de límites intrínsecos de la disciplina. Afirmar que en este caso las conclusiones contrarias pueden ser el resultado de muestras pequeñas (pocos individuos) o de problemas en las reconstrucciones de los fósiles, implica cancelar de un soplo un siglo de paleoantropología, socavando la fiabilidad en cientos de estudios que han utilizado muestras mucho más pequeñas o mucho más incompletas que éstas.

Pero queremos confiar en ciertas garantías básicas de los estudios paleoantropológicos, y si excluimos estos dos factores, posibles pero improbables, como tercer factor de discordia queda sólo el método. Ambos grupos llevan a cabo una morfometría de una complejidad extrema, puntera e innovadora. De hecho son los equipos que más han aportado tecnológicamente a la paleoantropología en la última década. Sus análisis son alquimias de algoritmos y malabarismos algebraicos, donde los números se manipulan y se transforman a lo largo de superposiciones, normalizaciones, ajustes, transformaciones y proyecciones de todos los tipos y formas, según esquemas matemáticos, geométricos, e informáticos. Si excluimos problemas con las muestras o con las reconstrucciones de los ejemplares, queda la posibilidad de que los resultados diferentes sean una consecuencia de diferentes métodos de análisis, a nivel de gestión estadística de los números.

Desde luego, esto es algo que no debe llevar a sorprender: la ciencia trabaja por modelos, no por verdades. Los investigadores no trabajamos realmente especies, cráneos o filogenias, sino pixeles, moléculas y algoritmos. Nuestros resultados no son certezas, sino modelos numéricos, que no son ni buenos ni malos, ni correctos ni equivocados. La interpretación de estos resultados numéricos, en cambio, sí que puede ser adecuada o inexacta, en función de las preguntas a las que se suponen puedan contestar. Y esto no es un límite de la paleoantropología, sino una regla del juego de la ciencia en general. Cualquier estudio molecular, por ejemplo, se basa en cientos de afirmaciones previas, suposiciones y postulados técnicos, metodológicos y conceptuales, y si uno o algunos de esto pilares son frágiles o incorrectos, el castillo se puede venir abajo en cualquier momento. La ciencia no descubre verdades, sino se limita a recoger datos para eliminar todas las hipótesis que no puedan explicarlos. Es decir, el camino no se hace planeando el sendero adecuado, sino lentamente eliminando los que no los son. Esto necesariamente requiere un sacrificio: los callejones sin salidas, antes de descartarlos, hay que recorrerlos.

El hecho de que nuestra característica forma cerebral se alcance antes o después del parto puede afectar a procesos biológicos como la exposición a estímulos externos o cómo al mismísimo proceso de gestación. Nuestra especie da a luz un año antes de lo que sería previsible para un primate con nuestro tamaño cerebral, así que los últimos doce meses de preparación a la vida los pasamos fuera de nuestra madre, ineptos e incapaces de lidiar con un mundo con el que todavía no podemos interactuar decentemente. Así que puede ser bastante importante saber que pasa (o que no pasa) antes del nacimiento, en el primer año de vida, o en las siguientes etapas, porque en función del cuándo se pueden encontrar, por ejemplo, diferentes vínculos evolutivos y diferentes influencias de los factores fisiológicos y ambientales.

Pero todo esto es demasiado técnico para una disciplina que se sujeta, incluso economicamente, gracias a la curiosidad de un público en busca de un guión más liviano y entretenido. Y, para dar chispa a un estudio muy complejo y complicado, como occurre a menudo se ha decidido ofrecer conclusiones más llamativas y vendibles en el mercado de la comunicación, aunque desde luego menos sinceras. La posibilidad de que las diferencias geométricas cerebrales entre humanos modernos y neandertales puedan expresarse antes del parto ha sido utilizada, sin mucho criterio lógico, para afirmar que entre estas dos especies no había diferencias cognitivas. Las revistas científicas han apostado por el scoop, y cierto periodismo barato lo ha amplificado por defecto. Sin olvidar que de todas formas existe una diferencia cerebral entre humanos modernos y neandertales, y sin olvidar que una de las dos especies ha vivido cientos de miles de años con la piedra y la otra ha producido satélites y obras literarias, cabe recordar que un proceso complejo como la cognición es algo que va mucho más allá de una variación en la forma de la cabeza. Utilizando un resultado tan especifico y tan técnico para vender una conclusión tan sensacionalista y general, la paleoantropología confiesa una vez más que sus límites principales no están en las muestras fragmentarias o en la rebuscada álgebra de sus estadísticas, sino en el mismo rol narrativo que ella misma se otorga para tener un espacio en el mercado y un nicho en el contexto social, y que la obliga a proporcionar constantemente un final - y una moral - a cada historia.

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Estos son los dos artículos que presentan evidencias distintas:

Gunz P, Neubauer S, Maureille B, Hublin JJ (2010) Brain development after birth differs between Neanderthals and modern humans. Current Biology 20: R921–R922. [link]

Ponce de León MS, Bienvenu T, Akazawa T, Zollikofer CPE (2016) Brain development is similar in Neanderthals and modern humans. Current Biology 26: R665-R666.[link]

Notar como los autores remarcan estas diferencias desde el título. Los dos artículos han sido publicados en la misma revista. Los editores sacan provecho de las "peleas" académicas: aumenta el debate, y por ende los índices de citación de la revista.

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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