Oso en la nieve (<a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Takeuchi_Seih%C5%8D" target="_blank">Takeuchi Seiho</a>)

Nada se crea y nada se destruye: todo se transforma. Para Ovidio, la metamorfosis representa el principio del cambio, una progresión híbrida entre historia y leyenda, entre mito y tradición, entre humano y divino, que moldea la sociedad hacia su camino épico y narrativo, glorioso y trágico a la vez. Para Kafka, la metamorfosis es distancia, aislamiento social y, básicamente, incomprensión. En común tienen por lo menos tres aspectos. Primero, son inevitables. Segundo, marcan etapas. Tercero, tienen sus riesgos. En la naturaleza el concepto de metamorfosis abarca procesos que son muy parecidos porque, a pesar de sus diferencias y de su asombrosa complejidad, también comparten el mismo delicado equilibrio entre gloria y desdicha.

Los insectos son verdaderos maestros en este sentido, y nos pueden enseñar una variabilidad de casos bastante extraordinarios. Algunos son ametábolos (es decir, no metamorfosean), pero los demás tienen etapas de crecimiento discretas, y a cada muda dejan atrás la vida anterior. Las larvas tienen como único objetivo el comer, los adultos el aparearse. Los hemimetábolos son los que tienen una metamorfosis gradual. Las larvas de los diferentes estadios son más o menos iguales, solo se vuelven en cada uno un poco más grandes, hasta que en el último estadio (los adultos) desarrollan el sistema reproductor. Los holometábolos son los que tienen una metamorfosis completa, y aquí la cosa es más complicada, porque el último estadio larval se encierra en un envoltorio donde lleva a cabo un cambio radical. Dentro de ese sarcófago (que se llama pupa) el individuo se licúa y se disuelve, volviendo a reconstruirse en algo totalmente distinto. Así que la oruga que se convirtió en pupa saldrá de su sepulcro como mariposa, algo íntegramente diferente de su forma anterior. Claro, todo ello no sale gratis. Primero, la trasformación requiere muchísima energía, y son muchos los que se quedan sin gasolina en el camino. Quien no tiene reserva energética suficiente, ahí se queda, muriendo atascado en su ataúd. Segundo, es un estadio delicado. Estás paralizado y medio licuado en una caja, así que estás totalmente indefenso. El primer depredador que pasa por ahí te engulle sin ningún esfuerzo. Tercero, es una apuesta peligrosa. Licuar tus tejidos y reorganizar toda tu anatomía es un juego sutil y, si algo se tuerce, la historia acaba mal, con un ser agonizante, mellado, deforme, y contrahecho. Pero tampoco es útil pensárselo demasiado, porque no hay otra elección, es una etapa necesaria. Si sale todo bien, un hermoso adulto despliega sus alas, listo para empezar a gozar de los placeres de la vida sexual y reproductiva. De paso, teniendo que empezar una nueva existencia, los insectos hacen algo muy inteligente: dejan en la vieja piel todos los excesos y la porquería que han acumulado en la vida anterior, para no llevar consigo lastres tóxicos que es mejor soltar sin más. La piel de la pupa (la exuvia) se deja atrás como urna vacía, pero cargada con todos los malos recuerdos.

También conocemos bien la metamorfosis en los anfibios. ¡Quién no ha jugado con esos renacuajos, parecidos a enormes espermatozoides negros! Luego sacan las patitas, reabsorben la cola (que está llena de energía en forma de músculos y grasa, y aquí no estamos como para desperdiciar recursos), y dentro de nada ya tenemos una rana o un sapo. El problema es que existe esta etapa intermedia donde el renacuajo tiene a la vez cola y patas. Y claro, no es muy cómodo tener dos sistemas anatómicos de locomoción que compiten entre ellos. La cola entorpece a las patas, y las patas entorpecen a la cola. El híbrido ya no nada muy bien, pero tampoco ha aprendido a andar decentemente. Y es aquí cuando los depredadores aprovechan descaradamente, haciendo una masacre de renacuajos, que no siendo ni carne ni pescado son torpes y no logran escaparse. Fundamental el factor tiempo: si uno quiere metamorfosear, mejor no demorar demasiado, y que las etapas intermedias duren lo justo para hacer las cosas bien, sin prisa, pero desde luego sin pausa.

En los mamíferos no tenemos metamorfosis, pero sí que hay periodos de inactividad y de cambios que marcan, más que etapas, temporadas: el letargo. La hibernación también, como la metamorfosis, es una condición bioquímica de transformación, esta vez no lineal sino cíclica, donde el individuo altera su estado fisiológico y se queda a la espera de un nuevo momento. En realidad, llamamos «letargo» a cosas distintas. La hibernación verdadera, o sea un estado fisiológico peculiar con profunda alteración metabólica, la pueden llevar a cabo solo las especies con un tamaño reducido. Los mamíferos más grandes no entran en un verdadero estado fisiológico alterado, sino que se limitan a dormir mucho, bajando el metabolismo para ahorrar energías. Pero, en todos estos casos, una vez más tenemos el mismo tipo de apuesta. A pesar de ser inevitable (la alternativa es la muerte) es un momento delicado y peligroso. Como en una metamorfosis, también en un letargo si no hay suficiente energía no llegará ningún despertar, y el sueño será eterno. Como en una metamorfosis, es un estado bastante inerme, a merced de depredadores y desastres naturales. Además, es frecuente que los animales encuentren lugares muy inaccesibles para su encierro, cuevas y galerías, y esto por un lado ofrece protección, pero al mismo tiempo añade un riesgo más: unos cuantos llegarán a despertar, pero no volverán a encontrar la salida por donde han entrado, muriendo terriblemente en las entrañas oscuras de la tierra.

Así que las metamorfosis y los letargos pueden ser historias de belleza y de renacimiento, pero también de tragedia y de desdicha. Depende de muchos factores, y muchos de ellos no es posible controlarlos. Sin embargo, hay que apostar por estos cambios, no queda más remedio y, por supuesto, una vez empezado el proceso no hay vuelta atrás.

El ser humano no tiene pupa ni exuvia, no tiene letargo ni cola, pero sí que tiene muchas metamorfosis. Todo cambia. Somos seres especializados en entender, en recordar, y en predecir. Como en la mitología de Ovidio, este gran poder trae suerte y desventura, triunfos y adversidades. La inteligencia del ser humano es su gran dote, y al mismo tiempo su eterna maldición. Somos increíblemente buenos en almacenar recuerdos y proyectar previsiones, que a menudo se transforman en obsesiones y presentimientos. Gracias a nuestros superpoderes de primates mentales, acabamos enloqueciendo entre pasado y futuro, y olvidamos vivir el presente. En algunos países occidentales hasta el 70% de las personas han tenido por lo menos un diagnóstico de estrés, ansiedad o depresión. Ha sido literalmente definida como una «pandemia de sufrimiento», y está sobre todo asociada a un conflicto extremo entre nuestra vida presente y la asombrosa mochila de memorias, expectativas, creencias, esperanzas, pronósticos y prejuicios que pueblan un pasado y un futuro hechos de rumiaciones e imágenes proyectadas. Una discordancia profunda e inconciliable entre lo que creemos y la realidad que experimentamos. La mochila se hace cada vez más pesada, y esto nos lleva a etapas, a veces graduales, a veces repentinas, a veces suaves, a veces terribles. Y cuando llevamos demasiado tiempo almacenando retazos de la vida, necesitamos una metamorfosis radical, con pupa y con exuvia. Una nueva trasformación, una trasformación en algo distinto, en algo diferente. Un proceso que va a ser doloroso y peligroso, que necesitará mucha energía, que nos mantendrá un tiempo frágiles y quebradizos, expuestos, y que no tendrá un éxito cierto. Habrá que licuarse y volverse a hacer, no malgastar energías y, si todo sale bien, luego volver a buscar la salida por donde hemos entrado. Pero, como cada metamorfosis, es necesaria. La alternativa es, sencillamente, mucho peor.

Muchas tradiciones orientales afirman que no hay etapas ni egos, solo materia y energía en continua transformación. Morimos y renacemos en cada instante, y un sistema nervioso especializado en el engaño nos hace creer que existimos como seres independientes y separados del resto, inventando una historia de continuidad que es nuestra propia narrativa. En este caso nuestras metamorfosis solo serían un engaño más, pero desde luego esta no llega a ser una razón suficiente para no llevarlas a cabo lo mejor que podamos. De hecho, aunque puede que seamos solo torbellinos de materia y energía, tenemos emociones y sentimientos, y el derecho de disfrutar de ellos en una vida que, aunque sea ficticia, parece increíblemente real. Como decía Jean-Paul Sartre, estamos condenados a creer en un «Yo», con su propia historia, sus alegrías y sus dolores. Como no queda otra, tan solo habría que aprovecharlo.

   

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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